El vocablo riqueza es muy amplio, tiene diversos significados, y por ser tan del dominio público se hace innecesario escudriñar en la búsqueda de definiciones. Simplemente, riqueza alude a abundancia, a opulencia, a prosperidad. O sea, a todo aquello que verdaderamente es opuesto a indigencia, a pobreza y a tantos otros sinónimos de escasez y carencias.

En el plano material se entiende por riqueza la abundancia de productos, de bienes comerciables. Pero, aparte de esta, están las inmateriales que también son de varias clases y, naturalmente, cada una tiene sus propias formas o maneras de hacerse presentes en las personas. Entre estas, que son intangibles, están la riqueza de ideas, de imágenes y, ¿por qué no agregar, la salud física y mental, como también las demás de orden intelectual y espiritual? Vale aquí esta interrogante: ¿A quién pertenecen las riquezas? Respondemos, todas tienen sus legítimos propietarios. Así, las materiales constituyen el patrimonio de personas naturales y jurídicas, del Estado, o de los municipios, como también las de la Iglesia. En cambio, las inmateriales solo son propiedad de los seres humanos gracias al privilegio de poseer esa otra gran riqueza que es la capacidad intelectual.

Ahora, demos un ligero barniz a las riquezas venezolanas. Son muchas, Venezuela es un país excesivamente rico –pero pésimamente administrado– con inmensos recursos materiales en el suelo y en el subsuelo: tierras fértiles, yacimientos petrolíferos, agua, montañas, oro y otros minerales. Además, diversos y benignos climas, bellezas escénicas como lo son, entre otras, el Parque Nacional Canaima, declarado Patrimonio de la Humanidad (1994), dentro del cual están los tepuyes, majestuosas montañas, únicas en el mundo, de forma  tubular, con cimas semiplanas y bordes escarpados que brindan el escape al Salto Ángel, el salto de agua más alto hasta ahora conocido. Estas, tan abundantes riquezas naturales, inagotables y permanentes, no han tenido costo alguno, puesto que no han sido resultado del trabajo del hombre, fueron dones, y están allí desde siempre, gracias a la generosidad de la Divina Providencia.

Entre las otras riquezas, la material más importante que existe en el mundo, es la producida por obra y acción del hombre, la que es el resultado del pensar y del hacer. Así, contamos con la agricultura y la ganadería, cuya importancia es vital para la subsistencia humana. Estas actividades requieren de verdadera vocación, de trabajo permanente, de afectos, de incentivos y esencialmente de inversión. La producción en estos rubros debería ser una de las primeras prioridades de un gobierno responsable, en virtud de ser fundamental para el desarrollo del país por cuanto estimula la demanda, abarata los precios, controla la inflación, todo lo cual redunda en mejor alimentación y, consecuencialmente, en mejor salud. En fin, al mejorar la economía se contribuye poderosamente al bienestar de las personas y con ello al bien en general de todo el país.

Pero, no solo contamos con riquezas en el suelo y en el subsuelo; la hay también y, en abundancia, sobre el suelo, en talentos humanos.

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