Hablar de los cambios no es fácil, pues aunque unos aparentan ser más abruptos que otros, todos fueron gestados de alguna manera a modo de proceso oculto. Por eso pienso que a todo cambio subyace un itinerario lógico que no fue advertido por completo en su momento. Comprender lo que sucede en plenitud no es nunca posible, no solo porque la historia es dinámica, sino porque nadie puede abarcar en una mirada la complejidad de las variables implícitas en los sucesos. Hay sin duda situaciones imprevistas que nos toman a todos por sorpresa. Hay muchas otras que vienen andando desde tiempo atrás y en el momento de hacérsenos visible parecen “accidentes” históricos, cuando lo cierto es que son consecuencias de una evolución.

Es inevitable que mi perspectiva para comprender los cambios sea filosófica. Es mi modo de abordar ciertas cuestiones. Todas las vías para acercarse a los mismos problemas son necesarias, pues camine uno por una disciplina o por otra, la realidad es la misma para todos. Por eso, ante una transición tan compleja como la nuestra, y por tener la realidad muchas dimensiones, deben ser bienvenidos todos los aportes. La razón es que el cambio no se reduce a la salida de este régimen, aunque debe implicarlo de manera urgente.

La pregunta sobre el cambio ocupó buena parte del tiempo de los primeros filósofos. Advertían que si bien los sentidos captaban el movimiento y la multiplicidad, su mente percibía que la causa fundamental debía ser una y que aquello que determinasen como el origen debía ser permanente, estable. Al principio concibieron el cambio como el paso de un contrario a otro. El calor se hace frío, del día se pasa a la noche, a cada estación sigue otra; a la niñez sigue la adolescencia, la adultez, la vejez y la muerte. A la muerte sigue la vida y así, al infinito, un ciclo tras otro. Aristóteles captó que un contrario no pasa a ser su respectivo contrario, así, en abstracto. Lo frío no pasa de pronto a ser calor. Algo concreto, como por ejemplo, el agua, se calienta y se enfría, pues la alteración -de temperatura, en este caso- la sufre un sujeto que tiene una esencia definida. Eso que es estable subyace al cambio y lo hace posible.  Lo que cambia no es entonces el “frío” al “calor”, sino el agua, que se enfría o calienta, como consecuencia de una causa -en este caso- externa a ella.

Los cambios que sufrimos los hombres, con excepción de la muerte (el único cambio radical), no son realmente abruptos, aunque algunos lo parezcan. Uno puede forzarlos, sin duda, y hacerlos violentos, como lo ha pretendido toda revolución que destruye lo anterior para generar algo “nuevo” a punta de asesinatos y de la siembra del terror. Sin embargo, incluso en casos así, los contenidos anteriores, las mentalidades, la historia y la vida entera de un pueblo no cambia de un día para otro. La violencia perturba y dificulta la asimilación de los procesos. Puede pretender cambios inmediatos, pero lo cierto es que hace más complejas las transiciones y genera mucho dolor. La realidad evidencia que los hombres precisamos de tiempos prolongados de sosiego para tomar conciencia de lo ocurrido, procesarlo, y marcar así el rumbo que oriente tras el caos.

La dialéctica es simplista. Es reductora de la complejidad humana y obvia que los cambios profundos son lentos y progresivos para que germine efectivamente algo positivo. Por superficiales, las revoluciones son destructoras y deshumanizadoras, pues suelen matar el espíritu de los pueblos prometiendo su salvación. Por materialistas, los dialécticos no ven que si a la realidad no subyaciera algo estable (invisible, espiritual), todo desaparecería tras su proceso destructor.

En una sociedad que ha sufrido un proceso traumático como el nuestro, lo estable que sostiene los cambios somos nosotros, los hombres. El resto es estructura. Como seres animados por un soplo de vida espiritual, el sujeto histórico que es el hombre es siempre, también, el sujeto de los cambios sociales.

Los cambios duraderos se gestan en el espíritu, en ese ámbito desde donde el hombre se trasciende a sí mismo. El momento que vivimos precisa de una revolución distinta, que provea a la gente esa fuerza que nace de la unidad, y haga visible un mecanismo de acción que nos lleve a concretar algún tipo de cambio.  Ante la iniciativa sobre la llamada a una consulta popular que ratifique la voluntad del pueblo, fuente de la ley, en relación con la salida de Maduro, algunos han aducido que la gente ya fue consultada. Las duras críticas a Guaidó y a lo que ha hecho o dejado de hacer, oscurecen la realidad de su reconocimiento institucional y de la necesidad de aglutinarse en torno a un objetivo. No debe inferirse, además,  que Guaidó desea “eternizarse” en el poder. A él le compete llevarnos hasta donde pueda hacerlo, dentro del tiempo estipulado para obrar, porque sencillamente es ampliamente reconocido.

Pienso, por otra parte, que en un proceso tan tortuoso como el nuestro hay que intentar desenredar los nudos una y otra vez, pues la lucha no es fácil y las circunstancias cambian. Por eso reincidir en la aplicación del mecanismo de la consulta no es, sencillamente, volver a hacer algo que ya se hizo. Es, si bien vemos, seguir presionando. Cada día hay más venezolanos que desean la salida del régimen. El hastío es cada día mayor. La frontera ha vuelto a ser testigo de la huida de centenares de personas que no logran vivir en paz en el país. ¿Qué mejor opción, tras el inminente fraude del 6-D, que dejar en evidencia -una vez más, sí, pero con más fuerza- nuestro rechazo a este régimen?

Los cambios que perduran nunca llegan de manera fácil y suelen ser fruto de revoluciones del espíritu. En el prefacio al libro Historia de la cultura cristiana, de Christopher Dawson, se lee que en los mal llamados “siglos oscuros” de la Edad Media “se gesta y florece una nueva cultura,  la cual, entre otras cosas, genera las actitudes y los hábitos intelectuales que se implantaron en la mente europea”, posibilitando la configuración de la modernidad. Sin este periodo de criba e incubación, de aparente esterilidad, pero de profundo crecimiento espiritual, nunca hubiese nacido algo nuevo. Algo similar precisamos aquí.

Desde hace ya tres años, una de las ONG impulsoras de la consulta popular que acaba de anunciar la Asamblea Nacional propuso esta iniciativa como un medio “de participación y protagonismo del pueblo en ejercicio de su soberanía” (artículo 70), para transitar hacia la reconstrucción de Venezuela. Lo plantean con claridad en su libro La rebelión de las regiones. Veo la iniciativa como un modo de presionar un cambio de rumbo en el país. Importa comprender que nuestra única herramienta de lucha somos nosotros mismos: nuestra propia voluntad de cambio. Sé que hemos luchado, que muchos han muerto, que otros han sufrido prisión, tortura y persecución. Miles se han ido del país. Pero precisamente por eso, ¿qué otra cosa podemos hacer sino insistir?

En su primera visita a Polonia, Juan Pablo II provocó un “terremoto psicológico” con su presencia y reflexiones, como dijo el politólogo Bogdan Szajkowski. Transmitió a los suyos que “el adversario no era el comunismo, sino la propia letargia de ese pueblo que, por consentimiento tácito o manifiesto, permitía la continua imposición de una forma ajena de control político al país” (Weigel).

La fuerza nace de la unidad. Es también fruto del pensamiento, de la vida en el espíritu. Por eso pienso que es esencial que la oposición se aglutine en torno a un objetivo y que las críticas se canalicen como soluciones, en un intento honesto por reconstruir a Venezuela.


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