La capacidad de resistencia de los empresarios y comerciantes venezolanos, es sencillamente admirable. Son miles de fábricas destruidas a lo largo y ancho del país que están a la vista de los venezolanos, como trofeos de reconocimiento de la fuerza arbitraria que sigue arrasando el aparato productivo de una nación que ve como se desvanece, día a día, su parque generador de bienes que ya no se pueden ni producir adentro y tampoco importar porque no hay divisas para sufragar esas compras.

Los datos que aportan y certifican los gremios que agrupan a los miles de emprendedores venezolanos, hablan por si solos, cuando se confirma que más de 9.000 pequeñas, medianas y grandes empresas han sido liquidadas una vez que se las expropian o confiscan, para luego dejarlas abandonadas a su peor suerte. Otras fábricas o industrias, que no pueden con el peso de medidas fuera de lugar, como esos controles que solo sirven para estrangular a los inversionistas, que sin embargo, y muy a pesar del acoso, no dejan de preservar la esperanza de volver a relanzar sus plataformas empresariales. Es moneda corriente ver a funcionarios de este régimen pasearse por centros comerciales, mercados, complejos industriales o galpones en los que a duras penas siguen activas algunas iniciativas de esa naturaleza, amenazando con pelotones policiales, blandiendo credenciales y con ese tonito gritón y autoritario, que es un veneno que remata lo poco que va quedando del parque industrial nacional.

Mientras tanto Maduro, que lo que hace es disparar la hiperinflación imprimiendo billetes de altas denominaciones que no alcanzan ni para un café con leche, sigue apelando a los continuos aumentos de sueldos que bien se sabe no serán suficientes para darle la pelea al costo de la vida. Basta con leer los números que indican cuánto cuesta hoy la canasta alimentaria. Se requerirían centenares de salarios mínimos para poder pagar la compra de la lista de rubros, cuando se consiguen, y que decir del costo de los servicios básicos en un país en donde nada funciona bien.

Está claro ante los ojos de todos que en Venezuela no hay seguridad jurídica, ni por lo tanto tampoco confianza para los inversores, mientras Maduro siga usurpando los poderes públicos. Otro espantapájaros que instaló Maduro, es esa Ley Antibloqueo que será la operación remate del patrimonio de la nación. Es inocultable la intención de esas mafias para apoderarse de las fábricas e industrias que han desmantelado y ahora las llevan a subasta en sus casas de bolsa debidamente acordadas con sus testaferros para ponerles las manos con sus mecanismos secretos.

El pasado viernes los voceros de Fedecámaras emitieron un comunicado en el que ratifican su determinación de seguir apostando a la recuperación del país, pero dejan entrever que las sanciones “no provocarán un cambio de gobierno”. Lo primero es que las sanciones no existían cuando Chávez, por ejemplo, desaforadamente instruía a sus colaboradores a expropiar lo que se le antojaba en plena plaza Bolívar de Caracas. Las sanciones no existían cuando Chávez y Maduro impusieron los controles de precios y de cambios. Por lo tanto, no debe caerse en el jueguito de los tácticos del régimen, mas no “gobierno”, que andan con su cantaleta de que “las sanciones son la culpa de la desgracia”. ¡No, la causa es Maduro y sus malos planes!

Los empresarios reunidos en Fedecámaras deben saber que no habrá paz social ni política mientras Maduro persista en su modelo tantas veces probado en Venezuela como lo hicieron en Cuba, y ya sabemos como han sido los resultados.


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