Parece que por estos tiempos hay dictadores y también otros que, siéndolos de tomo y lomo, pasan por héroes continentales sin que a nosotros, simples mortales, nos dé tiempo de asimilar la diferencia entre unos y otros, es decir, aquellos que persiguen, torturan y matan, y son malos, y uno o dos que son bendecidos por las ONG y los gobiernos europeos y norteamericanos.

Recientemente los seguidores de los sitios de de noticias (los espacios que todavía quedan con vida y no han sido bloqueados por los rusos, chinos, fanáticos musulmanes, cubanos del G-2, aprendices del PSUV y pare de contar) nos quedamos estupefactos cuando nos enteramos de que en Cuba había estallado un llanto colectivo por el aniversario de la muerte de Fidel Castro, distinguido dictador, si los hay, entre tantos que se merecen esa distinción.

Muerto y enterrado, con los honores y olores del caso, fue llevado a un cementerio que sólo los héroes de la patria merecen. En verdad, cada quien tiene su manera de enterrar a sus muertos y eso debe respetarse, y hasta allí y no más allá, porque a veces la historia choca con la verdad y obliga a los ciudadanos que no toleran las dictaduras a sentir ganas de vomitar, que no es más que una respuesta física, orgánica y ética a tragar un camión de basura histórica.

Pero vamos por parte y despacito. Fidel nunca en su juventud fue un santo, fue rotundamente un matón y un pandillero de un grupo político. Y eso no era, en ese momento, criticable porque la resistencia cubana era no solo un desastre indescifrable sino que combinaba gente bienintencionada con gánsteres políticos. Privaba el pragmatismo, la acción cuyo efecto en la población causaba pánico pero que, vaya consecuencia, animaba a empollar la esperanza de la caída de una dictadura asfixiante.

Fidel Castro nunca fue un teórico, no desarrolló un pensamiento que pudiera sembrar ideas, provocar polémicas que fructificaran en el fortalecimiento de su proyecto continental. Fue acaso un predicador que luego de orquestar sus primeras expresiones solo supo repetirlas hasta el cansancio. Hoy son cenizas que los jóvenes recogen obligados.

Consciente de su debilidad para generar un pensamiento que encausara la historia de su “gesta heroica”, no le quedó otra alternativa que alquilar cerebros europeos (prótesis mentales) propicios a darle cierta racionalidad a su oralidad irrefrenable. El Che Guevara, casi un autista, era el compañero y la comparsa ideal. Laurel y Hardy.

La historia es cruel, o mejor dicho, el curso de la historia es, en verdad, lo verdaderamente cruel. A Fidel lo llevaron a su tumba en un vehículo militar destinado a transportar municiones para la artillería. Semanas atrás, en España, al dictador Francisco Franco lo sacaron de su tumba y lo trasladaron a su nueva fosa en un vehículo idéntico al de Fidel. Y es que, en verdad, ¿quién puede con el río desbordado de la historia?

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