Si el poder fuera algo absoluto e incuestionable, la dinámica política venezolana no siguiera los derroteros actuales. ¿Por qué razón continuar oprimiendo si no existe ya mayor amenaza que contradiga los designios y la hegemonía del poder chavista? Hay quien pudiera argumentar que los abusos siguen -y continuarán- porque esa es la naturaleza del régimen. Sin más. Debemos reconocer que esto es posible. Sin embargo, en nuestro humilde entender, la acción y praxis abusiva del gobierno prosigue, entre otras cosas, porque además de su propia naturaleza, requiere del necesario recordatorio de que su fuerza está presente, y de que sus súbditos deben entrar “por el carril” no vaya a ser que una rueda se salga del eje y con ella toda la estructura de poder.

Y esta es, paradójicamente, la gran tarea que enfrenta el régimen. Sí, por un lado tiene el control -prácticamente absoluto- de la ciudadanía: institucional, financiero, comunicacional y, más recientemente, de forma preponderante lo recuerda en el ámbito sanitario. Pero al mismo tiempo que detenta ese control absoluto, debe reafirmarlo constantemente porque corre el riesgo de perderlo. Vaya paradoja. Un poder absoluto que debe reafirmarse día y noche porque de lo contrario termina por extinguirse.

Buena parte de la ciudadanía opositora, especialmente en los últimos años, ha desarrollado una suerte de determinismo, un paradigma, según el cual el chavismo no tendrá fin, o cuando menos, no tendrá fin en su tiempo de vida. Frente a este proceso de desesperanza el resultado es la inacción y la desmovilización. ¿Para qué molestarse en rebelarse frente a lo que no puede ser cambiado? Si a ello se le agrega el desastroso desempeño de las principales fuerzas políticas opositoras (en las cuales se entremezcla el colaboracionismo, la cohabitación, acusaciones de corrupción y personeros que simplemente se han visto forzados a abandonar al país por persecución o amenazas desde el poder) los incentivos son pocos para retomar la acción política.

Lo cierto del caso, sin embargo, es que incluso cuando el país parecía controlado, las propias circunstancias revelan que no es así. En 2021, a más de veinte años de haber iniciado el proceso revolucionario, desde el poder se siguen atacando medios de comunicación, amenazando a gremios empresariales y deteniendo arbitrariamente a activistas políticos y defensores de derechos humanos. Actores de la sociedad a los que en las circunstancias actuales uno incluso hasta pudiera cuestionarles su relevancia real. Sin embargo, siguen siendo perseguidos. ¿Por qué?

A ello hay que sumarle nuevos problemas que derivan de la dinámica que ha sido producida por el propio chavismo. Los casos más relevantes se relacionan con las bandas criminales y la delincuencia organizada que, literalmente, controlan ciertos espacios del territorio venezolano, incluso en centros urbanos. Lo mismo puede extrapolarse a un asunto mucho más complejo como el que sucede en el estado Apure y en el que intervienen directamente las fuerzas armadas. Poco se sabe de este tema, es muy contada la información que trasciende, pero algo se gesta y lamentablemente no son noticias relativas a la paz y estabilidad de la región.

El chavismo debe ahora también enfrentar estos monstruos que ha creado y que, literalmente, se han salido de control. Estos actores tienen sus propias agendas, las cuales, sin duda, son muy disímiles y en modo alguno pueden encasillarse en un sólo diagnóstico. Los más descreídos dirán que todo es un simple show y que muy probablemente estas organizaciones estén totalmente cuadradas con el régimen. Bien podría ser una posibilidad. Sin embargo, esa premisa no termina de dar explicaciones  (o al menos las pone más cuesta arriba) a los hechos de violencia que se perpetran sobre los cuerpos de seguridad del Estado por parte de dichas organizaciones. ¿Por qué atacar a tus aliados? ¿Es una simple puesta en escena? La realidad, creemos, es mucho más compleja.

En todo caso, la premisa a rescatar es la siguiente: estas circunstancias no estaban planteadas en otro momento. Se dan hoy. La dinámica del poder y la política son cambiantes. No es estática. Y así como ese movimiento puede traer consigo cosas preocupantes como las que hemos descrito, también pudiera traer consigo nuevos elementos que ayuden a generar dentro del cuadro político venezolano fuerzas vivas y condiciones que conduzcan al retorno de la democracia. Sí, es un tema de realidades, pero también se trata de percepciones y paradigmas que deben ser modificados y enfocados a los principios de lo que realmente deseamos.


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