Venezuela logró durante 40 años, me refiero desde el año 1958 hasta 1998, la instauración de la civilidad sobre el militarismo, permitiendo una alternancia de gobiernos, que posibilitó el desarrollo del país alejado de los uniformes y las charreteras. Logró que el poder militar estuviera subordinado al poder civil, como debe ser. Naturalmente, como todo sistema diseñado por el hombre, la democracia venezolana no escapaba de errores y aciertos, era perfectible y a pesar de la resistencia por parte de diferentes grupos de poder, se contaban con las vías democráticas para realizar las reformas pertinentes, para lograr los cambios que necesitaba la nación, sin pasar por el parto de una revuelta social y dos golpes de Estado, que lo que ocasionaron fue la erosión de un sistema, que a pesar de sus imperfecciones logró consolidar la democracia en la patria.

Pero, nunca falta un pero, la mayoría de la sociedad añoraba un gobierno que fuera más autoritario, como una manera de poner orden, representado por un hombre fuerte, un mesías, capaz de arreglar y reparar, por su parte el resto de la sociedad fuera sumisa a sus designios. Para eso fuimos capaces de construir un manual para distraídos, es decir, no hacer frente  a nuestras responsabilidades como ciudadanos y esperar que otros solucionaran los problemas que embargaban a la república, ya que muchos pecaron de acomodaticios, por eso surgió de nuevo el militarismo, pero ahora con matices izquierdosos, para su conveniencia, creándose ese eufemismo llamado unión cívico-militar.

Esto es debido a que no mirábamos más allá de nuestra zona de confort, solo nos dedicábamos a buscar culpables, exigir soluciones pero sin aportar un ápice de responsabilidad ante los acontecimientos. Papá Estado todo lo resolvía, por eso tenemos petróleo, era la consigna que todos decíamos.

Con la llegada de la revolución bolivariana y el ascenso de Hugo Chávez a la presidencia, muchos compatriotas abrazaron el proyecto de poder del golpista del año 92, convirtiendo a los movimientos de izquierda como la panacea para solucionar los problemas que asfixiaban al venezolano.

Se transformaron las canciones de Silvio Rodríguez y de Alí Primera en dogmas políticos, y nos hicieron creer que el socialismo del siglo XXI era el camino para afianzar el sistema democrático y pasar de la representación a la participación y el protagonismo. Bueno, las consecuencias están a la vista de todos.

Sin embargo, al mismo tiempo, con Chávez en la presidencia, se comenzó un proceso continuo para erosionar las bases de la democracia, minimizando la autonomía de los poderes públicos y haciendo a un lado el imperio de la ley, de ese modo se exacerbó la impunidad, donde unos eran más venezolanos que otros, dividiéndose al país entre los que apoyan el proceso y se hacen llamar revolucionarios y los que no. Ese hombre nuevo, bolivariano y patriota, debía estar sazonado por una pizca de envidia, un toquecito de rencor, abundante flojera macerada en licor, con una buena dosis de ignorancia. Suficiente nostalgia por ídolos inútiles, unas dos partes de intransigencia, una parte de resentimiento. Horneado hasta que adquiera un color rojo-rojito. Se sabrá que está listo cuando lo veamos opinar de cualquier cosa como si fuera un experto. Hay que tener cuidado con exagerar en la cantidad de resentimiento o de ignorancia que si no, lo que sale es un comunista. ¿Me equivoco?

Tal realidad se pudo apreciar en estos últimos 20 años, donde todo vestigio de libertad fue oprimido, justificando la violencia, la represión, el acoso y el encarcelamiento, como garantes de la paz y el deseo del pueblo. Utilizando a los medios de comunicación, como una caja de resonancia de sus mentiras, porque todo su accionar estaba disfrazado por el engaño y la falsedad.

Se esmeraron en legitimar su régimen en diferentes procesos electorales, mostrando una supuesta transparencia que no fue, donde el peculado de uso con la utilización de bienes del Estado para realizar proselitismo político se empleó sin vergüenza alguna, aprovechando el ventajismo que le da contar con esos recursos.

Con la llegada de Nicolás Maduro a la presidencia, la realidad política, económica y social de Venezuela se agravó, por un elemento primordial, la baja que sufrió el precio del petróleo, que impidió la utilización de recursos financieros para seguir subsidiando a toda una realidad que ya estaba acostumbrada a las dádivas y a las irresponsabilidades.

Varias manifestaciones caracterizaron el primer sexenio de Maduro, 2014 y 2017, fueron tiempos de violencia y muerte en los que, en vez de prevalecer el diálogo y la paz, se acentuó la represión y el miedo como una forma de controlar la situación.

Esto provocó una profundización en la crisis política venezolana, en la que no se vislumbraba ninguna solución, sino más bien provocó por parte de los bolivarianos, acentuar más la opresión y ampliar la nómina de presos políticos, con algunos desenlaces lamentables, que se expresaron en torturas y, en el peor de lo casos, en el fallecimiento de algunos disidentes ya detenidos.

Para poder minimizar la pérdida de poder, por haber perdido el control de la Asamblea Nacional, llamaron a un proceso electoral, para armar entre golpes y porrazos esa entelequia llamada asamblea nacional constituyente, como una forma de dominar una realidad política que ya se les había escapado de las manos. Esto llevó a la convocatoria a un nuevo proceso electoral, para elegir esta vez un nuevo presidente de la república, pero, otra vez ese pero que nunca falta, sin la oposición ya que muchos partidos fueron proscritos y sus posibles candidatos inhabilitados políticamente, sin observadores internacionales, por lo cual la mayoría de las democracias occidentales habían declarado inválidas. A pesar del esfuerzo del gobierno de Maduro en declarar ese proceso translúcido, diáfano y cristalino, no soportaba un análisis acucioso, ya que se saltó las normas básicas del Estado de Derecho.

Esto nos llevó al 10 de enero de 2019, cuando Nicolás Maduro se juramentó para un nuevo período presidencial de seis años, pero, vuelve el inefable pero, se cuestionaba la legitimidad del proceso eleccionario, ya que estaba viciado su origen, por lo tanto la Presidencia estaba vacante. De allí la proclama del presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, el pasado 23 de enero, siguiendo los procedimientos establecidos por la Constitución venezolana, le correspondía asumir las responsabilidades del Poder Ejecutivo de manera interina, para convocar a elecciones libres y restaurar el sistema democrático.

¿Dónde estamos ahora? En este momento, tenemos un gobierno que no gobierna y uno interino que no puede gobernar. Donde acusaciones van y vienen, a pesar de que dicen dialogar, vemos que ha pasado el tiempo y nada cambia. En el medio, el venezolano, que está distraído en sobrevivir, en ver cómo con dos dólares al mes puede subsistir ante una realidad que sobrepasa cualquier imaginación, en el cual el sueldo mínimo no alcanza ni para comprar 1 kilo de carne, porque no importa cuántas veces enciendan los motores socioproductivos, patriotas, bolivarianos, socialistas y antiimperialistas, sin que terminen fundiéndose en la primera acelerada.

¿Cómo podemos quebrar este círculo vicioso, que ha generado pobreza y miseria? Solo hay un camino: cambiar de modelo y de política económica. Debemos superar esa sensación que nos da el socialismo, que no es otra que debemos estar detrás de la esperanza para poder vivir, no, el ciudadano necesita recobrar la confianza en sí mismo, en su fuerza interna, hacer valer sus derechos, no huir de sus deberes, que se respeten los preceptos democráticos y que se permita una salida electoral ante la situación que nos agobia a todos, pero para eso hay que alcanzar acuerdos, porque al fin y al cabo todos somos venezolanos, con diferentes formas de pensar, pero unidos bajo un solo objetivo, mejorar las condiciones de vida de todos los compatriotas y que regrese la paz política, la tolerancia y encaminarnos hacia el desarrollo de la nación.