Si algo no desconoce nuestro país en el transcurso de su historia son los maltratos de los dictadores, la sevicia de sus subalternos, su avaricia y alergia al respeto permanente de las cándidas constituciones que se redactaron con claros fines de proteger a los ciudadanos y dar bienestar a la república y consolidar sus leyes.

Pero que se recuerde, y ofrecemos excusas por las fallas de memoria, nunca nuestras constituciones fueron respetadas en su integridad y, muy al contrario, siempre imperó un ansia insaciable tanto de reformarlas (en las épocas quizás más benignas y sensatas), o de cambiarlas de pie a cabeza a imagen y semejanza de las locuras de los caudillos que asaltaban el poder.

De manera que no debemos olvidar, en este orden de cosas, el origen de nuestras actuales desgracias que, paralelamente, nacieron cuando un militar, que buscaba ampliar su audiencia popular, declaró como si fuera un doctor en “medicina constitucional” que nuestra carta magna aprobada dignamente en 1961 estaba en terapia intensiva y, para mayor desgracia, sin remedio posible. “Moribunda”, dijo –o lo mandaron a decir– y allí, ante un país impávido, se consumó el ajusticiamiento.

Tal fue no el final sino el principio del largo camino de nuestras desgracias, pero como es fácil discernir, nadie o pocos en verdad estaban en capacidad de advertir y de ser escuchados, que con aquel anuncio funerario (porque la muerte de la Constitución de 1961 estaba hace días decretada, o bajo orden de ser “desconectada”) la arbitrariedad militar comenzaba su lento camino hacia el objetivo de apoderarse de todas las instancias del Estado, ya sea presencial o ideológicamente, tal como ha estado ocurriendo hasta hoy.

Todo mediante un entramado de órdenes y controles suficientemente probados y comprobados en la cercana isla de Cuba o en la lejana Unión Soviética, ya derrumbada pero que, debajo del inmenso mar gris de sus cenizas, abonan y dan vida al “socialismo capitalista” de Vladímir Putin and Company, que actúan y distribuyen pragmáticamente su juego entre la izquierda y la derecha, lo mismo da, porque solo necesitan fichas para moverlas en el tablero de sus intereses nacionales e internacionales.

Por nuestra parte, aquí en América Latina seguimos siendo los mismos, porque practicamos el juego de las aventuras sin saber barajar los naipes, dejando siempre un inmenso espacio a la suerte y al arrojo, a la valentía y a la desgracia, al dolor y al contraataque cruel y torturador del enemigo, que sabe muy bien de las intrigas, de cómo infiltrarse y, desde adentro, asegurar y ganar anticipadamente las batallas.

Intentar una “invasión” (si aceptamos a pie juntillas lo que dice la propaganda oficial chavista) es querer repetir aquella aventura del Granma desde México hacia Cuba. Tal iniciativa, que bordeó el desastre, es una contradicción tan absurda como la locura de Fidel Castro al tratar de invadir Venezuela desembarcando por la playa de Machurucuto, y cuyos integrantes solo alcanzaron la muerte y la prisión.

Es necesario entender que lo que ocurre hoy en nuestro país no es y ni siquiera se asoma a un problema nacional, sino que va mucho más allá pues Venezuela desempeña un papel fundamental en el destino de las democracias latinoamericanas. Recordemos las enseñanzas de Simón Bolívar –tan malvadamente manoseadas hoy por usurpadores y corruptos–, al plantear que la lucha contra el usurpador español no podía agotarse en nuestra pequeña Capitanía General. Solo podía finalizar en la derrota y el alejamiento total de las tropas usurpadoras de esta parte del continente.

Por ello el reto que tenemos hoy adquiere una dimensión que exige un esfuerzo mayor, pues los peligros que afrontamos no se reducen al ámbito nacional. De allí que la continuidad de la lucha debe ser múltiple en sus formas, pero única y unida en su dirección, lo cual es un principio fundamental que olvidamos con una frecuencia suicida.

Siempre hemos recordado, en este mismo espacio editorial, la necesidad de un discurso sensato, afincado en la realidad y profundamente coherente, que alimente la unidad y traiga consigo reposo y paz a tantos y tan inútiles reclamos y zancadillas que debilitan por igual a los sectores democráticos. Esa oposición convertida en un puñado de fragmentos que se odian entre sí no es, precisamente, un gran atractivo para continuar resistiendo y fortalecer la lucha por la democracia.

Un par de años atrás hacíamos hincapié que “mientras más acelera la dictadura su ofensiva represiva, a la misma velocidad se desmorona su estrategia para mantenerse en el poder mediante inventos y triquiñuelas que no convencen a nadie”. Hoy la violencia desenfrenada que ejerce el régimen, en todo momento y oportunidad, es la única explicación posible a su permanencia en el poder.

Con ello han tirado a la basura sus disfraces de militantes  socialistas, de redentores populares escudados tras el cadáver de Chávez. Ahora solo luchan por cuidar sus riquezas personales, que no son pocas. Razones tienen quienes advierten una tempestad en el silencio obligado de los ciudadanos.

 


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