Lo que se está viviendo en Colombia es inconcebible. El narcoterrorismo comunista se está tomando el poder, con la colaboración de quienes deberían ser sus principales enemigos, es decir, el liderazgo democrático y social del país. Confieso que desde que comenzó el proceso de paz del traidor a la patria, Juan Manuel Santos, vi claramente una entrega del liderazgo político –excepto Uribe– pero principalmente económico, social, y religioso –excepto algunas iglesias cristianas– al proyecto de toma del poder del narcoterrorismo comunista, que se concretó en el farcsantismo, el cual impuso una dictadura, al desconocer el resultado del plebiscito e imponer el tratado de entrega del país a las FARC en la norma constitucional.

Es inconcebible, sobre todo porque Uribe con su política de Seguridad Democrática prácticamente aniquiló a las guerrillas, las cuales sobrevivieron gracias al apoyo de las dictaduras comunistas de Venezuela y Ecuador. El golpe que le dio Uribe a las guerrillas narcocomunistas fue vital: Las FARC, entre 2002 y 2010, perdieron 83% de su fuerza de combate; el ELN 77% (Fundación Seguridad y Democracia, 2008,p 5).

Esta derrota del narcoterrorismo comunista llevó a que las principales guerrillas perdieran su poder territorial y su efectividad operativa, convirtiéndose en grupos marginales de narcotraficantes en las fronteras:

“Se plantea una posible periferialización del conflicto colombiano, entendida como el enquistamiento del arraigo guerrillero sobre escenarios fronterizos, de geografía hostil, alejados de los principales centros políticos y decisorios del país. Por otro lado, se plantea la hipótesis de la narcotización, esto es, la creciente dependencia de los grupos guerrilleros de los ingresos relacionados con la coca” (Ríos, J: “Dinámicas de la violencia guerrillera en Colombia”, Revista de Ciencias Sociales, Vol. XXII, sept. 2016, pp 84-103).

“La deficitaria desmovilización paramilitar y la emergencia de las bandas criminales –Bacrim– Como herederas del paramilitarismo terminan por conferir un factor de oxigenación para las guerrillas. Esto, porque al estar despolitizadas respecto a la acción subversiva del antiguo paramilitarismo, optan por coaligarse con las FARC en todo lo que tiene que ver con siembra y procesamiento de cultivos, en la que convergen intereses comunes frente a un enemigo compartido que sería el Estado” ( Ríos, J : “Del Caguán a La Habana. Los diálogos de paz con las FARC: Una cuestión de correlación de fuerzas”, Revista de Estudios en Seguridad Inernacional, vol 1, No 1 ( 2015), 63-83).

“Son los departamentos de frontera –y particularmente Cauca, Nariño, Putumayo, Chocó, Arauca, Norte de Santander y Valle del Cauca, junto a Antioquia y Caquetá– los que mayor presencia guerrillera y acciones armadas unilaterales han recogido en los últimos años… existe una yuxtaposición entre los mapas de la violencia directa ejercida por estos grupos y los mapas de cultivo cocalero” (Ríos, J., Bula, P. & Morales, J. (2019) “Departamentos de frontera y violencia periférica en Colombia”. Revista Criminalidad, 61(2): 113-132).

En síntesis, Santos recibió unas FARC en casi estado de extinción y las llevó a cogobernar el país, vaya qué tan grande vileza la de este rufián, pero esto no es lo peor. Lo más grave está en que el infame tratado de entrega del país a las FARC, no solamente les dio impunidad, elegibilidad y les mantuve sus negocios ilícitos, sino que le da al narcoterrorismo comunista, con financiamiento público y prerrogativas inimaginables (creación de una comisión- CSIVI- que le da poder de veto a los narcoterroristas en toda decisión gubernamental, es decir, son cogobierno, medios de comunicación gratis, impunidad al terrorismo urbano, etcétera).

No se conforman con eso semejantes truhanes del farcsantismo crearon su propia justicia, la JEP, para asegurarse su impunidad y perseguir a cuanto se les atraviese en su camino del poder total. Es que ese es el proyecto del farcsantismo, la imposición del socialismo del siglo XXI, a través de la combinación de todas las formas de lucha. Con este fin siguen una doble estrategia: la tradicional del narcoterrorismo, que les da el poder que las drogas y la dominación territorial sobre casi medio país, el rural. Pues la periferialización y narcotización de su acción criminal se transformó en un dominio total de grandes áreas rurales del país, a través de la unión de todos los grupos narcotraficantes, la concesión de ingentes cantidades de tierras, por medio de una Ley de Tierras, que castiga al honrado propietario y les da el poder territorial a los bandidos. A los departamentos citados por Ríos et al, hay que sumarles Meta, Guaviare, Vichada, Guainía, Bolívar, Magdalena, Cesar y la Guajira, 17 departamentos bajo el dominio del narcoterrorismo comunista.

La segunda estrategia es la más peligrosa, siguiendo los postulados del marxismo cultural elaborados por Gramsci, el farcsantismo se tomó todas las estructuras de poder socioeconómico: gremios, sindicatos, universidades, medios, jerarquía de la Iglesia, etcétera. Pero también tiene influencia en instituciones como la Registraduría (con grandes negociados como la nueva cédula de ciudadanía y el voto electrónico, los cuales además sirven a los fines de fraude del farcsantismo), la Procuradoría (en manos del camarero de Escobar), el CNE (con mayoría de partidos dominados por Santos) y prácticamente la mayoría de la burocracia nacional y regional, que sigue en manos de este poderoso grupo de poder.

La táctica a seguir es la de la creación de un estado de decepción respecto a la democracia, la cual con la pandemia se le ha facilitado exponencialmente, lo cual llevará a la creación de un líder mesiánico que supuestamente solucionará como por arte de magia todos los problemas. Para esto el farcsantismo ya tiene sus fichas, Petro, si la crisis alcanza a que un líder radical se posicione como el abanderado de la reacción ante el negativo estado de cosas, o el lobo con piel de oveja, Fajardo, si no se llega a un estado tan calamitoso como para que las masas elijan a un líder tan extremo como Petro.

Lo cierto es que el narcoterrorismo comunista se adueñó de las instituciones, la única que no puede doblegar las Fuerzas Militares y de Policía, las esposa con estrategias de amedrentamiento , imposibilitándole, por ejemplo, ejercer sus funciones de inteligencia, pues el sorismo a través de una campaña internacional en sus medios, acobarda a los líderes civiles que tienen mando sobre los militares y los empujan a castigar a quienes no están bajo el mando del general Mejía, quien desde la Embajada en Australia dirige el sector farcsantista de las Fuerzas Militares,

Confieso que pensé exagerada la propuesta de Fernando Londoño de hacer trizas el acuerdo. Creía que unas reformas que eliminaran la impunidad, la elegibilidad y la continuación de los negocios ilícitos bastarían y que esas reformas las haría Duque, cumpliendo su promesa con el pueblo colombiano. Hoy en día veo que Londoño se quedó corto, en primer lugar, Duque incumplió su promesa, no solo no reformó el acuerdo, sino que lo está cumpliendo en mayor medida que el mismo Santos y ¡se jacta de eso. ¡Además, las FARC cogobiernan el país a través del bozal constitucional que impuso el acuerdo de entrega del país a las FARC, y encima de eso, el gobierno está, salvo unos 3 o 4 ministros y uno que otro jefe de instituciones, en manos del farcsantismo.

Ahora la tarea es no solo modificar el acuerdo, sino derribar el cogobierno de las FARC, impedir la toma del poder por el socialismo del siglo XXI y regenerar las instituciones políticas, sociales, económicas y religiosas dominadas o influenciadas por el narcoterrorismo comunista. Es toda una revolución, sencillamente la que hay que hacer. El pueblo ha demostrado en cada elección desde el plebiscito apoyar esa acción, pero ha sido engañado por el estatus. Se necesita pues el surgimiento de un liderazgo desde la misma sociedad, que imponga este programa o en pocos años estaremos peor que Cuba y Venezuela.

 

 


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