Los movimientos al interior de la oposición en los últimos días introducen nuevas interrogantes acerca de la posibilidad del cambio político en el país en el futuro mediato e inmediato, y, sobre todo, acerca de las vías adecuadas para alcanzarlo. Cuando parecía que Juan Guaidó, tomando, como decimos en criollo, el toro por los cachos, se dirigía con tino a buscar un acuerdo con los principales partidos y liderazgos de la oposición, obteniendo ya la aquiescencia o al menos el compromiso de varios de ellos, María Corina Machado, primero, y Henrique Capriles después, le bajaron una a las expectativas favorables que habían surgido en la opinión pública. Casi al mismo tiempo, como si se hubiesen puesto de acuerdo, la postura más radical y la postura más conciliadora dentro del universo opositor, se dieron de baja del esfuerzo unitario emprendido por el presidente interino.

En el caso de María Corina -cuya valentía y franqueza seguramente nadie negará- lo que sorprende es la sobrecogedora simpleza de su análisis de la realidad política nacional e internacional, al proponer como solución, sin más, una operación de fuerza utilizando el mecanismo del TIAR. No parece estar enterada la dirigente de Vente Venezuela de los múltiples factores que influyen en la política exterior de las naciones, los variados intereses que pueden condicionar la acción de los jefes de Estado, de las burocracias y los poderes públicos de cada nación, así como de las grandes dificultades que entrañan, en el caso de los organismos regionales como la OEA, aprobar una resolución de ese tipo, como de hecho se ha comprobado en las distintas votaciones realizadas en tiempos recientes sobre la crisis venezolana (no estaría demás recordar la lectura de las tesis de Graham Allison sobre la crisis de los misiles, un clásico sobre la materia).

Pero lo más patético de su postura -tal como la expuso y defendió- es que no deja ningún espacio para la acción política y la organización de las fuerzas opositoras y la ciudadanía en general en caso de un escenario de ese tipo (y la indispensable, por más odiosa que parezca, concertación de acciones con los sectores descontentos de las Fuerzas Armadas y las distintas expresiones disidentes del chavismo); conformando su análisis, de hecho, una especie de muerte de la política, al declinar totalmente en el aspecto militar la liberación y rescate del país.

Ahora bien, el golpe más duro al esfuerzo unitario lo ha dado Henrique Capriles, al llamar a participar en las elecciones convocadas para el 6 de diciembre, decisión a la que habría llegado, aparentemente, con la mediación de la Turquía de Erdogan -quien no es precisamente una joya en materia de democracia-, buscando, según la última comunicación que dio, luchar por unas condiciones mínimas (asunto que se puede adelantar al ex gobernador de Miranda que es cuesta arriba o nada viable, conociendo el talante del régimen). La decisión sorprende porque desde hace varias semanas él venía diciendo que era insensato organizar unas elecciones en medio de la pandemia y tantos malos sociales; acaso el comunicado ambiguo de la Conferencia Episcopal le dio el empujoncito que necesitaba para participar en unos comicios cuyos resultados son, como la novela de García Márquez, más que anunciados.

Pese a la osadía y el desafío que ha significado la formación de un gobierno interino alterno, experiencia sin paralelo en nuestra historia y probablemente en el mundo (en los términos en los que se ha hecho, esto es, de manera cívica, pacífica y apelando estrictamente a lo previsto en la Constitución), e ignorando olímpicamente la presentación desde hace meses por Guaidó de una agenda de acciones de corte social en el orden doméstico, y de iniciativas concretas en el plano internacional, Capriles asegura que la oposición no tiene ningún camino de lucha para el país. Según él, solo participar en las elecciones telegrafiadas que prepara el régimen representa un camino para el rescate de la democracia (agregando, además, que las sanciones no conducen a nada y que solo sirven para aumentar las necesidades del pueblo).

No hay que ser muy avispado para advertir que en su postura está de por medio una visión muy limitada y reductiva de lo que es la lucha política y, particularmente, la lucha política democrática. Las elecciones no dieron origen a la democracia, como parece creer Capriles; fue lo contrario, fueron las luchas sociales y políticas de los núcleos de obreros y campesinos durante el siglo XIX en Europa (y desde inicios del siglo XX en América Latina), en muchos casos con revoluciones e insurrecciones populares de por medio, las que permitieron la ampliación del sufragio para todos los sectores de la población. Con pocas excepciones, las democracias en el mundo se han instaurado -y mantenido- con sangre, sudor y lágrimas.

La visión monocorde que tiene Capriles de la lucha política -inspirado, aparentemente, por un pacifismo idealista de carácter tolstoiano, que ignora las crudas realidades del siglo XX, con sus regímenes fascistas y totalitarios de por medio- lo podemos ver en la subvaloración y rechazo que él tuvo de las extraordinarias jornadas de lucha que hubo en el país en 2014 y en 2017, que no tienen precedentes en nuestra historia, por la multiplicidad de actores sociales que intervinieron y se empoderaron, y por la variedad de formas de lucha y de protesta que tomaron cuerpo (robándole incluso en muchos casos la iniciativa a los sectores dirigentes tradicionales). Es obvio que su desdén por estas jornadas también obedeció al hecho de que respondieron, en sus inicios, a un liderazgo que lo desplazó por la vía de los hechos, después de haber sido él en dos ocasiones el abanderado presidencial de la oposición. No es la primera vez, lamentablemente, que los odios mellizales afectan el destino del país en dos siglos de república.

Quienes hemos valorado sus méritos y virtudes -porque sin duda los tiene- quisiéramos creer que, efectivamente, él podría estar abriendo una tercera vía para un juego que parece lucir, en el lenguaje del dominó, trancado. Pero cuando lo que está en juego son valores absolutos como la libertad y la dignidad, enfrentados a la sumisión y la esclavitud, no hay terceras vías.

El paso que ha dado, de cualquier manera, lo conduce, casi inevitablemente, a un sistema de cohabitación con un régimen de propensión totalitaria que destruyó la economía y ha llevado a la pobreza extrema a casi 90% de la población, ha violado los derechos humanos de cientos de miles de venezolanos, destruido las libertades cívicas y políticas, y producido, además, la mayor inmigración en la historia de América Latina. Es algo así -con las particularidades del caso- como asumir el rol del mariscal Pétain en el régimen de Vichy en Francia durante la ocupación nazi, solo que sin ejercer responsabilidades directas de gobierno; porque seguramente no estamos lejos de la realidad si afirmamos que el país está sometido a un régimen de ocupación conformado por mafias y por las potencias extranjeras que ya conocemos, encabezadas por Cuba.

Es temprano todavía para prever las consecuencias de la jugada de Capriles, pero parece difícil que altere sustantivamente el cuadro político, pues tanto el abanico de las fuerzas opositoras como una amplia concertación de países democráticos y organismos regionales e internacionales, han desarrollado convicciones muy sólidas frente al régimen de Maduro, que en el caso de estos últimos se expresa en el apoyo al plan de transición propuesto por el gobierno de Trump hace 5 meses. Solo si Capriles lograra, eventualmente, que Maduro hiciera concesiones significativas con respecto a las elecciones de diciembre (posposición, elección de un nuevo CNE, etc.) u otros aspectos de la crisis venezolana, podría especularse de un replanteamiento del juego por algunos de los aliados. Él hizo una jugada muy arriesgada y, como en tantas cosas de la vida, una sola golondrina no hace verano. Su movimiento -así como el de María Corina- obligan al liderazgo encarnado por Guaidó a poner más que nunca el oído en la tierra y a ejercer con la mayor responsabilidad y equilibro posible el liderazgo y la misión que le han sido dados.

@fidelcanelon

 


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