Los latinoamericanos hemos vivido una dispendiosa fantasía, luchando contra la mano invisible de un mercado desconocido, mientras nos debatimos en las garras visibles de Estados opresores, concentradores, centralizadores, corruptos, militarizados que impiden a toda costa que estas hermosas y feraces tierras prosperen y crezcan.

Vivir en las entrañas de sociedades donde el Estado es el monstruo capaz de controlarlo todo significa que gran parte de la población sobreviva en la indigencia, en pobreza sin esperanzas. Son los “pueblos tristes” que tanto duelen en la voz de Otilio Galíndez.

El Estado desdoblado en institución extractiva y totalitaria exuda los rasgos de ese ADN particular. Lo primero, revive sin mucha teoría la planificación centralizada, decide la existencia humana en todos sus registros. El trabajo, la producción, el consumo, la cultura, el arte, los deportes, cuál tipo de zapatos usar, qué aprender y, sobre todo, impone fronteras al pensamiento y creencias. El disfraz de esta institución demoledora es una cacareada superioridad moral, la falaz representación de todos, los pobres victimizados en una suerte de práctica religiosa, oferta de trueque de paraísos a cambios de votos, inmovilismo y subordinación ante maniobras destructoras. Cualquier historia o recuento sobre los Estado latinoamericanos, con escasas excepciones, muestra poblaciones seducidas por el fraude socialista, venerando a quienes los maltratan, tiranos y corruptos, en versión del síndrome de Estocolmo, verbigracia Argentina.

Sin rubor alguno, podemos constatar una gran oportunidad para Venezuela: haber abandonado la creencia en la mano visible del Estado. Mes tras mes los sondeos lo repiten, el apoyo al socialismo se reduce a porcentajes ínfimos, alrededor de 10%. La gente experimenta que mientras más se aposenta el Estado en su existencia, más triste, miserable y sin esperanzas es la vida; ha sufrido el aplastamiento de la mano visible del Estado en salario, educación, salud, política, pero no en sus íntimos pensamientos. Aun sabiendo que disentir puede costar hambre, prisión y muerte. Cualquier idea de cambio, reforma, corrección de fracasos es juzgada como traición a la patria. Patria transmutada en un territorio envenenado por los genes de un socialismo fortificado con el espurio uso de las armas de la República. Es traición, denunciar los desafueros, opinar, tratar de corregir. Paradójicamente, no es traición a la patria entregar las Fuerzas Armadas a Cuba, ceder el territorio y riquezas a grupos delincuenciales extranjeros como el ELN, o aliarse con terroristas que explotan al mundo con su violencia, Hezbolá y Corea del Norte. Financiar a Raúl Castro y Díaz Canel, carniceros de su pueblo, chulos a expensas del perfecto idiota latinoamericano que hasta ahora ha abundado en nuestros pueblos.

En este tránsito los venezolanos no estamos aislados, buena parte de la humanidad visualiza el final del nefasto ciclo socio-histórico que ha condenado a esta región del mundo. Eliminar la mano visible del Estado es la gran tarea, abrir las puertas y rescatar el derecho de propiedad de los venezolanos, su posibilidad de decidir y convertirse en actores o sujetos de su propia historia.

Venezuela goza hoy de esta ventaja comparativa incomparable en el mundo, sus intelectuales, estudiantes, profesionales, obreros, amas de casa, vecinos y ciudadanos en cualquier circunstancia de sus vidas saben que el dominio de la mano visible del Estado impide que haya justicia; anula el Estado de Derecho; coarta el desarrollo de capacidades, vocaciones e intereses; oscurece la posibilidad de soñar y crear. Decreta la muerte de la imaginación. Todo lo que existe es proyección del Estado y los grupos que controlan esta gran máquina exterminadora, el verdadero mátrix de esta época histórica.

Nuevas puertas se abren, podemos seguir en le peleíta, amenazar desde el teclado a los que aspiran a ejercer su derecho de votar, tratar de destruir a todo el que asoma y asume compromisos, negar esfuerzos, denunciar nuevos traidores, sin siquiera mover una neurona, ignorando que el universo se puede expandir en esta tierra de gracia, además de salir del dictador y su combo, es posible construir una sociedad de gentes responsables de sus actos, con proyectos de vida y levantar instituciones que incluyan, respalden e inviertan en un mejor venezolano.

Basta de criticar, si el llamado mantra se cumple en determinada secuencia, lo importante es avanzar hacia la luz, estratégica y flexiblemente, sorteando trampas, corrigiendo errores, acertar en rutas que permitan que la luna no amanezca más alumbrando “pueblos tristes”.