En 1953, el cineasta y escritor griego Ado Kyrou escribió un libro apasionante titulado Le Surréalisme au cinema y confesó que estaba harto y aburrido de levantar las vestiduras de los ángeles del cielo para constatar si tenían o no algún tipo de sexo extraño o misterioso.

Hoy, cercano como estoy de mis 90 años, también he decidido dejarlos en paz y dedicarme más bien a detectar sus presencias físicas entre nosotros. No son muchos; más bien abundan en mi cercanía seres de inteligencia esclarecida, aunque limitada por el exceso de convenciones o animados por buenas o malas intenciones y egos desorbitados; hay también dentro o fuera de la política y de la vida social un exceso de seres toscos y de almas erosionadas. Pero los ángeles solo se agitan en los espíritus de la gente más sencilla.

Recuerdo al estilista o peluquero francés famoso en la Caracas de hace más de medio siglo que dedicó la generosidad de sus últimos años a recorrer los asilos y orfelinatos para cortar el pelo a los ancianos y a los niños huérfanos. ¡Era un ángel y no nos dábamos cuenta!

Kyrou descubrió que solo en la realidad que nos envuelve y a veces nos maltrata es donde se encuentra lo verdaderamente fantástico, donde se refugia el maravilloso esplendor de la vida. Hizo suya la confesión de André Breton de amar a los fantasmas que entran por la puerta a pleno mediodía y de observar que los personajes de Giorgio Chirico  o  de  René Magritte solo pueden entrar por una puerta tan real y verdadera que parece pintada por ellos.

Por ser un materialista obcecado, pudo Kyrou amar como amó a lo imposible. Los seres y los objetos, dijo, son inmensamente ricos y secretos, y lo maravilloso estalla únicamente sobre la tierra que pisamos y vive a nuestro alrededor. Los magos de los países “salvajes” y los alquimistas solo alcanzan lo maravilloso cuando destruyen, a veces sin quererlo, toda idea de poder supremo, de fuerza extraterrestre, de motor inmóvil. Kyrou se refiere a quien no merece ningún mérito si por prudencia, miedo a la muerte o por urgencias de tranquilidad cree en aparecidos. No habrá ningún asomo maravilloso, dijo Kyrou, en un hombre que crea que su madre es virgen. Por el contrario, la mirada del ser que amamos es el puente que conduce y encamina a las fuerzas de la otra ribera a esta donde me encuentro y esas fuerzas son terrenales, al igual que la mirada. Y es allí donde reside la magia que en lugar de reducir al hombre al rango de animal doméstico arrodillado lo eleva y le otorga conciencia de la fuerza de su rebeldía y le hace palpar los tesoros que lo rodean y que él se niega a ver. Porque los fenómenos llamados “sobrenaturales” no son más que poderes humanos aun desconocidos o magníficos símbolos de las fuerzas terrenales. ¡Es así! Todo lo que conocemos, ¡Kyrou se exalta!, todo lo que podamos encontrar, lo que podría conmovernos ya existe, se encuentra allí donde quiera que estemos, en algún lugar de nuestro sistema planetario.

Sueño y mientras sueño, dijo el escritor y cineasta griego, creo vivir porque lo fantástico deja de serlo y se hace real. ¡También lo digo yo! Lo mejor de lo fantástico, declaró Breton, es que cuando deja de serlo solo queda la realidad. Desde ayer, a pesar de estar sordo y de los años que llevo intentándolo, comencé a sentir el rumor de los árboles cuando no sopla el viento y me estremezco más que nunca al ver florecer las plantas del jardín y me hundo en el júbilo de lo maravilloso. Y los caballos de la imaginación que nerviosos encorvan el lomo detrás de mi mirada galopan ahora libremente no por las praderas de la fantasía sino por la soleada llanura que me hace humano y sensible.

Basta con invertir los términos y en lugar de ser los niños quienes asustan a los pájaros son las gaviotas de Bodega Bay las que en 1963 asustaron a Melanie Daniels, hirieron a los niños y permitieron que aparecieran Los pájaros, de Alfred Hitchcock. Los términos siguen siendo los mismos: reales, visibles, tangibles, pero la realidad de Bodega Bay sufrió con el ataque de las gaviotas un vuelco de estrepitoso escándalo.

Murnau realizó Nosferatu en 1922. No pudo utilizar el nombre de Drácula por problemas de derechos de autor con la viuda de Bram Stocker. Pero la Imperial, el carruaje que lleva a Harker el agente de bienes raíces al lúgubre castillo del Voivoda en los siniestros Carpatos de Transylvania es el mismo que usa Harker en la novela.

“Al cruzar Harker el puente, dice la didascalia, los fantasmas vinieron a su encuentro”. Murnau no obliga a Harker a pasar de la realidad al ámbito de lo fantástico. Solo cruza el puente que separa a una realidad de otra. Equivale a abrir la puerta sin saber con qué nos encontraremos al abrirla. Al enfrentarse Harker a un ser insólito que reside en un lugar fantástico, el terror admite que convive con la vida de Graf Orlock, el Vampiro: una vida muerta y entristecida que vaga por la eternidad sin conocer el amor. ¡Pero nada ocurre a espaldas de la realidad! Desconcertado, Harker advierte que el castillo de Orlock es un país insólito que se encuentra dentro de otro país.

¡Y los fantasmas, una vez más, vuelven a entrar y a salir por las puertas en pleno mediodía!