¿El colapso de Silicon Valley Bank revela una debilidad fundamental en el marco actual de estabilidad financiera o simplemente representa una falla de supervisión localizada?

Al poner en peligro a muchas empresas prominentes de alto crecimiento en el sector tecnológico, la quiebra del banco efectivamente ejerció una presión política importante sobre la Reserva Federal de Estados Unidos. Pero la intervención de emergencia de la Fed durante el fin de semana -cuando ofreció una garantía total de los depósitos y extendió créditos a otros bancos, valorando su colateral de los bonos del Tesoro de Estados Unidos a valor nominal- sugiere que también estaba genuinamente preocupada por un contagio financiero. Y ahora, el susto reciente en torno a Credit Suisse ha obligado a los reguladores bancarios europeos a recapacitar sobre los mismos interrogantes.

Obviamente, hubo una falla de supervisión. La insolvencia de SVB se produjo por su exposición absolutamente previsible a las crecientes tasas de interés. Había utilizado los depósitos de los clientes para financiar inversiones en una cartera de bonos del Tesoro de Estados Unidos que estaban a punto de perder valor cuando la Fed empezó a ajustar su política monetaria hace un año. El problema no fue ni un riesgo crediticio ni un riesgo de liquidez; más bien, fue una forma obvia de riesgo de mercado. Las pruebas de estrés habituales de la Fed podrían haberles ahorrado el bochorno a los supervisores, salvo que SVB estaba eximido de este requerimiento, debido a un cambio legislativo de 2018 que aumentó el umbral de participación de 50.000 millones de dólares a 250.000 millones de dólares en activos. SVB tenía 209.000 millones de dólares en activos cuando quebró.

La brecha sugiere que, en verdad, el marco de estabilidad financiera tal vez plantee un problema más profundo. Desde la crisis financiera global de 2008, los reguladores a ambos lados del Atlántico han intentado fortalecer la regulación y supervisión del sector financiero dentro de los confines de un marco ampliamente consistente. Las dos características clave son mayores poderes y capacidades de supervisión, con un foco particular en las instituciones identificadas como “sistémicamente importantes”, y esquemas de garantía parcial de los depósitos, destinados a proteger los depósitos hasta una cierta cantidad por depositante.

A SVB no se lo consideraba sistémicamente importante. Sin embargo, la Fed no solo se vio obligada a montar una intervención de emergencia extraordinaria para evitar riesgos sistémicos como consecuencia de su colapso. También reconoció que el régimen de garantía parcial de los depósitos de la Corporación Federal de Seguro de Depósitos (junto con las nuevas reglas sobre resolución bancaria) era inadecuado para darles confianza a los depositantes; solo serviría una garantía total de los depósitos. Dado que se llegó a estas conclusiones después del hecho, vale la pena preguntarse si alguna vez habríamos llegado a las mismas conclusiones si no hubiera habido una crisis repentina.

Por supuesto, la lógica de la “importancia sistémica” del régimen post-2008 puede haber tenido más que ver con la dificultad de liquidar instituciones gigantescas como Lehman Brothers que con temores por su mayor propensión a causar crisis. Después de todo, las crisis financieras pueden empezar con instituciones de todos los tamaños, y una de las áreas donde ha habido mayor progreso desde la crisis financiera ha sido en la creación de reglas más detalladas y robustas para la resolución bancaria.

Pero la saga de SVB sugiere que las reformas post-2008 -fortalecer los requerimientos de adecuación del capital, establecer reglas para la resolución bancaria (con cauciones para los bonistas), diseñar “testamentos vitales” para los bancos- no fueron suficientes. La garantía de depósitos integral también debe ser parte del paisaje, y claramente es mejor implementar un sistema de ese tipo antes de que sucedan los hechos.

Sin duda, parece que la intervención de la Fed estuvo principalmente motivada por el temor a un contagio financiero, y no por la necesidad de proteger a los depositantes corporativos en un sector estratégicamente importante. Pero, en el caso de la subsidiaria de SVB en el Reino Unido, parece haberse dado el caso contrario. Aunque no se gastó dinero de los contribuyentes para rescatar a los depositantes (SVB UK fue comprado por HSBC a cambio de una libra), habría que ver si esa es la mejor manera de implementar una política industrial o de proteger a un sector crítico.

En el caso de Estados Unidos, hemos sido testigos de otro episodio más en el que el banco central se vio obligado a utilizar su balance para proteger el sistema financiero. Si bien las crisis de los últimos diez años pueden haber tenido orígenes diferentes, la solución del banco central ha sido similar. En todos los casos, el gobierno actúa, efectivamente, como el asegurador de último recurso.

Tal vez esto sea inevitable, e inclusive deseable, en el sentido de que brinda el bien público de la estabilidad financiera. Pero el rol ampliado del gobierno nos obliga a preguntarnos si no sería más eficiente eludir por completo a los bancos, permitiéndoles a los depositantes -tanto minoristas como corporativos- mantener sus fondos en el banco central, mediante la emisión de una moneda digital del banco central. Eso sería una manera integral de garantizar los depósitos ex ante.

En términos más amplios, si algunos sectores de la economía van a ser protegidos no importa lo que suceda, deberíamos establecer un marco para hacerlo con anticipación, y no rescatar a los depositantes no asegurados después del hecho. Estas son algunas de las lecciones más importantes que deberían aprender los responsables de las políticas de esta última crisis.


Lucrezia Reichlin, ex directora de Investigación del Banco Central Europeo, es profesora de Economía en la London Business School y administradora de la Fundación de Estándares Internacionales de Reportes Financieros.

Copyright: Project Syndicate, 2023.

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