Pentágono-policía
Foto: CNN en español

La coyuntura producida por el desaguisado norteamericano provocado por Donald Trump al instar a sus apasionados seguidores a marchar hacia el Capitolio en Washington, que provocó el gesto de barbarie que la humanidad entera presenció en directo y en tiempo real, era demasiado buena para dejarla pasar. Me refiero a la reacción instantánea de algunos regímenes al descalificar de manera pública e inmediata al sistema democrático estadounidense por sus falencias, como si de ello se tratara.

China, Irán y Venezuela fueron los primeros en emprender, a través de sus dirigentes y personeros oficiales, una agresiva estrategia comunicacional para demostrar al planeta las consecuencias nefastas de un modelo de libertades que, en su opinión, había sido capaz de producir la invasión al Capitolio y la violencia desatada de los seguidores de Trump que observamos la semana pasada. El mundo debería aprender de esta lección, aseguraron.

Lo propio es reconocer que el aprovechamiento de momentos como el que se presentó el 6 de enero en Washington es un gesto político común y socorrido. En un ambiente tan polarizado como el que vivimos, es preciso sacar partido de las equivocaciones y torpezas ajenas. Esta era una de gran calado por tratarse de que su protagonista era el presidente de la primera potencia mundial, símbolo por excelencia de la práctica democrática y del ejercicio de las libertades. Y no cabe duda de que la delictual actuación del jefe del gobierno norteamericano fue un gesto de barbarie que solo tiene cabida en una personalidad con algún nivel de desquiciamiento y con unas consecuencias que serán lapidarias para su vida política futura y muy duras de sobreponer para el Partido Republicano. El episodio llamaba a tomar ventaja del mismo.

Lo que no debemos es perder el foco, a la hora de analizar lo ocurrido. Porque lo que ha estado en juego no es un tema de fondo que envuelve al sistema democrático sino un asunto que deriva del ejercicio equivocado del poder motivado por un temperamento desquiciado y atrabiliario. Fue su personalidad la que se convirtió en un boomerang en su contra y capaz de provocar el rechazo de los republicanos que le otorgaron su confianza.

Lo que será del desperdicio del indudable arrastre popular y del liderazgo que Donald Trump exhibió durante su mandato no es el motivo de este análisis, sino lo que será de la democracia de esta nación que se ha caracterizado por un apego irrestricto a la Constitución, el instrumento de base que garantiza las obligaciones, derechos y libertades de los estadounidenses desde que entró en vigor en 1787.

El Poder Legislativo, que es el sostén principal del sistema democrático norteamericano, en pocas horas retomó las riendas de la sindéresis y el modelo salió fortalecido. Es el populismo sin frenos el que resultó responsable de un oprobioso episodio del que se desmarcarán, cada día más, tirios y troyanos.

Queda, sin duda, la interrogante acerca de lo que el nuevo gobierno de Joe Biden hará para interpretar la voluntad de cambio que expresaron sus 81 millones de votantes, sin dejar de prestar atención y canalizando de manera correcta las inquietudes y el sentir de todos los que manifestaron su apego a las políticas del actual presidente –74 millones de connacionales– a pesar de los condenables dislates de su personalidad.

Lo cuestionable de este episodio de violencia en la sede del Poder Legislativo es la actuación de Donald Trump como instigador de actuaciones violentas. La democracia como signo distintivo de Estados Unidos no exhibe resquebrajamiento alguno. Lo que prevalecerá, a la corta y a la larga, es el apego que tienen los estadounidenses por el contrato social, por el modus vivendi consagrado en su carta magna y del cual han hecho buen uso durante más de 230 años.


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