Con este mismo título publiqué, en este diario, en noviembre del año pasado un artículo. Allí hacía referencia al culto escritor don Pedro Berroeta, autor de un artículo con la misma denominación y en el mismo diario. Tomé la iniciativa de volver sobre el tema por cuanto allí hay mucha tela de donde cortar.

Venezuela, a más de 200 años de su vida republicana, ha resuelto satisfactoriamente situaciones que le eran adversas; no ha ocurrido igual en lo referente al ejercicio del poder político gubernamental, que cada vez se deteriora más y más, en marcha acelerada hacia la devastación del país. Esa situación, lo sabemos, es de vieja data y también sabemos que la causa determinante de ella radica, indiscutiblemente, en la ineficiente gestión político-administrativa del Estado.

Es de suponerse que ejercer la Presidencia de la República no es tarea fácil. Para desempeñarse con eficiencia en tan alta magistratura se requiere excelente preparación, verdadera cultura política, buen liderazgo, sensibilidad humana y muestras de afecto por el país, además de virtudes y otras cualidades morales que lo califiquen. Si se carece de ellas no hay esperanzas y la situación se tornará cada día más grave (lo que ocurre actualmente en Venezuela). No se trata de exigir, en ningún  caso, que el presidente sea un sabio, no; sabios en cada materia sí deben ser los integrantes del gabinete ejecutivo, quienes lo acompañarán en el cumplimiento cabal de las tareas legalmente encomendadas y las prometidas. En la selección de ese equipo se requiere sí de mucho acierto y ¿por qué no de verdadera  sabiduría?

Nuestra Venezuela ha poseído y posee abundantes riquezas, materiales e inmateriales. Las materiales ubicadas en su geografía física, gran parte de ellas han sido exploradas y explotadas pero no así su producto ha sido sembrado racionalmente para su florecer en los aspectos socioeconómicos y culturales que, indiscutiblemente, deberían haberle dado firme solidez al desarrollo del país en todos los aspectos.

No siempre hemos contado, y ahora menos, con verdaderos estadistas al frente del Ejecutivo. Aristóteles lo afirmó: gobernar es un arte. Pero, naturalmente, entendemos que el arte es para aprenderlo, no para improvisarlo.

Al Estado, mediante la actuación inteligente de quienes se desempeñan en las más altas posiciones administrativas, le corresponde ser el gran promotor del desarrollo del país en todos los aspectos. Pues tiene el compromiso de crear, estimular y fomentar la producción en general. Para lograr semejante propósito lo primero que debe emprenderse es la tarea educativa. Esta, la educación, es la primera prioridad, pues es fundamental para todo, con ella se cultivan los talentos, se enseña y se aprende a trabajar.

Concluimos que nuestra Venezuela necesita ser gobernada por un buen líder, por un estadista, que ejerza el poder para el engrandecimiento del país, no para el beneficio suyo ni de unos pocos. Gobernar es servir.

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