“La libertad de expresión es un bien escaso. Sería terrible dejar a los fanáticos marcar los límites“ (Salman Rushdie).

Esta reflexión del autor indio-británico Salman Rushdie, autor de Los versos satánicos, ha de entenderse desde la perspectiva de quien la enuncia.

Para los millennials, Salman Rushdie escribió este ensayo en 1988. Su publicación provocó una gran polémica en el mundo musulmán, debido al tratamiento que en él daba al profeta Mahoma. El libro se prohibió en numerosos países y el 14 de febrero de 1989, el ayatolá Jomeini promulgó, a través de radio Teherán una fatwa, un edicto religioso, en el que se instaba a la ejecución de Rushdie y de cualquier editor que publicara su libro.

Si tomamos como referencia la historia de Rushdie, lo ocurrido en España con el rapero Pablo Hasel no deja de ser patético. Cuando autores e intelectuales de una altura que Hasel no podría alcanzar ni con una grúa se han jugado su vida y su libertad, en numerosas ocasiones, por ejercer legítimamente su libertad de expresión, resulta que este individuo, con el apoyo incondicional de sus acólitos, entre los cuales se cuentan varios miembros del gobierno de España, ha logrado movilizar a toda una turba de desinformados, violentos y radicales, bajo la bandera de la defensa de su libertad de expresión.

Este individuo, con cara de no enterarse de dónde tiene el ombligo, acumula un historial delictivo que le ha llevado a este puerto donde ahora atraca, espero que por un tiempo prudentemente largo.

Por hacer una glosa de sus proezas, en 2014 fue condenado por la Audiencia Nacional a dos años de cárcel por apología del terrorismo, ya que en sus letras muestra su apoyo a ETA, los Grapo, Terra Lliure y Al Qaeda, aunque probablemente no sabría indicar en un mapa dónde se encuentra Afganistán. Esta condena, no obstante, quedó en suspenso por la no existencia de antecedentes penales.

En 2016 fue condenado a seis meses de cárcel por insultar, golpear y rociar con líquido de limpieza a un periodista de TV3. En 2017 a dos años y medio por agredir al testigo de un juicio, si bien estas dos sentencias no son firmes, y en 2018 a otros dos años, de nuevo por enaltecimiento del terrorismo.

Como se puede observar, este personaje no ha entrado en prisión por una vulneración de su libertad de expresión, pero entiendo que siempre es bueno, para determinados colectivos, tener una excusa para saquear una tienda, por ejemplo, de Louis Vuitton.

Dejando al margen el lamentable tema de Hasel, cierto es que la libertad de expresión es un derecho inalienable en democracia, pero habría que tener muy claro que dicha libertad no te autoriza a calumniar ni a agredir la dignidad de quien tienes enfrente.

Como todos los derechos, hay que aplicarla dentro de los límites que no invaden los derechos de tu prójimo y ser consciente de los límites que la educación y la convivencia imponen.

En cierta ocasión, me encontraba yo en el momento feliz de tomar el aperitivo en un pub del que soy parroquiano habitual. Pido perdón, de antemano, por si a alguien pueden ofender las palabras gruesas que he de reproducir aquí, pero se entenderá que sin las mismas el relato no sería posible.

Pues me encontraba yo en el susodicho pub, cuando, en medio de una acalorada conversación, otro de los allí presentes dijo, en un tono yo diría que innecesariamente alto, “a mí me pasa eso que me cuentas y me cago en dios“.

Esta expresión, a mí particularmente, me resulta enormemente ofensiva, pero como quiera que el individuo no se estaba dirigiendo a mí, seguí a lo mío.

Entonces, sin previo aviso, otra persona que se encontraba en el pub se acercó a quien había pronunciado tan desafortunada frase, y tras darle unos toques en el hombro y volverse este, le espetó “y yo me cago en su puta madre“.

Hay que decir que, según supe posteriormente, ambos individuos no se conocían de nada. El primero, que de repente había perdido el color, solo acertó a preguntar, balbuceante, “¿cómo dice?”, a lo que el segundo respondió “que si usted se caga en dios, que es mi padre, yo me cago en su puta madre“.

Hay que decir que tras este comienzo, tan abrupto, el individuo que tan alto había cagado se disculpó y el segundo aceptó sus disculpas, ahorrándonos a todos una situación que, por otro lado, ya fue bastante tensa.

Sirva esto para hacernos reflexionar. La libertad de expresión de uno acaba donde alcanza el guantazo del otro, ya sea verbal o físico. Hay que aplicar las libertades con sentido común y dentro de las normas de convivencia que marca la razón y la educación.

Dicho esto, y remarcando, una vez más, que la libertad de expresión es un derecho inalienable en democracia, llama la atención que quienes, normalmente, hacen bandera de ella para supuestos nimios, como insultar al prójimo o cagarte en lo más sagrado, sin embargo quieran poner coto a la libertad de prensa, que es el exponente básico de esta libertad, de este derecho.

Recientemente, el vicepresidente del gobierno de España, Pablo Iglesias, lamentó que en España, y cito literalmente, no exista “ningún tipo de elemento de control democrático sobre los medios, a pesar de que tienen una gran influencia en la formación de la opinión pública“.

Peligroso enunciado el del vicepresidente. Controlar a los medios es soslayar la libertad de información, lo cual es más propio de las dictaduras que tanto admira Iglesias. O, a lo mejor, lo que quiere el vicepresidente es que no tengamos opinión, siempre y cuando no coincida con la suya.

No recuerda el vicepresidente de España que fueron precisamente los medios y el ejercicio de la libertad que les ampara los que le auparon a la situación de privilegio que ahora ocupa.

Por incidir en el tema venezolano, es público y notorio que ciertos medios independientes han sido señalados reiteradamente por medios afines al gobierno, y por el propio Maduro, de servir como “injerencia extranjera“ por recibir cooperación internacional. Yo, como “cooperante internacional“ que soy, no puedo sino condenar estos ataques. Tal es el caso, por ejemplo, de Efecto Cocuyo, El Pitazo o el canal de noticias VPI TV, por no citar una lista interminable de medios.

La libertad de expresión es una, incensurable y universal, tanto si te favorece como si te es adversa. No hay matices si no atenta a la verdad.

Así que yo, en el ejercicio de mi libertad, me pregunto: ¿vivimos en democracia?

Sean libres.


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