El pasado 2 de febrero la revolución bolivariana cumplió 21 años de ininterrumpida labor de transformación política de Venezuela. En ese corto lapso histórico ha logrado postrar a su ciudadanía, sometiendo su orgullo y altivez al abatimiento extremo.

Compenetrados como habíamos estado por 41 años de prácticas democráticas, no hemos sabido lidiar de manera eficaz con el monstruo de la dictadura y, salvo pocas victorias alcanzadas que la revolución ha desconocido después, es insuficiente lo que se ha hecho para generar las condiciones que nos permitan llevar a cabo el necesario cambio de rumbo. En este terreno las democracias de Europa y América han tenido una cuota importante de responsabilidad subsidiaria.

Cuando se habla de la revolución bolivariana, la inmensa mayoría del país piensa en el 4 de febrero de 1992; pero lo cierto es que la semilla que al final dio ese fruto se sembró muy tempranamente, en 1957, cuando el Partido Comunista diseñó la estrategia de captación de cuadros revolucionarios en las Fuerzas Armadas con el objetivo de originar una insurrección cívico-militar en nuestro país.

Hay dos libros claves que muchos compatriotas han adquirido pero que, por su volumen, muy pocos han leído con la atención del caso: Habla el comandante (1998) de Agustín Blanco Muñoz y La historia secreta de la revolución bolivariana (2000) de Alberto Garrido. Ambos trabajos son fundamentales para entender lo que ha pasado en Venezuela tras la llegada de Chávez al Palacio de Miraflores.

Garrido comienza su libro resaltando que cuando finalizaba el decenio que se inició en 1960 la guerrilla venezolana estaba política y militarmente derrotada, pese al apoyo de Cuba. No obstante lo cual, el grupo comandado por Douglas Bravo nunca aceptó la derrota. En línea con su posición, el guerrillero retomó la estrategia adoptada por el Partido Comunista en 1957: la inserción y captación de cuadros revolucionarios en las Fuerzas Armadas Nacionales, a fin de incitar una insurrección cívico-militar en el país.

Con el fracaso de los levantamientos de Carúpano y Puerto Cabello, en mayo y junio de 1962, Bravo introduce cambios a su estrategia subversiva, tomando ideas fundamentales de Bolívar, Simón Rodríguez y Ezequiel Zamora. Con estos nuevos elementos se desarrolla y se le da impulso al Frente Militar de Carrera, a partir de 1977. Pero el mayor despliegue se consigue entre 1979 y 1985, bajo el liderazgo de William Izarra, quien crea los Movimientos R-83 y ARMA (Alianza Revolucionaria de Militares Activos).

La importancia operativa e ideológica de Bravo en el anterior proceso se puso de manifiesto al discutirse la conducción del movimiento en caso del pase a retiro de Izarra. Dos nombres estaban sobre la mesa: Hugo Chávez y Douglas Bravo. Al final la balanza se inclinó a favor de Chávez en virtud de que muchos oficiales no sabían de la participación y existencia de Bravo.

Lo que nos interesa resaltar es que la acción liderada por Chávez para implantar su criminal revolución tomó muchos años y muy probablemente de la misma no saldremos por vía electoral o sin un respaldo firme de las democracias de América y Europa.

Tratándose entonces de un acto político que no está bajo el control de la legítima oposición venezolana, será necesario el uso de un as bajo la manga: un grupo de jóvenes demócratas dispuestos a incorporarse a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y hacer carrera allí. Una vez que alcance importante posición de mando, a ese contingente le corresponderá, tal y como lo indica nuestro Himno Nacional, “seguir el ejemplo que Caracas dio”, procurando sortear en todo momento hechos aciagos.

Lo anterior no necesariamente implica que no podamos salir de la dictadura mucho antes. Lo importante es no dejar cabos sueltos en ese propósito.

@EddyReyesT


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