Entre febrero de 1999 y abril de 2002, que es como decir el auge y caída del intergaláctico, Venezuela vivió el más grande engaño desde los tiempos de las «fiestas» que José Tomás Boves ofrecía a los pudientes de Valencia. Aun cuando había suficientes indicios de la patraña en curso, no cabe duda de que muchos bien intencionados, estudiados y formados, que además se consideraban del lado de la justicia y la razón, aceptaban que el país no podía seguir por el sendero que había tomado: nepotismo, corrupción, prevaricación, indolencia, ineptitud, escándalos maritales, asesinatos de gente inocente como la matanza de El Amparo o crímenes múltiples como los cometidos por el sargento Ledezma.

Desconcertados porque las ilusiones se desmoronaban una a una y nadie se atrevía a recomponer el juego, a pedir taima o, por lo menos, cantar foul y anular la partida, prefirieron agarrarse del clavo caliente. Todo ocurría demasiado rápido. No solo la defenestración de Carlos Andrés Pérez, que les presentaron como el perfeccionamiento de la institucionalidad democrática y no como un tiro de gracia a esa institucionalidad herida de muerte desde el alzamiento de la logia militar heredera de los gomeros chopo’e piedra que fue blanqueada como una “revolución de los ángeles”. ¿Se acuerdan?

También fue demasiado rápida la reaparición de Rafael Caldera y los “Notables” que lo acompañaban, pero sobre todo la inquina del repitiente en Miraflores –ya no con el apoyo de Copei, sino del chiripero– contra el Banco Latino y todo lo que oliera a Pedro Tinoco hijo y a informes bancarios. Acabó con los ahorros de una clase media que se creía sobrada y también con las desmirriadas ilusiones que mantenía en pie a pesar del «viernes negro» de Luis Herrera y del Caracazo de Bernal y sus muchachos de la PM para cobrar en especies los sueldos atrasados.

Con la antipolítica, el protagonismo de los vecinos y la pérdida de la responsabilidad social individual, comenzó a gestarse el derrumbe que vino después. El Estado rentista, que distribuía la riqueza común con una significativa igualdad de oportunidades y ancha justicia social, se mantenía dentro de unos parámetros que se adecuaban, sobre todo, a los objetivos de una clase media preparada y en continuo ascenso, hasta que el populismo fue horadando y penetrando la médula política. Ya no se pensaba en cómo la industria petrolera podía aportar más a la sociedad, sino de cómo aprovechar más la renta petrolera y la institución –Pdvsa– para la actividad política, el control del poder y los recursos, el tesoro público.

Con el pretexto de la siembra del petróleo, el Estado enterró, despilfarró y permitió que robaran miles de millones de dólares. No es exagerado decir que las industrias básicas de Guayana todavía estarían funcionando y dando ganancias si estuvieran en manos privadas, si el general Marcos Pérez Jiménez y su compadre Luis Felipe Llovera Páez no se hubiesen apropiado como logia militar del proyecto metalúrgico que les presentaron Machado y Vollmer. La privatización de Sidor permitió que por única vez la planta diera ganancias, aumentara la producción, pero sus antiguos burócratas y trabajadores le pidieron al intergaláctico que la renacionalizara, que estaban sometidos a un régimen esclavista. La expropió. Ahora es una ciudad fantasma, igual que Venalum y las demás empresas públicas de Ciudad Guayana.

Con la antipolítica y la pacienzuda campaña anticorrupción desapareció la responsabilidad social individual. Se pervirtió el liberalismo y arreció la guerra contra el neoliberalismo, que por buen tiempo sustituyó al “imperialismo” como el gran y único enemigo. Así se impuso una manera de pensar y actuar que causó el desastre que hoy es Venezuela por los cuatro costados. La educación que se fundamentaba en ayudar a los otros, en la responsabilidad social de quien había logrado su superación personal, se trastocó en cobrar bien los servicios que prestaban sin importar a quien. Las universidades graduaban peseteros a montones ­–todavía lo hacen­– y pocos profesionales con sensibilidad social. No obstante, todos esperaban y reclamaban un justo reparto de la riqueza, que a cada uno le tocara algo más de la renta petrolera, y mejor si era en efectivo: “Yo decido qué hacer con lo que me toca”.

El populismo satanizó el neoliberalismo. Todos, unos liderados por la izquierda borbónica y otros por los adecos del lusinchismo –como en el siglo XIX ocurrió con los canasteros y los liberales del Agachado y de Guzmán– la emprendieron contra el “paquetazo” de Carlos Andrés Pérez y los IESA Boys. Prefirieron el caudillo, al hombre a caballo. Ignoraron con desdén las propuestas de la Copre para reformar el Estado, aún después de haber comprobado la certeza de sus propuestas con la elección directa de los gobernadores y la creación de la figura del alcalde. Sin embargo, juntaron los pies, pararon la oreja y creyeron los cantos de sirena de la asamblea constituyente y aprobaron una Constitución hecha a la medida del gobernante, a punta de mayoría y desvirtuando la representación de las minorías. Les arrullaba escuchar que Pdvsa sería del pueblo y que en lugar de una democracia representativa habría una democracia participativa y protagónica. En las catástrofes las víctimas son los protagonistas.

En 2002 quedó claro que poco de lo prometido era verdad. Crecía la corrupción, el nepotismo, la ineptitud, el autoritarismo y el me da la gana, lo que habían prometido acabar, pero faltaba un programa de desarrollo, un programa social y una política con sensibilidad humana. Abundaba la seudoideología, mucha lectura a medias de contratapas de libros y un excesivo compromiso con intereses ajenos a los nacionales: Cuba, Rusia, Irán y los países árabes, con Libia a la cabeza. Después aparecerían Brasil, Argentina, Nicaragua, Bolivia, Paraguay, Uruguay, Honduras, Ecuador, el Caribe angloparlante y también Zimbabue, entre otro montón de aliados-pedigüeños. La nueva Constitución y la habilitante le permitían hacer hasta leyes orgánicas por decreto, un contrasentido. No obstante, el Tribunal Supremo de Justicia enseguida farfulló su “legalidad” y le puso el sello húmedo.

Todo eso ocurrió en menos de tres años. El precipicio estaba clarito. Con marchas y contramarchas, francotiradores en las azoteas aledañas a Miraflores y suficientes muertos, ocurrió un vacío de poder que en menos de 72 horas se resolvió de la peor manera: todo siguió como venía, pero ahora con total injerencia cubana y un crucifijo al uso. La sensación democrática se mantuvo. Hasta concedieron que se hiciera un referéndum revocatorio, cuando estuvieron seguros de que los resultados serían los que ellos quisieran. Por primera vez desde 1952 se fue la luz en un escrutinio electoral y cuando regresó los resultados eran distintos a las proyecciones hechas a boca de urna. El 60-40 deviene en 40-60. La técnica se repitió igualito en elecciones posteriores y hasta Evo Morales intentó emularla. Aunque el Coba criollo sacó más votos en contra de los que recibió para ser presidente, no fue revocado. Entre tecnicismos y triquiñuelas el referéndum fue transformado en plebiscito y el intergaláctico siguió gobernando. Nunca fue más Coba este criollo.

Ahí empezaron a funcionar las listas negras, se concretó el apartheid socialista. Ya los opositores no solo eran “escuálidos”, el equivalente al “gusano” de los cubanos, sino también “apátridas”. Si aparecían en las listas de los que habían firmado solicitando el referéndum, no podían trabajar en la administración pública ni en las empresas del Estado. La verdadera exclusión, pero todos alababan al régimen que había “incluido” y “visibilizado” a los más pobres en los procesos más decisivos, como la llamada contraloría social, y también en el lenguaje, con el todos y todas, y demás desaciertos gramaticales.

Simulaban llevar a cabo un proceso de reingeniería social. Hablaron de la creación del hombre nuevo, repitieron con sorna todos somos poetas y a las fuerzas armadas las pusieron a gritar “patria o muerte, venceremos”, pero solo supieron demoler, destruir y desconflautar todo lo que estaba en pie y funcionaba, robarse lo que anunciaban que iban a construir y poner a pelear a la población: ayer, por el socialismo; ahora, por un tobo de agua o la sombra de una caja CLAP. Boicotearon el progreso, derrumbaron el bienestar alejaron por varias décadas el futuro sin nubes que lo oscurezcan o lo tiñan de rojo rojito.


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