El acento en la urgencia de reactivar la actividad económica afectada por la pandemia ha hecho dejar en segundo plano otra obligación, tan importante y tan perentoria como esa: la de reactivar la actividad educativa.

Los países que tienen claros sus propios objetivos en el cuadro de los retos globales de la humanidad se han planteado la necesidad de recuperar y actualizar su dinámica en el campo de la educación respondiendo así a una conciencia de futuro, de atención a los fenómenos que están cambiando de manera sustancial el rumbo de la humanidad más allá de los desequilibrios coyunturales generados por la pandemia, graves por sí mismos pero más controlables y limitados en el tiempo.

La tendencia a catalogar los grandes retos de la humanidad como un problema de científicos, pensadores o futurólogos hace olvidar con frecuencia la relación con algo más cercano al destino de la sociedad, de cada grupo humano y de cada persona. Ese algo no es otra cosa que la educación. La revolución digital y la inteligencia artificial con sus aplicaciones y sus consecuencias en todos los órdenes, la descarbonización con sus efectos en la adopción global de una economía con baja presencia de combustibles fósiles, la preservación del ambiente y la atención al calentamiento global como condición de vida y como reclamo de la humanidad, estos y otros retos no tienen respuesta sino en el conocimiento y en su imprescindible necesidad para las tareas de fijar objetivos, asumirlos y lograrlos. En la base de todo progreso y de toda solución sigue estando el conocimiento, la investigación, la búsqueda de repuestas. Es el espacio del saber, de la conciencia. De allí que pensar en ellos sea pensar en la escuela, en la universidad, en el capital que determina en última instancia la diferencia entre progreso y estancamiento, riqueza y pobreza, independencia o dependencia.

Uno de los efectos más preocupantes de la pandemia que azota hoy el mundo es, sin duda, el que golpea tan fuertemente a la educación y que se manifiesta, entre otras señales, en la deserción escolar, el abandono de la universidad, las dificultades para acceder al conocimiento. Las estadísticas sobre estos fenómenos pueden no coincidir en los detalles, pero todas dramatizan la dimensión del retroceso, la pérdida de oportunidad, la frustración del talento desperdiciado, la ausencia de futuro.

Cuando la ONU, en voz de su secretario general, pide reabrir las escuelas para evitar una “catástrofe generacional que podría desperdiciar un potencial humano incalculable, minar décadas de progreso y exacerbar las desigualdades arraigadas” está midiendo no solo la importancia de la reactivación del sistema educativo para la economía, sino especialmente en el peso fundamental de la educación para resolver los grandes interrogantes que inquietan a la humanidad. La reactivación del sistema educativo como exigencia del presente atiende a esta necesidad. Está planteada como una perspectiva de futuro, de destino. La docencia, la investigación, no pueden esperar. Los cambios que es preciso entender y atender no lo hacen. Al contrario, se aceleran. La propia crisis exige que el sistema educativo, con su aporte de saber y talento, se active cuanto antes, incluso por su contribución a la recuperación económica y a las soluciones inmediatas, que posiblemente estén en los laboratorios de las universidades.

El desiderátum de una pronta y más completa reactivación de actividades en las universidades venezolanas y en el sistema educativo en general se enfrenta con una realidad compleja y adversa, que se manifiesta en un manejo sesgado y unilateral de la crisis y en la subvaluación del saber. Se trata de una política que se beneficia del silenciamiento de la población y de las instituciones y que utiliza la crisis como instrumento de control social.

Frente a una visión oficial que no estimula la reactivación del sistema educativo corresponde a la sociedad levantar la visión, superar la inmediatez, recuperar para la educación su valor trascendental.

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