María Corina Machado / Hasta el final
Foto: Gabriela Oraa / AFP

Por un tuit emitido por una muy respetada autoridad en el área de nutrición, la Dra. Susana Rafalli, me enteré de que en los veinticinco años de “revolución” la tasa de mortalidad infantil en Venezuela había retornado al nivel de 1950. Los niños asisten a escuelas derruidas  dos veces por semana y son mucho menos los que van. Una profesora amiga de una cátedra de Historia en la universidad me dice que llegan jóvenes a sus aulas que ni siquiera saben quién fue Chávez. En Venezuela se está levantando la generación de las oportunidades perdidas para el progreso personal y colectivo. En verdad, donde desees meter la lupa para escudriñar el drama social que se vive en nuestro país, encontrarás tragedia. Sin embargo, con todo ese dantesco fracaso sobre sus espaldas, los cabecillas del nefasto régimen pretenden prolongar su estancia en el poder como si ya no hubiesen perpetrado un  daño irreparable.

Las más recientes decisiones del régimen encuadran el momento político actual  en el grado de MUY DELICADO, peligrosamente cercano a un punto de quiebre que podría conducir a la consolidación de la dictadura. Han tomado lectura del hartazgo ciudadano. Son conscientes del magnífico avance de las fuerzas libertarias en la primaria. Por eso, salvo que les tuerzan el brazo desde afuera, lucen decididos a aplicar la metodología nicaragüense. Ello implica el cierre de la ruta electoral, a menos que en el otro lado se produzcan decisiones que les permitan vislumbrar un escenario electoral del cual, por cansancio e inasistencia, se deriven muy altas probabilidades de concretar su deseo de permanencia en el poder.

En virtud de la anterior consideración, asumo públicamente la convicción de que el marco –o frame– en el cual se debe desarrollar el debate político en estos días no puede ser exclusivamente el electoral. Esto no significa para nada que se vaya a abandonar la ruta electoral. Es la que privilegiamos. Es la que la gran mayoría de los ciudadanos quiere, según lo arrojan todos los estudios demoscópicos realizados sobre el tema. Todos los analistas coinciden en que la gente desea salir a votar en paz y no correr más riesgos en protestas o manifestaciones. Muy bien, coincidencia total en lo que queremos, pero eso no quiere decir que el régimen esté dispuesto a consentirlo.

Muchos votamos en la primaria, yo incluido, motivados por la necesidad de renovar el liderazgo opositor y legitimar, con la mayor manifestación de unidad posible, la figura que asumiría la responsabilidad de liderarnos a través del proceso de prosecución del tan anhelado cambio político. El propósito de legitimación se alcanzó de contundente manera. ¡Perfecto¡ Con mayor razón insisto: No voté por una candidata sino por la lideresa del proceso de cambio. Que la habilitación se produjera, María Corina fuese la candidata y arrasase en unas elecciones aun bajo unas muy desequilibradas condiciones de competencia –nunca van a ser las que aspiramos-: ¿Qué más podría reclamársele al cielo? ¡El mejor de los caminos se habría consolidado! El problema es que por allí andan los diablos para no permitirlo. La ruta electoral es una de las vías para que se produzca el cambio, pero no podemos empeñarnos en que sea la única, sobre todo cuando los atornillados en el poder evidencian su voluntad de impedirla.

Por lo tanto, como la realidad es la que es: las alternativas, de cara a lo que se le comunica políticamente a la ciudadanía, no pueden agotarse en el ring más reducido de si van a darse las elecciones o no. O de si en ellas se le va a permitir a María Corina ser la candidata o no y, mucho menos, si ella le va a levantar la mano a una persona de su confianza –una figura similar a La Cámpora argentina-, o si una convención de alacranes variopintos va a designar un candidato sustituto sin su consentimiento. Todo esto es absolutamente secundario de cara a lo que verdaderamente está en juego y hay que hacérselo ver al ciudadano común. Las dos opciones son: o ellos continúan en el poder acrecentando el ya insoportable nivel de tragedia en nuestras vidas o  todos nos organizamos para luchar en procura del cambio que permita movilizarnos hacia una nueva visión para Venezuela.

Y sobre esta crucial y vital disyuntiva hay que hablarle todos los días a los ciudadanos, que distraídos en su lucha diaria por la sobrevivencia pudieran terminar siendo víctimas de la banalización del debate político. El acento de la campaña admirable que debemos todos acometer debe ser puesto en el tema social. Esta convicción fue mi razón para iniciar el texto con unas dolorosas pinceladas del drama social que afecta a los más jóvenes. Hay infinitas más a las que pude haber hecho referencia. Sobre ellas deberíamos hablarles todos los días a los ciudadanos para galvanizarles y lograr que internalicen la trascendental disyuntiva en la que nos están colocando. Aunque se corra el riesgo de ser reiterativos, hay que insistir hasta el cansancio en lo que implica para la vida de todos la continuidad del régimen en el poder. Se necesita perseverar en la narrativa política conducente a incrementar la fuerza electromotriz social.

Reiteradamente lo argumentamos en el reciente pasado: era indispensable articular la lucha política con las llevadas a cabo en los diversos escenarios por dirigentes gremiales y de la sociedad civil, aislados y dejados a su propio riesgo. Los anteriores dirigentes opositores nunca lo lograron. Ahora, en este momento tan delicado, es fundamental lograrlo. La Gran Alianza Nacional debe construirse con la finalidad de articular toda la resistencia civil del país, segmentado en sus diversos quehaceres y afanes, hasta alcanzar niveles significativos de presión social en la construcción del vector de fuerza hacia el cambio. Es realmente necesario que busquemos la vía hacia adelante para escabullirnos de ese “limbo tóxico” –frase plagiada a un inteligente observador de nuestro browniano comportamiento político- en el que intereses, internos y foráneos, desean mantenernos intensamente ocupados.


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