(Homenaje al Illimani negro de Cecilio Guzmán de Rojas)

La Paz (sede del gobierno y capital administrativa de Bolivia): antes de que yo la pisara por primera vez a inicios de este año, se sucedían imágenes suyas atrapadas en mi memoria, y eso venía de lejos a través de algunas estampas de periódicos o en imágenes de noticieros televisivos. De vez en cuando se me aparecían fragmentos de la metrópoli con mayor altitud en el mundo (apenas Lhasa, la capital del Tíbet se le apareja), y ello, en momentos de alguna convulsión social. Podría llamarle a ese descaso ilustrativo como de clara tendencia amarillista de una prensa que se abstiene de ilustrar el paisaje humano, urbano, y el poder creativo e intelectual de una población que desde tiempos precolombinos fue conquistando los escalones geomórficos y estratigráficos únicos de los Andes centrales. Se trata de un panorama muy ajeno y extraño de colinas escarpadas y riscos de diseño prodigioso que anonadan desde el primer contacto.

Y en ese paisaje ha quedado plasmada la huella viva de una cultura que sigue rindiendo sus frutos en la policromía y alta calidad de sus textiles, por poner un ejemplo, en el ámbito de la artesanía, pero que ha inspirado también manifestaciones de alta creatividad artística, como el cine de Jorge Sanjinés, la pintura de Ricardo Pérez Alcalá y Gastón Ugalde, o la dramaturgia de David Mondaca Arauz.

En La Paz se despliegan montañas cortadas por unas tijeras que pareciera que entonaran un fru-frú en quebradas, agujas, columnas, relieves, con una coloración de distintas tonalidades,  desgarrando eminencias en picos que tienen su nota más alta en el Valle de la Luna, de las Ánimas, y en el de  Llojata, ese paisaje también lunar que tanto pintó uno de los más soberbios artistas del continente, Cecilio Guzmán de Rojas;  malhadadamente lo escogió para dispararse un tiro, sin mayor motivo posible que la imposición de algún mandato iniciático. Ese notable artista del Potosí profundizó en la teoría de la pintura coagulada de Da Vinci y reveló en su iconografía la belleza del mundo indígena. Hablaba quechua, aymara, catalán, francés, inglés, y español, y había bebido de  alguna tradición alquímica. Es sabido que Cecilio Guzmán de Rojas fue también un iniciado en la tradición chamánica de los Kallawayas de Charazani.

Desde hace más de medio año confraternizo con la imponente vista de La Paz desde la terraza de una casona que me ha tocado habitar como una suerte de predestinación. Con la mirada trepo amaneceres y atardeceres de luz cernida en el embudo colosal que llaman “La Hoyada”, hasta la “Ceja”, albor popular de una ciudad con un millón de habitantes, de configuración comercial inaudita, donde conviven desde asiáticos a miles de ciudadanos andinos de los países vecinos. Esa explanada, El Alto, que preludia el surgimiento de uno de los monumentos de la naturaleza más vitales, el Illimani, con nieves perpetuas a seis mil metros de altura (podría semejarse al Iztaccíhuatl) ha sido testigo de una propuesta arquitectónica única en el continente.

En esa planicie que conduce al lago Titicaca, y que prefigura, a plomo, a la ciudad escalonada de La Paz, alguien que carece de título de arquitecto, como Fredy Mamani, ha realizado una obra espectacular, y obtenido reconocimiento y celebridad con la exposición que le organizó la

fundación Cartier de Paris. Se trata de la realización de un proyecto único de construcción de mansiones edificadas al final de edificios de seis plantas y que en una combinación de la palabra chalet, con la voz diseminada en los Andes, de cholo, se ha denominado como “Cholets”. Pero esto sería harina de otro costal. Y requiere de un estudio como el que describe Nicolas Valencia: “…Rescatada por la arquitecta Elisabetta Andreoli y la artista Ligia D’andrea en el libro “Arquitectura andina de Bolivia”, la irrupción mediática de esta arquitectura, de la mano de Freddy Mamani -un exalbañil convertido en ingeniero y constructor- se ha convertido en la excusa para hablar de todo lo demás en el país altiplánico: las carencias y lujos de una rápida expansión urbana dispersa en El Alto, la ciudad más joven de Bolivia; el nacimiento de una nueva burguesía aymara ante el ninguneo de los élites blancas; y el nacimiento de una identidad arquitectónica contemporánea que incomoda a puristas y enorgullece a aimaras, pero es rechazada por las escuelas locales de arquitectura”.

La Paz y sus barrios antiguos, desde los vestigios coloniales a los asentamientos señoriales que luego dejaron su impronta de mejores tiempos idos y de una bohemia creativa como en los alrededores del Montículo en Sopocachi, me corren a diario una cortina que deja a descubierto un paisaje urbano que fascina y al que corona, desde una infinita variedad de ángulos, el imponente Illimani y sus nieves perpetuas. Poco a poco voy descubriendo una ciudad con el entorno de raíces milenarias.  Al influjo de la portentosa cultura Tihuanaco puede el visitante empeñarse en descifrar signos de múltiples sustratos culturales.

Las leyendas urbanas son numerosas y no solo por el elenco de las famosas casas embrujadas, que aquí les dicen “Pesadas”. Lugar especial tienen los “cementerios de elefantes” (las cantinas donde la gente se encierra a morir bebiendo) que describe magistralmente otro malogrado autor, Víctor Hugo Vizcarra. El autor de “Borracho estaba pero me Acuerdo”, merece otra crónica de esta serie andina, cuya ruta pasa por abordar la literatura de algunas figuras de relevancia literaria universal. Basta con mencionar a figuras como el humanista y gran escritor Franz Tamayo, equivalente en su dimensión enciclopédica y su amor por la Grecia antigua, con nuestro Alfonso Reyes.

Sin embargo, en el ámbito literario boliviano uno de los impulsos de estas líneas ahora es reconocer  mi ignorancia de la obra de uno de los poetas fundamentales del continente, Jaime Sáenz (La Paz, 1921-1986); su relevancia se conjuga con una existencia atormentada, semejante a la factura de la poesía maldita que definiría Verlaine cuando escribió sobre Mallarmé y Rimbaud, y donde caben muy bien Baudelaire y Lautrémont.

Hablo ya con fascinación de un escritor de claroscuros dramáticos como los que reveló en su novela fundacional, titulada “Felipe Delgado”. Allí completa Sáenz el ciclo auto destructivo de un alcoholismo extremo en el que sufrió de varios delirium tremens; pero paró de beber lo suficiente para llegar a plasmar un mundo de miserias atroces que encuentran en el sentimiento de la muerte y del abandono amoroso una paradójica afirmación vital.

Se ha escrito ya que Jaime Sáenz reinventó su ciudad. Y un elemento primordial de su ficción es la recuperación de un personaje primordial: el Aparapita. Palabra proveniente del aymara que se puede traducir como “llévamelo”, por su raíz de bulto y de oficio. Sobreviven estos emblemáticos cargadores que transportan ingentes mercancías a la espalda. La carga simbólica de estos humildes transportistas, valga la redundancia, les confiere una categoria de clochard en pobreza extrema. Algunos de ellos son dados a un alcoholismo que combinan con  mascar la hoja de coca.  Estos humildes trabajadores pueblan las obsesiones más extremas de Jaime Sáenz. Curiosamente, la antropóloga Carmen Bustillos llegó a referir que la propia edificación de la ciudad de La Paz parecería un saco de aparapita, con sus vestimentas multiremendadas, en una especie de miserable patchwork de materiales de construcción.

Ya estoy preparando una antología de los 11 libros de poesía de este autor que me atrapa también por su vertiente ocultista. A la vez que conmueve y alecciona, su visión de la vida es sombría, pero la conjuga con una enjundia vitalista; me auxilia a descifrar a una sociedad del corazón de Sudamérica de riquísimo raigambre por la multiplicidad de su identidad cultural. Introduce también a una ciudad con estamentos contradictorios que seducen, desde una diminuta y popular salteñaría de empanadas llamada sin saber por qué “Picasso”, a una elegante y sofisticada Delicatessen Laurent.

El rescate del mundo de Jaime Sáenz pasa por la influencia que ha dejado en las nuevas generaciones de poetas y de artistas talentosos. Sería el caso de Willie Claure, quien transformó en una cueca deliciosa un poema de Jaime Sáenz que aparece en “Felipe Delgado”:

“No le digas”

Si te encuentras con la ninfa

No le digas que he llorado.

Dile que en los ríos me viste lavando oro para su cofre.

Dile que en los ríos me viste lavando oro para su cofre.

Si te encuentras con la trini

No le digas que he sufrido.

Dile que en los campos me viste buscando lirios para sus trenzas.

Dile que en los campos me viste buscando lirios para sus trenzas.

Si te pregunta la flora

Acordándose de mí

No le digas que me haz visto

No le digas que la quiero.

En un rincón del olvido no le digas que la espero.

En un rincón del olvido no le digas que la espero

Si te encuentras con la ninfa

No le digas que he llorado

Dile que en los ríos me viste lavando oro para su cofre

Dile que en los ríos me viste lavando oro para su cofre

Si te encuentras con la trini

No le digas que he sufrido

Dile que en los campos me viste buscando lirios para sus trenzas

Dile que en los campos me viste buscando lirios para sus trenzas

Si te pregunta la flora

Acordándose de mí

No le digas que me haz visto

No le digas que la quiero

En un rincón del olvido no le digas que la espero.

En un rincón del olvido no le digas que la espero.


Nota: para escuchar este clásico de Willie Claure:

https://www.google.com.mx/url?sa=t&rct=j&q=&esrc=s&source=web&cd=&ved=2ahUKEwi2-vWWzrfrAhW8IrkGHZQmCfkQtwIwAHoECAkQAQ&url=https%3A%2F%2Fwww.youtube.com%2Fwatch%3Fv%3D5BhGphmnN_A&usg=AOvVaw2ItmGv0h72SOy94iDLLAWC

 


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