Las dimensiones alcanzadas por las recientes protestas en Ecuador y en Chile llevaron a dichos gobiernos a retroceder en la aplicación de las medidas que sirvieron de detonantes, y abrir una negociación en pos de la gobernabilidad.

Por esas mismas fechas se efectuaron elecciones presidenciales en Argentina, Uruguay y Bolivia y regionales en Colombia, que si algo tuvieron en común fue la manifestación de una voluntad de cambio de los votantes de esos países, aceptada democráticamente y sin trauma en Argentina y Colombia y aún por terminar de definirse en una segunda vuelta en Uruguay.

No así en Bolivia donde las fundamentadas denuncias de fraude en un  proceso electoral, que ya traía una legitimidad cuestionada debido al ventajismo de Evo Morales por su desconocimiento del resultado del referéndum que le impedía presentarse como candidato a presidente por cuarta vez consecutiva, sumió al país en una ola de protestas que llevó al autoritario mandatario a ceder y aceptar  una auditoria por parte de la OEA para prevenir un caos insurreccional.

No es ese el caso de Nicolás Maduro, causante del más grande destrozo de una nación latinoamericana del que se tenga conocimiento, quien incluso ante los más urgentes reclamos relacionados con  emergencia humanitaria y fallas de los servicios públicos más elementales como el agua y la luz, responde con mentira y represión.

La intolerancia oficial y el desinterés en proporcionar soluciones ha llevado a enormes contingentes de venezolanos a una huida masiva de dimensiones sin precedentes en el continente, solo comparable a la un país en cruenta guerra como Siria. Como sabemos, ha golpeado sensiblemente a los países vecinos  donde lamentablemente se ha desatado una significativa hostilidad de sus poblaciones y políticas restrictivas por parte de los gobiernos, cada vez más interesados en una solución a la crisis política de nuestro país

Más allá de los altibajos y de errores cometidos por las fuerzas democráticas durante estos 20 oscuros años que llevamos transitados en este proyecto político iniciado por Hugo Chávez, es justo reconocer que la lucha ha sido incansable frente a una básica constante gubernamental, la de no arriesgar nunca el poder.

Durante un largo tiempo en el que gozaban de aceptación, se esforzaron en lucir un disfraz democrático a pesar de las trampas políticas y electorales que se tejieron, pero cuando el apoyo comenzó a debilitarse no titubearon en desconocer abiertamente el Estado de Derecho y los más elementales principios democráticos. Destacan el desconocimiento de la AN, el nombramiento ilegítimo del TSJ y el CNE, la creación desvergonzada de la ANC, que a su vez convocó unos comicios ilegítimos en los cuales se reeligió Maduro como presidente y que le ha valido el desconocimiento de buena parte de la comunidad internacional.

Inesperadamente también se transgredieron los acuerdos internacionales relacionados con el ejercicio democrático para lo cual se decidió el retiro de la OEA.

Dejaron al desnudo su talante antidemocrático ante los asistentes al diálogo de Santo Domingo y ante el mecanismo de Oslo, del cual decidieron prescindir cuando no tenían otra opción que asumir compromisos electorales que podrían poner en riesgo su permanencia en el poder. Esta última jugada lleva a concluir que por lo menos hasta el momento el gobierno de Maduro decidió jugarse a Rosalinda, sostenido por una élite militar corrompida y  también temerosa.

Esta realidad no es sinónimo de  fortaleza, se trata de un poder  ejercido contra la voluntad de la mayoría aplastante de sus ciudadanos, con una profunda crisis económica y de espaldas a los países más importantes del planeta que van ajustando progresivamente las tuercas, especialmente a los jerarcas que se encuentran prisioneros de su propia corrupción.

Es de entender que después de las expectativas creadas con el repunte de los primeros meses de este año con el liderazgo de Juan Guaidó, al no darse los resultados esperados se haya caído nuevamente en la desesperanza y no se pueda percibir que las cartas siguen sobre la mesa y que hay que jugarlas de otra manera, elaborando políticas que den respuesta a lo que la población está clamando. Calentando nuevamente la calle y tejiendo redes y concentraciones  ciudadanas, ya que es una lucha que no puede recaer solo sobre los hombros de los dirigentes o los países solidarios.

Un factor muy importante es no crear expectativas de salidas inmediatistas que no se esté seguro de poder cumplir. A lo mejor eso que sentimos como pesimismo es una  lección de realismo político, importante para esa victoria que anhelamos.