En una novela póstuma de Carlos Fuentes, el gran escritor mexicano, los protagonistas se preguntan “qué cosa misteriosa y artificial era vivir en una ciudad para un latinoamericano, que cosa misteriosa y artificial era una ciudad en un continente devorado por la selva y la pampa[i]. Esta reflexión nos recuerda por una parte la inmensidad del continente y por otra el proceso de urbanización acelerada que estamos viviendo en los últimos años, donde gran parte de las macrociudades del mundo se encuentran ubicadas en América: México, Sao Paulo, Buenos Aires, Lima, Bogotá, Santiago, Caracas. La aceleración del proceso constituye una realidad constatable y verificable que ha convertido a América en la segunda región más urbanizada del mundo.

Como macrociudades o megaciudades corresponde destacar aspectos positivos (proliferación de servicios, gestión urbana, procesos de participación ciudadana, administración tributaria municipal, procesos electorales democráticos), mas también una ingente cantidad de problemas, habitualmente trasladados a su periferia, de carácter habitacional, urbanísticos, de desempleo, ausencia de servicios de todo tipo y además procesos de urbanización descontrolados y no armónicos, que demasiado habitualmente sirven de guarida a ciudadanos no especialmente respetuosos con las reglas de convivencia. Por ello, esta es una de la características clásicas de las ciudades: una parte central homologable a las capitales más desarrolladas del mundo, incluyendo los comercios y restaurantes con grados de seguridad razonables, y la periferia de las grandes urbes, donde los kilómetros de distancia del centro administrativo y político parecen ser una justificación de abandono de las responsabilidades municipales.

Las macrociudades tienen pues, problemas, de financiación, de seguridad, de desarrollo urbanístico… Pero hay otros aspectos que son especialmente agresivos con los habitantes de los pequeños pueblos y asentamientos o con los municipios de tamaño medio, que con sus ingresos no son capaces de establecer condiciones dignas de vida para sus habitantes. Los pequeños municipios, municipalidades, distritos, pueblos [ii] con excepción de aquellos que tienen suficientes medios de financiación, se debaten entre su posición de entes de enlace directo con los ciudadanos y de permanentes solicitantes de fondos necesarios para llevar a cabo sus labores. Y aquí es donde, en términos administrativos, aparece la gran contradicción: son el espejo del Estado en el territorio, pero viven en una situación en exceso lejana de la toma de decisiones que incumben a sus habitantes.

De mejor situación gozan a aquellas ciudades que tienen fuentes de financiación suficientes y que por ello pueden llegar a condicionar positivamente la vida de sus ciudadanos, más  la disonancia política con el gobierno central supedita en exceso la llegada de fondos suficientes para llevar a cabo los proyectos necesarios.

A pesar de las dificultades, las instituciones municipales son aquellas que tienen la posibilidad de experimentar con mayores garantías de éxito los preceptos del gobierno abierto: transparencia, participación y rendición de cuentas. De hecho, los orígenes de muchas de estas novedades institucionales que más tarde se han extendido universalmente tienen su origen en instituciones municipales o regionales como el presupuesto participativo de Porto Alegre (Brasil), las asambleas de barrio para discutir proyectos o los referendos llevados a cabo para averiguar el parecer mayoritario de los vecinos.

Los asuntos conflictivos de los municipios no se quedan aquí. En ellos parece ejercer una profunda influencia la distancia respecto a los centros de decisión esenciales, así como la vigencia efectiva de las normas relacionadas con la gestión pública, la contratación en las instituciones y el respeto a los procedimientos de acceso a la función pública, con asiduidad sustituidos por la cercanía política al equipo municipal gobernante.

La inmensa extensión territorial de muchos de los Estados latinoamericanos, dificulta grandemente la asunción efectiva de las normas y el cumplimiento de los planes y proyectos del Estado central. En algunos casos los supuestos de descentralización efectiva (incluyendo la capacidad de decisión y el manejo de los fondos) se respetan solo formalmente y en la práctica, a pesar de la autonomía municipal generalmente existente en todos los países, se aleja bastante de la realidad.

En aquellos municipios donde sus regidores y empleados batallan diariamente por hacer bien las cosas, sometidas a procedimientos homologables y con respeto a las normas, es de justicia reconocer que su arduo trabajo no está exento de heroísmo en ocasiones, pues no es raro encontrar episodios de violencia contra responsables municipales precisamente por aguantar la presión injusta.

Es precisa una mayor atención y recursos de los Estados a las ciudades: allí están las personas, los servicios y, en último término, los votantes que no siempre sufragan igual en las elecciones generales o locales. En los municipios, además, puede practicarse la democracia más fácilmente, tanto por medios telemáticos como presenciales. Como ha declarado Natalie Taylor, responsable de proyectos digitales del Ayuntamiento de Londres: “Empieza por algo pequeño, hazlo bien y cuéntaselo a todo el mundo. Muestra la pasión con la que lo has realizado y los resultados obtenidos. Y en todas las fases del proceso deja a los ciudadanos que opinen”.


[i] Carlos Fuentes. El Guerrillero y el asesino.2016

[ii] La forma de nombrar a los diversos asentamientos de población obedece a razones históricas desde la época de la colonia, pero con frecuencia ha adoptado denominaciones diferentes en los diversos estados de América Latina.

 


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