Cuando usurpó el poder de manera fraudulenta y perdió la credibilidad de la mayoría de los venezolanos, desde ese día, Maduro nunca ha podido ser el presidente de todos.

Cuando su intolerancia y carencia de principios democráticos dividió a los venezolanos, ese día dejó de ser el presidente de todos.  Por sus estulticias recurrentes, mentiras infantiloides, estólidas reflexiones y subestimación de la inteligencia y capacidad de sus conciudadanos, perdió la authoritas y, ese día, dejó de ser el presidente de todos.

Cuando prefirió dilapidar los recursos provenientes del petróleo y no utilizarlos racionalmente para satisfacer las ingentes necesidades del país, dejó de ser el presidente de todos. Cuando renunció al tipo de liderazgo que confieren la veracidad y la transparencia, dejó de ser el presidente de todos.

Cuando decidió que su gobierno fuese una suerte de “caja negra” cuyo contenido real se desconociera y que solo se abriera para anunciar las mentiras y falacias que le convienen a su régimen, dejó de ser el presidente de todos. Cuando fraudulentamente modificó leyes para subyugar a los hombres y mujeres de este país, dejó de ser el presidente de todos.

Por desconocer la voluntad mayoritaria que rechaza su permanencia en el poder y violar sistemáticamente los fueros constitucionales, dejó de ser el presidente de todos. Por su actitud indolente frente a las violaciones de los derechos humanos, ante la inseguridad que nos asola y ante la monstruosa e impune corrupción de su régimen, dejó de ser el presidente de todos. Por tratar de eternizarse en el poder e imponernos un pensamiento único, dejó de ser el presidente de todos.

Maduro dejó de ser el presidente de todos cuando impuso el autoritarismo como forma de gobernar; un autoritarismo muy largo con más arbitrariedades y persistencia inflacionaria que ninguno en nuestra historia.

Por sus ineficaces conceptos nublados de arcaísmo y miopía y por no haber sido capaz de construir, durante el tiempo que lleva en el mando, una alternativa sólida, confiable, racional y patriótica, concentrada en los temas centrales, con vistas a ofrecer a los venezolanos un futuro promisor, dejó de ser el presidente de todos

En su gobierno han perdido vigencia el mérito, la constancia y la decencia. Ahora lo que importa es la viveza. Sí, ha resucitado la viveza nacional. Pero no se trata de una viveza que antes se limitaba a travesuras, el humor picante o beneficios de poca monta. No, se trata de una viveza que destruye la República y compromete el destino del país. Olvidó que el ejercicio del poder demanda en forma imperativa que quienes lo ejercen deben servir a los altos intereses de la nación y no para usufructuarlo en beneficio de intereses personales y del grupo de enchufados a los que protege. Por esto dejó de ser el presidente de todos.

En su gobierno el envilecimiento se derrama como una lluvia de pus. Desde arriba se esparce el ejemplo de cómo se puede usar el poder para enriquecimientos ilícitos. Se tejió y dilató una red de corrupción que no podrían sostener ni los cíclopes de la mitología y por ello dejó de ser el presidente de todos.

Así las cosas, en el futuro inmediato, por nuestra voluntad y la cooperación de la comunidad internacional, los venezolanos lo convertiremos en el presidente de nada ni nadie.