Esta semana me acordé muchísimo de Umberto Eco. Su crítica a los que usan las redes sociales sin ton ni son está más vigente que nunca en nuestro país. Sobre todo Twitter y Whatsapp son muestra fehaciente de que cualquiera puede decir lo que le venga en gana. Se puede inventar y despotricar contra cualquiera, a pesar de no tener nada en que sustentarse.

“Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos rápidamente eran silenciados, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles”, dijo Eco según lo publicado por el periódico italiano La Stampa el 11 de junio de 2015.

Sus palabras no cayeron muy bien en ese entonces. Tampoco suenan bien hoy en día. El escritor italiano, autor de El nombre de la rosa, El péndulo de Foucault y La isla del día de antes, entre otras novelas, fue un importante semiótico, reconocido por su trayectoria. No se andaba con poses ni medias tintas. Era feroz crítico de internet, sabedor de todas las posibilidades que alberga, pero también de todos los peligros que puede generar.

Sus observaciones incomodarían a la gran cantidad de opinadores venezolanos y extranjeros que cuentan con notable cantidad de seguidores, pero que sus planteamientos no están anclados en la realidad. Otros casos más lamentables se fundamentan en el dinero que reciben o en los intereses que tienen, lo que en el periodismo se llama palangrismo, palabras mayores sobre las que no voy a profundizar.

No voy a detallar cada caso, que no quiero incomodar con nombres y apellidos, pero lo cierto del caso es que abundan. Su influencia además es perniciosa porque manipulan la opinión pública, torpedean cualquier cosa que les sea adversa, inducen a parte de sus seguidores a arremeter contra otros y no soportan ninguna crítica.

Ya no discuto con ellos. Antes sí lo hacía, pero me di cuenta que no vale la pena. No los conozco y ellos tampoco saben quién soy. No me van a convencer de que piense distinto y yo tampoco les voy a cambiar la forma de mirar.

“Ahora todos los que habitan el planeta, incluyendo los locos y los idiotas, tienen derecho a la palabra pública. Hoy, en internet, su mensaje tiene la misma autoridad que el premio Nobel y el periodista riguroso”, señaló al respecto Eco, en una entrevista difundida por el diario español El Mundo.

El italiano agregaba: “Con Facebook y Twitter es la totalidad del público la que difunde opiniones e ideas. En el viejo periodismo, por muy asqueroso que fuese un periódico, había un control. Ahora, cualquiera puede publicar un libro en internet y resulta complicado argumentar con un joven las diferencias entre algo bueno y algo malo”.

No abogo porque en las redes sociales abunde la rigurosidad. No parece ser su naturaleza. Sí pido a los que las usamos que seamos menos ingenuos, más críticos, más tolerantes de las opiniones contrarias. Hay que salirle al paso a los inventos. Hay mucho imbécil suelto, como decía Eco.