La muerte de cualquier ser humano es siempre un hecho lamentable. Algunos, sin embargo, no estarán de acuerdo conmigo y dirán más bien “casi siempre“. Personalmente considero que incluso aquellos seres humanos cuya existencia no estuvo dedicada a hacer el bien sobre la tierra merecen vivir, pues que se vayan de manera repentina sin pagar por todo lo que hicieron en vida es demasiada impunidad. Yo hubiese querido, por ejemplo, otro final para el fallecido presidente Hugo Chávez Frías. Hubiese preferido verlo presenciar, en primera instancia, el derrumbe de su proyecto político y económico, obra de la cual fue el principal artífice. Pero, sobre todo, hubiese querido verlo pagar sus enormes cuentas con la justicia terrenal. En unas de sus últimas transmisiones el difunto Hugo Chávez, el mismo que le destruyó la existencia a millones de venezolanos, rogó ante Dios por más vida, sus plegarias no fueron escuchadas, tampoco las de muchos venezolanos que pedían verlo sin poder y rindiéndole cuentas a la justicia nacional e internacional.

Tras aquella partida el chavismo no se conformó con decretar duelo, quisieron también imponer el dolor a quienes sin necesidad de celebrar la muerte no tenían por qué sentir tristeza o rendir homenajes a quien destruyó sus vidas. Fueron semanas de actos fúnebres y programación continua en todos los canales bajo el control del régimen con un solo objetivo: decirle al mundo que Venezuela lloraba a Hugo Chávez y cual funeral norcoreano, las imágenes de multitudes en llanto le daban la vuelta al mundo.

Al parecer, al chavismo le quedó gustando la fórmula, pues desde aquella fecha a cada muerte de un funcionario rojo le sigue la misma perorata necrofílica en los medios del Estado. Cada quien tiene derecho a llorar a sus difuntos, a lo que no tienen derecho es a imponernos su duelo a todos, a lo que no tienen derecho es a valorar unas vidas más que otras. Son miles de miles los venezolanos que han sido asesinados en manos de la dictadura durante estos más de veinte años. Y frente a eso, no solo es que no ha existido duelo alguno, lo que sí ha existido y de manera sistemática es celebración. Solo hay que recordar cómo cada vez que un manifestante era asesinado por las bandas armadas del régimen, el dictador montaba un templete y bailaba con la mal llamada “primera combatiente” sobre la memoria de las víctimas y el dolor de sus familiares. No contentos con eso, al asesinato físico le seguía el asesinato moral. Cada caído era presentado como delincuente por la propaganda oficial, olvidándose que ni para los delincuentes hay pena de muerte en Venezuela.

Frente a la difícil coyuntura que vive el mundo en la actualidad y en especial Venezuela, hay vidas que siguen valiendo más que otras. Si no solo veamos el caso de Darío Vivas, por quien han decretado duelo y consternación en la élite chavista, mientras que por los 71 médicos venezolanos que han entregado sus vidas hasta la fecha, cumpliendo con su deber de salvar las de sus pacientes, no hay ni siquiera unas palabras de pésame. Esta doble moral no es más que el reflejo de la Venezuela que vivimos desde hace mucho tiempo, una Venezuela donde no podemos hablar ni siquiera de ciudadanos de primera y de segunda, sino que hay una élite que trata como súbditos al resto del país, súbditos cuyas vidas parecieran pertenecerles y de las cuales están dispuestos a disponer cuando sea con el solo objetivo de conservar el poder. No nos queda más que decir desde aquí, justicia para nuestros muertos, paz para las víctimas de los suyos.

@BrianFincheltub

 


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