Llegados a este punto del calendario, cada año toca reflexionar, no solo sobre los acontecimientos transcurridos sino, muy especialmente, sobre nuestras expectativas acerca del porvenir.

Ese esquivo futuro que se nos presenta como algo cada vez más amenazante e incierto. Recurrimos especialmente a las profecías de Michel de Nôtre-Dame (me disculpan si este escrito se queda corto, pero pasé más de una hora averiguando en la computadora cómo ponerle el sombrerito a la o del apellido).

Para salir del paso podríamos comenzar lanzando ciertas profecías recurrentes de Nostradamus, quien, sea que viera o no el futuro o no, parecía tener un gran conocimiento del alma humana: «habrá guerra», barrunto del que seguramente nadie tendrá duda. Siempre las ha habido en todos los rincones del planeta desde que ese animal particular que somos se convirtió en sapiens. Al parecer, la guerra y el autoexterminio en general, están asociados a nuestra condición de seres inteligentes. Seguramente por ello consideramos brutos al resto de los animales.

A mi lo que me molesta de Nostradamus es que nunca pone nombre y apellido, sino que pronostica el futuro usando la cuarteta (que no es la indagación sobre un determinado órgano femenino, sino estrofas de cuatro versos). Por ejemplo, para este año que viene, según el sabio francés se espera la «expulsión forzada del rey de las islas». Esta profecía la relacionan los analistas con una posible abdicación de Carlos III. Uno no entiende cómo pudo Nostradamus ver tanto y no el nombre del rey, que está escrito por todos lados.

Otra para el 2024: «Adversario rojo palidecerá de miedo, aterrorizando al gran Océano». El adversario rojo es China, por el color de su bandera, el gran océano es el Pacífico, donde se encuentra Taiwán. Todo ello queda claro, pero se pregunta uno: ¿el que debería palidecer de miedo no tendría que ser, en todo caso, Taiwán?

Otra: «A través de la muerte de un pontífice muy anciano, un romano de buena edad será elegido. De él se dirá que debilita su sede, pero permanecerá mucho tiempo sentado y en actividad mordaz». Según los «nostradamunólocgos», es el anuncio de la muerte del papa Francisco. Ajá: ¿y quién lleva la cuenta y la secuencia de los pontífices fallecidos desde 1555 a esta parte?, porque Nostradamus no pone fecha.

Una más: «La tierra seca se volverá más reseca y habrá grandes inundaciones cuando se vea». Es que inundaciones con tierra reseca no me pega, sino más bien inundaciones con tierra mojada. A veces pienso que Nostradamus era un echador de broma, por decirlo de la manera más elegante: «habrá grandes inundaciones cuando se vea»… cuando se vea que hay grandes inundaciones.

Para nuestro país, en concreto, Nostradamus no realizó ninguna profecía, pero no nos hace falta la ayuda del visionario francés porque uno, sin ser adivino, más o menos sabe.

A pesar de las guerras, las pandemias, el sufrimiento y la desolación que contemplamos cada día; a pesar de los tiempos turbulentos que siempre se vislumbran, estar aquí y no en la nada infinita es un regalo extraordinario, inexplicable, mágico, que nos brinda la oportunidad de aplicar nuestra inteligencia, talentos y dones en hacer de este mundo un lugar mejor, donde el mensaje de amor que nació hace 2024 años se haga verdad en nuestras vidas.

Es este nuestro deseo para todos.

¡Feliz año 2024 urbi et orbi!

Originalmente publicado en el diario TalCual


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