El régimen de los sepultureros se aferra al poder y avanza en su propósito de acabar con la propiedad, la libertad y la democracia. Lo hacen con el respaldo de las bayonetas cuyos representantes controlan dos tercios de la economía. Los enterradores están reñidos con la modernidad y con la vida, aunque fingen humanidad tal como lo revela el informe de la alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos; aniquilan y desangran a los ciudadanos, quienes son asesinados por los cuerpos de seguridad o fallecen debido a la escasez de medicinas y alimentos o a la inseguridad reinante.

Ante la contundencia de la realidad, los sepultureros optan por negarla, ocultarla o utilizan la estrategia de la mentira programada como sucedáneo. La opacidad del secreto les facilita actuar con descaro e impunidad. Nos preguntamos si se trata de una patología de sus voceros, de mitomanía o desprecio por lo humano o si más bien es el resultado de un proceso de enajenación. Aborrecen la libertad de expresión, la cual impiden por medio de la censura, la expropiación, confiscación o invasión de los medios de comunicación. Lo decía G. Orwell en 1942, sus medios hablan de lo que quieren que ocurra, no de lo que realmente ha ocurrido.

La mentira y la desinformación siempre han existido y entre sus grandes “viralizadores” se encuentran los gobiernos. Informes recientes elaborados por el grupo de expertos europeos sobre noticias falsas (marzo 2018) y el estudio de desinformación global realizado por la Universidad de Oxford (2019) dan cuenta de la amplificación de esta realidad en la era de las redes sociales y las TIC.

Con las redes sociales e Internet surge una gran paradoja: sirven a un mismo tiempo para procesos democratizadores y como portentosos instrumentos de regímenes totalitarios. De un lado facilitan el acceso a la información, son una ventana a la voz de los ciudadanos tradicionalmente marginados de los medios de comunicación convencionales y, del otro, son usadas para desarrollar la estrategia de la “mentira programada”.  En las redes hacen vida más de 4.000 millones de “comunicadores” en Google, Facebook, Twitter, Instagram, Snapchat, Youtube, Linkd in, etc., y su impacto es monumental; se estima en 1% el porcentaje de usuarios responsable de un tercio de los tuits a favor del brexit.

El régimen venezolano, valiéndose del derecho a la libertad de expresión que también protege a quienes transmiten noticias falsas, usa “bots y trolls” en las redes; herramientas concebidas con el fin de propiciar desavenencias, estimular trifulcas, incordiar personas y propagar mentiras. La difusión de información falsa en la red llega a 1.500 personas, seis veces más rápido, en promedio, que una información cierta. (Science, 2018). Además, la mentira es la carta de identidad fundacional de este régimen. Mintieron cuando en nombre de “acabar con la corrupción” asestaron dos sangrientos golpes de Estado y muchos de sus voceros hoy se encuentran presos, acusados y enjuiciados por corruptos.

A los enterradores, quienes carecen de dosis mínimas de humanidad, empatía o capacidad para percibir el sufrimiento del otro, les resulta inútil airear públicamente los temas de interés social. Asumen la respuesta de Lenin a la pregunta del socialista español: ¿Libertad para qué? y la utilizan como escudo para imponer la “hegemonía comunicacional”; el silencio de los sarcófagos. El sangriento preludio de una de las asonadas del año 1992 perpetrada en Venezolana de Televisión, un medio de comunicación de los venezolanos, presagiaba el incierto futuro de la libertad.

Han convertido la estadística oficial, o su omisión, en parte de su propaganda; abultan y restringen los datos a placer: así redujeron las cifras de pobreza en menos de una semana o decretaron la eliminación absoluta del analfabetismo. Se mofan de la información como bien público de la democracia y asumen que el silencio y la opacidad erradican la realidad; de allí el carácter prioritario de sepultar la libertad de expresión.

Con ese fin crearon la “la franquicia del odio”. Se dotaron de un “marco legal” y un reglamento a la medida. Este define las prácticas sancionables con sus respectivas multas, cuyos montos resultan impagables. Crean el ejército de inquisidores y los mecanismos de inspección y seguimiento, los cuales contienen instrumentos para confiscar y expropiar medios de comunicación.

Su intolerancia a la libertad de expresión abarca a las redes sociales. Son conscientes de la capacidad de estas para el marketing empresarial y político. Advierten su importancia en la venta o destrucción de partidos, ideologías y candidatos. Entienden la importancia de las redes como parte fundamental de la interacción humana y como espacio para denunciar problemas y logros: un inadmisible espacio democrático.

Su preocupación los conduce a conformar un nuevo ejército con el objeto de controlar e intervenir tales redes sociales. Previamente habían reducido a su mínima expresión la telefonía e Internet, continúan clausurando portales y medios digitales privados y ahora utilizan bots, trolls y sealions para difundir noticas falsas, incitar al odio, confundir e irritar a los usuarios y, más directamente, mentir. El “ejército de inquisidores cibernéticos” desarrolla distintas estrategias con el fin de manipular a la opinión pública: desinformar, violar la privacidad y atacar a políticos y líderes sociales. Los estudios realizados confirman que 80% de los países utilizan bots, 11% ciborgs, 7% usa cuentas hackeadas o robadas, etc. En este terreno, el régimen venezolano ocupa un lugar privilegiado junto a Rusia, Irán y China.

Samanthe Bradshaw , miembro del equipo responsable del estudio realizado por la Universidad de Oxford, nos dice: “la posibilidad que ofrecen las tecnologías de las redes sociales -algoritmos, automatización y la Big Data- transforma la escala, el alcance y la precisión de la forma en que se transmite la información en la era digital”. El estudio enfatiza la estrecha relación entre la solidez de la democracia y la calidad de la información y se pregunta acerca de si las plataformas son realmente espacios para el debate público y la democracia o amplificadores de la desinformación y el consecuente enojo de los ciudadanos.

Los esfuerzos por manipular la opinión pública por parte del régimen y de otros Estados a través de las redes sociales se han transformado en una seria amenaza a la democracia y la libertad. Gobiernos y partidos políticos difunden información y desinformación, “mienten” y adulteran la realidad. La propaganda, consustancial a la política, se ha desvirtuado peligrosamente y su amplio alcance puede ser perjudicial. Esto último tiende a intensificarse en procesos electorales y en países con elevados niveles de polarización política.

Frente a esta realidad algunos sugieren nuevas leyes para ejercer un mayor control sobre las redes. Se exige a las plataformas mecanismos de censura con el fin de evitar la mentira. Ambos énfasis podrían vulnerar la libertad de expresión. Si actuamos de esta manera olvidamos que la frontera entre noticias falsas y verdaderas es difusa e imprecisa. Cometeríamos un error si pretendemos establecer los límites y por ello abordar el asunto desde el análisis de los contenidos podría resultar en un gran error. Hay suficientes evidencias y argumentos que desaconsejan este tipo de soluciones, lo cual no significa un llamado a la parálisis del gobierno y de las empresas.

Consideramos que el centro de atención debe colocarse en el individuo, en el fortalecimiento de sus habilidades y conocimientos para evitar el engaño y la desinformación. Hay que dotarlo de herramientas y prepararlo para estos nuevos lenguajes, disminuyendo así el analfabetismo tecnológico con el objetivo de crear mayores grados de libertad y responsabilidad. Compete al individuo verificar y validar la información y la fuente; es muy preocupante la tendencia a compartir mentiras desde la emoción, como lo confirman distintos estudios.

La responsabilidad de los individuos hace posible la cooperación y la creación de redes para contrarrestar y evitar las mentiras propagados por los “sepultureros”. Los venezolanos padecen el infortunio de la concentración del poder en manos de las bayonetas y, pese a ello, se resisten a ser enterrados en vida. Se multiplican los nodos de las redes sustentadas en afinidades positivas, la recuperación de la libertad y la democracia para iniciar la reconstrucción de Venezuela. Las alianzas sustentadas en estas conexiones positivas superan a aquellas otras basadas exclusivamente en la existencia de un enemigo común cuya tendencia es a la brevedad.

La defensa de la libertad de expresión es un tema fundamental para el liderazgo social y político y es todo un desafío en las condiciones actuales. Es preciso separar el grano de la paja, contrarrestar la “hegemonía de la mentira”, y entender  la denuncia como un importante medio para ventilar públicamente los problemas de la sociedad.

@tomaspaez


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