La mayoría de los pocos lectores que lean esto, no sabrán lo que fue “la prueba del añejo”, es decir, el comercial de Ron Añejo Bacardí de los años setenta y ochenta. Pero algunos sí lo recordarán y a ellos dedico esta nota. La prueba del añejo del acuerdo que el gobierno de México celebró con Estados Unidos y en menor medida con Canadá hace unos días sobre el llamado T-MEC 2.0, o TLCAN 3.0, es el siguiente.

En un caso se trata de algo de relativamente corto plazo -un año, digamos- y en el otro caso se trata de los próximos 10 o 15 años de la evolución de la economía mexicana. En primer lugar, el acuerdo deberá pasar la prueba del añejo de noviembre de 2020. Me refiero desde luego a la elección presidencial norteamericana. Si Donald Trump es reelecto, y si su victoria en el llamado Colegio Electoral se debe a que logró una mayoría exigua pero decisiva de votos en 3 estados claves -Pennsylvania, Michigan y Wisconsin- mucha gente en Estados Unidos y algunos -no más de 5- en México, se preguntarán si el haberle regalado a Trump la medalla de este T-MEC 2.0 no contribuyó de manera crucial a su reelección. No es evidente.

De la misma manera que algunas personas en esos 3 estados -industrializados, globalizados y que han perdido empleos a lo largo de los últimos 25 años debido al desplazamiento de manufacturas a China y a México- hayan votado de una manera o de otra por ese motivo. Algunos pueden haberse molestado con Trump por volver a negociar un acuerdo con México; otros se pueden molestar con los demócratas por haberle entregado este premio a Trump; y otros más pueden pensar que todos están en su contra y que mejor ya ni votan.

Lo sabremos de alguna manera en noviembre de 2020. Pero conviene lanzar la advertencia. Si la visita de Trump a México en 2016 contribuyó algo, poco o mucho a su victoria, habrá que determinar si la firma de este acuerdo -benéfico para México en el corto plazo- contribuyó a la reelección del presidente más antimexicano que ha habido en Estados Unidos desde Calvin Coolidge.

Segunda prueba del añejo. López Obrador decidió con mucho pragmatismo, cinismo dirían algunos, pero en todo caso con pleno conocimiento de causa, que debía aceptar prácticamente lo que fuera, a cambio de una firma. Los negociadores mexicanos lo presentan de otra manera. Se ganó lo de los inspectores y el presidente metió la pierna. Los más enterados reconocen que agregados laborales y ambientales no son muy distintos a inspectores en estas mismas materias. Pero en todo caso es un hecho que tanto Peña Nieto, con la anuencia de López Obrador, como el propio AMLO ahora, decidieron que era preferible aceptar todo lo que los republicanos, Trump, los demócratas y los sindicatos norteamericanos exigieran, que quedarse sin nada. Es imposible hoy determinar si tuvieron razón o no. Pero en algunos años sí podremos definirlo.

O bien, el protectorado laboral y ambiental -con el que estoy plenamente de acuerdo- que Estados Unidos le impuso a AMLO, para atraer mayor inversión extranjera y mexicana, y por lo tanto mayor creación de empleos y una elevación de los salarios en México, en cuyo caso habrá valido la pena. O bien al eliminar una de las más importantes ventajas comparativas que México tenía, vergonzosamente, ante el mundo -para atraer inversión extranjera y mexicana- a saber, los bajos salarios mexicanos, y la podredumbre y corrupción infinitas del movimiento obrero mexicano, al desaparecer, desalentará la inversión que se recibía.

Una persona muy inteligente dijo el otro día que Peña Nieto contribuyó de manera significativa a la elección de Trump al recibirlo en México en agosto de 2016. Y López Obrador hizo lo propio con la firma de un acuerdo quizás benéfico a largo plazo para México, pero inconveniente en lo inmediato.


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