Últimamente estamos asistiendo a una estandarización de las ideas en la que los medios de comunicación están teniendo un protagonismo muy pocas veces visto; a cierto consenso impuesto y a una licuación del pensamiento que nos conduce a épocas oscuras y medievales ya pasadas.

Se suponía que una de las funciones de la política era la de gestionar los conflictos, la de administrar las diferentes opiniones de los grupos sociales que pretenden universalizar y extender a los demás sus particulares puntos de vista. Sin embargo, esta labor ha sido suplantada por los diarios y las televisoras, las cuales no solo nos dictan lo que debemos pensar en casi todos los aspectos de importancia social (como son los asuntos de género, de violencia, de migraciones o de economía), sino que llegan incluso a censurar a los políticos e intelectuales que no siguen sus líneas editoriales, prohibiéndoles participar en sus tertulias o escribir en sus periódicos. Se podría decir que nunca el cuarto poder tuvo tanto poder.

El día 13 de este mes y bajo el título «Periodismo y sorpresas», este diario publicó un editorial que pone el punto en la llaga. Como se dice allí, la cuestión de la objetividad o la imparcialidad es vieja y no se puede negar que los hechos reportados pasan por un tamiz interpretativo, ya que les es imposible hablar por sí solos. Sin embargo –se dice allí también–, los más influyentes periódicos y cadenas de televisión parecen haber sucumbido a una estrecha visión de túnel dominada por la ideología de la «corrección política» que les impide observar la compleja realidad sociopolítica contemporánea, volviéndose incapaces de mostrar la variedad y diversidad política ubicada fuera de los confines de sus propios valores y prejuicios.

Por supuesto que continuar hablando de objetividad supondría conceder la primacía a una concepción “realista” de la verdad que presupone el que podamos saber cómo son las cosas realmente o que podamos reportar cómo lo son realmente, lo que pocos creen ya. Los hechos se refieren y se verbalizan y, para colmo, no hay ningún lenguaje inocente y desprovisto de sesgo. Todo está mediado por el lenguaje y la “carga teórica” de quien habla.

Un hecho no es más “que aquello que aseveramos de las cosas y es aceptado intersubjetivamente”. Pero ahí está la clave del asunto, decir lo que acabamos de decir implica discusión y diálogo hasta alcanzar el consenso sobre lo sucedido. Ahorrarnos ese paso nos conduce inevitablemente a lo que estamos observando últimamente, donde se asumen opiniones supuestamente “correctas” como hechos incontestables para imponérselas al colectivo (o auditorio, como se decía  en la retórica).

A nadie se le ocurre hoy en día poner en duda las tesis del colectivo LGTBI o las causas del calentamiento global. La discrepancia sobre estos y otros temas está prohibida por ciertos medios que son los que marcan la pauta. Por lo que se pregunta el editorialista si los medios tradicionales y preponderantes no se estarán separando de los vastos sectores sociales cuyas tendencias políticas se apartan del consenso de centro-izquierda que hemos llamado “corrección política”.

Lo que sí parece ser cierto es que en  las épocas que mencionábamos más arriba, donde se condenaba la disidencia y la libre discusión –piedra angular de todo progreso humano– nunca fue tanta la esclavitud. Por lo que también habría que preguntarse si no estaremos nuevamente cambiando la supuesta “verdad” ya alcanzada por nuestra propia libertad.

Pero como no hay mal que por bien no venga, como dice el antiguo refrán, Internet y las redes sociales –a veces tan cuestionadas– representan sin embargo un pequeño resquicio al que algunos nos aferramos para que la polémica y los diferentes puntos de vista no perezcan. Amanecerá y veremos.