«No es el amor quien muere, somos nosotros mismos» (Luis Cernuda)

No todos los días son perfectos ni mucho menos. Hay días, sin embargo, que las cosas que uno piensa o vive parecen preparadas a propósito para caer bien. Al salir de casa por la mañana temprano el sol era tenue, vi cómo se acercaba un mirlo hacia mí y se posaba en una verja cercana. Seguí andando por la calle para comprobar que el pájaro negro alzaba el vuelo y pasaba a otra verja por encima de mi hombro izquierdo. Pensé, qué casualidad, qué hermoso sería que el pájaro me acompañase. El caso es que lo hizo durante un tramo de casas y me quedé con la sensación de que había o podría existir una comunicación, algo en común entre ese pájaro y yo. No sé la razón por la que me vino a la cabeza el refrán tibetano leído y releído en la red social del pájaro azul: «El secreto de una buena vida consiste en comer la mitad, caminar el doble, reír el triple y amar sin medida«. Luego seguí mi camino pensativo y solo.

Tuve que viajar en tren días más tarde. El vagón en el que iba yo se había detenido en una de las estaciones centrales del país. Fueron entrando nuevos viajeros. Un joven que buscaba su asiento preguntó algo en voz alta y reconocí de inmediato el acento extranjero en aquel lugar de paso. Supe que era gallego como yo. Hablamos un rato y me contó la historia de su viaje, por qué viajaba en plena pandemia. Yo hice lo mismo. Ninguno de los dos interrumpió el relato del otro. Teníamos un largo trayecto por delante. El viajero venía de lejos y necesitaba descansar; yo quería leer el libro que traía conmigo. Cuando se detuvo el tren en una ciudad del norte me bajé no sin antes decir adiós al desconocido.

Horas después llegué a mi destino. Llovía. Caía la noche. Mis hermanos, mi madre, el reencuentro.

Una mañana sin lluvia salí a pasear por el centro. En la plaza de Santo Domingo me llamó la atención un cartel pegado en la fachada de un kiosco de prensa olvidado. Se trataba de un graffiti fino escrito a máquina que rezaba en gallego «Véndese alma» (Se vende alma) «por fama e fortuna» (a cambio de fama y fortuna) y justo debajo del brevísimo texto, aparecía un correo electrónico a modo de contacto con clara alusión al misterioso artista callejero conocido como Banksy. Quienquiera que fuese el autor del grafiti me hizo pensar en el personaje Fausto de Goethe que estuvo en tratos con el diablo para vender su alma y lograr como pago el disfrute de la vida. Pensé también en la vanidad de Dorian Gray obsesionado con la juventud y la belleza. Y pensé además en la temporalidad de la belleza y de todo en la vida. El cartel del artista gallego pone en evidencia a aquellos que persiguen la popularidad y el dinero despreciando lo único que nos pertenece de verdad y que es único, el alma.

 


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