En sistemas políticos no democráticos, individuos y sociedad son sometidos a una lógica del poder básica, de carácter psicológico, a nivel de la manipulación de los instintos básicos que todavía nos vinculan con nuestro, quizás no tan lejano, origen primate. Para ilustrar lo dicho, basta observar el adiestramiento y domesticación de animales, el método (quizás no el único) del «premio-castigo», lo hacemos con los niños, en la familia, en la educación y, en general, en la vida social y económica (te portas bien o te va mal).

El mismo principio y método se recomienda en muchos cursos de gerencia, en un lenguaje más prosaico, zanahoria o garrote. Y todas las sociedades lo han usado para el necesario orden social (crimen y castigo). En los sistemas democráticos estos principios y métodos tienden a minimizarse y se diluyen en un sistema más cultural y humano, asumiendo que no somos animales sino personas conscientes de su libertad responsable y sujetos de derechos inalienables, como la vida, la dignidad, la libertad y todo lo que se identifica con un orden humano, civilizado, legal, etcétera, y que se resume y ejecuta en un Estado de Derecho y respeto absoluto a los derechos humanos.

En esta expectativa vive la humanidad actual y a nivel político se expresa en la palabra democracia. Lo contrario es la no-democracia y aquí entran las diversas categorías que la teoría política usa, desde la dictadura a la tiranía y desde el autoritarismo al Estado totalitario, en la práctica, tienden a mezclarse algunas características.

Una de ellas, el temor y el miedo, es relativamente fácil de identificar, no así la otra característica, que es más fácil disimular y hasta ocultar y es a lo que aludo en el título. El colaboracionismo y los colaboracionistas. La fórmula más usada es la omisión. Yo no soy político, yo no me meto en política, yo me dedico a mis asuntos y quiero vivir tranquilo. A mí nada de eso me interesa, todos los políticos son iguales y todos los gobiernos roban, ni participo ni voto, me ocupo de lo mío. Todas estas actitudes y conductas no las descalifico, al contrario, trato de comprenderlas, pero lo que no se puede comprender es cerrar los ojos frente «a lo que está mal» y no reaccionar. Aquí aplica la frase de Martin Luther King: no sorprende la maldad del malvado sino la indiferencia y pasividad del bueno.

Lo dicho puede configurar un colaboracionismo pasivo, pero el realmente repudiable es el colaboracionismo activo, producto del temor y el miedo, pero fundamentalmente de la codicia, del provecho y del oportunismo. Todos los ven y los conocen. Sus actos y beneficios, los muestran y algunos son tan cara dura que en privado dicen lo contrario a lo que hacen. Históricamente, está comprobado que las dictaduras tienden a durar, no tanto por sus mecanismos de represión (garrote), sino por las dádivas o limosnas populistas y los provechosos negocios (zanahoria).

Se le atribuye a Stalin la siguiente anécdota: desplumó a una gallina y la suelta, y esta sale despavorida, al rato le ofrece granos de maíz y esta regresa dócil y obediente. Garrote y zanahoria, zanahoria y garrote, no importa el orden, pero así funciona.

 


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