Todo es rocoso para los venezolanos, para los que seguimos en nuestra patria intentando rescatar lo rescatable, y para los que se fueron, que intentan de una u otra forma rehacer sus vidas.

Vivir en Venezuela es una suerte de situación extrema, en la que cada día la prueba es más grande y fatigosa. Si tienes agua no tienes luz y si tienes luz no tienes agua. Si tienes agua y luz entonces no puedes comprar la comida o no tienes efectivo.

La vida se va limitando cada día más. Hacer cualquier actividad es muy trabajosa, con grandes riesgos y penalidades.

En medio de ese marasmo siguen los aprovechadores de turno, buscando sacar partido de la situación. No se limitan. Por eso aumentan aún más las dificultades, porque no todos remamos en la misma dirección.

Lo del régimen es otra cosa. Nicolás Maduro y su combo se dieron cuenta hace rato que no tienen control del país y no les interesa. La economía se ha ido regulando ella sola, salvajemente, imponiendo sus términos, haciendo que cada vez más todo se cobre en dólares; los servicios públicos son un desastre y el hampa campea a su antojo, aunque cada vez haya menos que robar porque los ciudadanos somos cada vez más miserables.

Afuera está claro que no nos quieren. En algunos países como Perú y Ecuador, y en menor medida en Colombia, se ha disparado a tal nivel la xenofobia que pagan por igual justos y pecadores. Ya antes ocurrió en Panamá. No importa si hace varias décadas fuimos un país receptor de migrantes, eso es pasado.

También es cierto que a Colombia, Perú y Ecuador han llegado oleadas de venezolanos en condiciones paupérrimas, sin posibilidades de dar mayor aporte al país al que se incorporan, convirtiéndose más bien en una carga que es presa fácil de buena cantidad de las cosas que ya han sido reseñadas ampliamente por la prensa internacional.

Estamos mucho peor que hace unos meses, de eso no hay duda, porque la espera desespera. Incluso ya no se piensa en un futuro mejor. Ese sentimiento de que el cambio estaba cerquita ya no es tan evidente y al hablar con cualquiera se siente la desazón.

El tema político empieza a apartarse de las conversaciones porque lo importante es sobrevivir y para ello no hacen falta los políticos, pensamos.

Pasamos mucha roncha para estar pendientes si Guaidó dice algo, ya la efervescencia pasó, o si el Tribunal Supremo en el exilio decreta tal o cual cosa, porque ninguna repercute directamente en nuestras vidas.

Queremos agua y luz, y buenos servicios públicos para dejar de pasar roncha. Y que no nos mientan en la cara. ¿Será mucho pedir?