Una de las libertades que pudiera verse restringida en Hong Kong de manera anticipada es la que tiene que ver con las comunicaciones digitales y el acceso al ciberespacio. Dejar abierta una espita hacia el exterior en este terreno podría resultarle muy caro al gobierno totalitario de Pekín… pero impedirlo también.

La nueva Ley de Seguridad Nacional ya aprobada por el Parlamento se encuentra en su recta final e intentará meter en cintura a Hong Kong a partir de los últimos días de junio o primeros de julio, contraviniendo el compromiso de devolución preexistente con el Reino Unido que debería estar vigente hasta el año 2047.

Lo que está en la cabeza del mandatario chino es su viejo empeño de incorporar nuevas restricciones a las libertades ciudadanas en la letra de la Constitución. Si lo consiguiera, se impondrían sanciones a los ciudadanos de la ex colonia británica en casos de “subversión, secesión, terrorismo y de intromisiones extranjeras”.

Los signos de rebeldía prodemocrática que llevan ya meses evidenciándose de manera más o menos violenta en las calles de la ciudad se han convertido en uno de los mayores desafíos para XI por la visibilidad que ellos tienen a escala planetaria. La necesidad de controlar sus efectos de manera inmediata pudiera llevar a las autoridades a limitar la interacción digital de sus ciudadanos.

El tema no es nuevo aunque había estado quieto desde el advenimiento de Xi al poder en el año 2012. En enero de 2015, en la inauguración del Segundo Congreso Mundial de Internet en Wuzhen, el mandatario no dejó espacio para interpretaciones cuando aseveró que si bien China respetaría el orden digital que quisieran darse en otros países, el mundo de Internet en China sería único e independiente, con sus contenidos estrechamente monitoreados desde el Partido Comunista. De entonces a esta parte, una Gran Muralla en el terreno de lo digital, tanto en el acceso a las redes privadas virtuales (VPN por sus siglas en inglés) como en el campo de la censura, es lo que ha imperado. Mientras tanto, en Hong Kong se ha afianzado un régimen de libertades.

La realidad es que Hong Kong en los últimos años ha sido una puerta de salida cómoda para los ciudadanos y negocios del país chino, un puente entre sus ciudades e Internet global, útil para establecer allí  VPN para sortear la censura y evitar el “ snooping” impuesto desde la capital. Los portales encuentran en Hong Kong una especie de refugio y de vehículo útil para periodistas, académicos y todo el que desee transportar u obtener su data sin intercepciones.

Para los residentes de Hong Kong, pensar que la libertad de que gozan será secuestrada es motivo de gran inquietud y se convertirá, sin duda, en una bandera de lucha política capaz de capturar la proactividad de los más jóvenes. El servicio de Telegram, un chat virtual particularmente seguro, que es utilizado masivamente por los locales y por quienes hacen de la protesta una manera de actuar, se ha convertido en el refugio de un contingente importante de ciudadanos, presos de una paranoia en contra del intervencionismo. Todos, empresas incluidas, buscan como encriptar sus datos y movimientos digitales para mantenerlos a salvo de la vigilancia de Pekín. Son muchas las multinacionales chinas, por demás, que han estado usando las rutas digitales de Hong Kong para mantener privacidad en sus transacciones.

Asi pues, este nuevo estado de cosas destapado por la nueva Ley de Seguridad y otras recientes decisiones controlistas de XI sobre la ex colonia británica van a causar no pocas dificultades a los jerarcas comunistas y van a actuar como una poderosa olla de presión.


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