Qué implica ser venezolano hoy en día, después de haber tenido un país privilegiado por la naturaleza y con un futuro promisor. Es inquietante, por decir lo menos lo que estamos viviendo A nuestro alrededor encontramos un pueblo más dividido que nunca. Hubo un cambio, perdimos nuestra fuerza moral e intelectual. Cayó una plaga sobre nuestras instituciones y la podredumbre se extiende a todos los rincones de nuestro país. Muchos de nosotros hemos perdido el rumbo, la voluntad y la convicción del sentido histórico de nuestra condición ciudadana.

Llegó el momento de renovarnos, es el tiempo de una nueva generación de líderes que conduzcan asertivamente a la recuperación del país. Ellos no pueden hacerlo solos, necesitan que todos seamos los precursores de la renovación y sanación de los grandes valores del país:libertad, pluralidad, tolerancia e igualdad de oportunidades. Así podremos reivindicar nuestra responsabilidad de tener un país verdaderamente libre

La conflictividad social que padecemos, la pérdida del rumbo de la vida económica y la precaria y angustiosa situación internacional que vive el régimen, muestran la magnitud y diversidad de los problemas que afronta el gobierno y que solo pueden resolverse con un cambio de la dirigencia gubernamental y del modelo socio-político que ha venido desarrollando. El profundo caos institucional, la quiebra de los servicios sociales, la hiperinflación, la caída sistemática del PIB, el colapso de los servicios básicos, entre otros, de agua, luz, gas y gasolina, el de la capacidad de producción de bienes y servicios, el de la educación y la salud, la marginación creciente, la brutalidad represiva a los opositores, el desempleo, el engaño, la forma perversa en que se presentan las esperanzas de redención en tiempos de desintegración social, el desmoronamiento del prestigio de Maduro y del madurochavismo, han determinado que  la otrora multitudinaria adhesión de la que disfrutaba el régimen se haya tornado en un creciente y poderoso rechazo popular y que la capacidad de convocatoria del partido de gobierno muestre un inexorable y evidente descenso. El modelo chavomadurista ya no se percibe como una alternativa para la cohesión social sino más bien como un factor de exclusión y segregación  dentro de la sociedad venezolana. Representa, para el ciudadano común, un fracaso más que, bajo ninguna circunstancia,  le compensa el castigo sufrido por las fracturas sociales y la pérdida de estatus a los que se ha visto sometido por tantos años. Ese ciudadano ha entendido que es moralmente inaceptable que un proceso de inclusión como el que preconiza el gobierno se fundamente en la exclusión ajena y se pretenda clasificar a las personas e instituciones en dignas o indignas, dependiendo del grado de adhesión y lealtad con el felón de Miraflores.

La viabilidad  que tiene la disidencia de conquistar democráticamente el espacio institucional y político desde donde proponer una nueva alternativa para conducir los destinos de la Nación avanza sostenidamente y, en nuestros días,inequívocamente  se perfila y se le reputa como posible. Estos tiempos de bancarrota, estancamiento político y de indetenible desprestigio del régimen y sus doctrinas,de tangibles amenazas contra la seguridad comunitaria y la salud, de los abusos y la intromisión sistemática de extranjeros en la conducción de las instituciones fundamentales de la República, de la  feroz represión gubernamental a las ideas y valores modernizadores, van edificando la demanda de un conjunto de valores alternativos a los que sustentan quiénes tomaron el poder en 1999. El ambiente es, por tanto, propicio para poner sobre la mesa, con palabras frescas, potentes y directas para el conocimiento y evaluación de los habitantes del país, de esa Venezuela anónima y popular, una revisión de todo lo acontecido hasta ahora; el examen de la caducidad e inviabilidad del sistema operante, la falsedad de los fundamentos mismos del socialismo del siglo XXI, el desprestigio y corruptela de la cúpula gobernante. Como resultado de todo ello, inducir y capitalizar una obligada rectificación a la deformación operada, por la imposición de la satrapía gobernante, en los valores de nuestra sociedad.

Recuperada la autoestima y vigencia de la disidencia nacional y propiciada, desde posiciones ganadas en la lucha política, la capacidad para participar activamente en la orientación del país se abre una oportunidad para reafirmar los valores de libertad e  igualdad de los seres humanos, su dimensión universal y la pluralidad que el gobierno sistemática y perversamente ha desconocido. El futuro es nuestro, vamos por él.


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