Miguel Otero Silva

Desde sus inicios, los regímenes de fuerza suelen quebrar toda resistencia cebándose directamente contra los medios de comunicación independientes. Nada más aleccionador que la frecuente fórmula de la expropiación inmediata, aunque a veces la sola presión e intimidación basta para arrodillarlos.

Quizá por su ya remoto y limpio origen electoral, impensable para Chávez Frías, en la Venezuela que lo festejó como un descubrimiento afortunado, no supimos de la receta; quizá por el arraigo de una mínima cultura democrática, hubiese sido una temeridad innecesaria, llenas las alforjas de petrodólares para solventar cualquier impasse. En todo caso, no se trataba de un mero tránsito por el poder, por lo que tendría que lidiar y lidió a favor de una distinta correlación de fuerzas que le permitiera monopolizarlo absolutamente con el tiempo, permitiéndose luego los más variados asedios a la libertad de prensa.

La paciencia constituyó  la clave para el desempeño de un régimen que generó otros y más feroces intereses, aún al precio de quebrar a la otrora potencia petrolera, simplemente, depredándola. Excepto el cierre definitivo de una emisora televisiva, confirmando la regla, pautó exitosamente la coexistencia con otras que se resignaron; y, respecto a los medios escritos, se hizo de las miles de toneladas de papel que le permitieron arrinconarlos para administrarles hasta el último suspiro, desapareciendo como si, con ellos, expirara la noticia misma.

Llegó el momento para que los nuevos empresarios, antes cómplices que adeptos,  forjados por estos años al amparo del antecesor y del sucesor consabidos, invirtieran de acuerdo con la lógica perversa que explica la subsistencia de un sector privado en la economía privativa del socialismo. La inédita expropiación por fases tan prolongadas, en sintonía con unas condiciones políticas juzgadas como favorables, supuso la preservación y compra de la infraestructura y el prestigio de sendos periódicos, incluyendo uno centenario y otro, integrado a un popular consorcio de décadas; el respeto a la integridad personal y el pago agradecido a sus dueños o sucesores, por una operación mercantil que encubrió un vulgar chantaje; y, por supuesto, el anonimato de los nuevos propietarios. Sin embargo, tropezaron con una inmensa piedra al tratarse de El Nacional, empleando las instancias judiciales que se ha dado el régimen para revalidar esa lógica que  explica al socialismo no menos real que nos azota.

Mientras otros cedieron, entregando así la noticia, yendo y viniendo por Maiquetía, si fuese el antojo, El Nacional se negó a la venta, consecuente con su mejor herencia: el testimonio moral que le dejó Miguel Otero Silva a todo un país. Y, al mismo tiempo, desnudó la naturaleza de un poder, como el establecido, que jura adulterar la realidad, aunque ella siga un curso insobornable que más temprano que tarde le dará alcance.


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