Se anuncia que en Nicaragua habrá elecciones presidenciales el próximo 7 de noviembre de 2021. Dentro de un año y medio casi.

De todas formas, es una noticia buena la que, empero, a la vez deja un gusto amargo y persistente. Nos recuerda el naufragio del legítimo reclamo de los nicaragüenses de “elecciones ya”,  que se planteó en las calles hace dos años. Nos dice, y es doloroso, que la dupla Ortega-Murillo ganó. A un costo en vidas, represión y cárcel para disidentes muy alto, es cierto, pero eso a Daniel y a Rosario, que lanzaron las fuerzas armadas, policiales y a sus propios grupos fascistas de choque contra el movimiento popular, les importa muy poco.

Es una noticia buena, en principio. La desconfianza es inevitable y hay más de un motivo para ello. Por ejemplo, recientemente el subsecretario de Estado adjunto para América Latina de Estados Unidos, Jon Piechowski, ha dicho que “Nicaragua no puede llevar a cabo elecciones libres y justas mientras se acose y se detiene a periodistas y manifestantes pacíficos. Nicaragua tampoco puede realizar elecciones libres y justas mientras hayan más de 80 presos políticos en las cárceles del país. Nicaragua no puede tener elecciones libres y justas mientras el presidente Ortega ignore las propuestas planteadas por distintos actores democráticos nicaragüenses”.

Y tiene razón. Lo suyo es llovido sobre mojado. Es sabido que dada la situación que se vive en el país centroamericano, se hace difícil creer al régimen de Ortega-Murillo -que en su momento fue bastante apuntalado por Estados Unidos, bueno es recordarlo también- soportará y aceptará la realización de elecciones libres, justas y limpias.

No quiero ser ave de mal agüero. Pero es un hecho que Ortega hace 13 años que se mantiene en el poder a través del fraude, de la violación de cuanta norma constitucional y electoral le perjudicara y comprando aliados. Se la ha pasado haciendo trampas, las hace ahora, ¿por qué va dejar de hacerlas?

Para hablar de elecciones libres y democráticas en Nicaragua en noviembre de 2021 habría que comenzar desde hoy. Ya se debería estar trabajando en la revisión del sistema electoral y en la elaboración de uno nuevo que dé garantías. Pero esto es solo una parte. No puede haber presos políticos -hay cerca de 100- y no vale liberarlos cercano a los comicios. Hoy mismo deben quedar libres. Los partidos políticos tienen que comenzar a actuar y para empezar deben participar en la elaboración de las nuevas estructuras electorales. Y por sobre todas las cosas se debe restituir la libertad de prensa en su plenitud. Sin medidas económicas y de cualquier otro tipo que signifiquen una limitación real de la actividad periodística libre e independiente, como ocurre ahora.

Podría creerse que Ortega-Murillo están dispuestos a aceptar ese cambio si en estos días, ayer, hoy y a más tardar mañana, comienzan a llegar a Managua los expertos internacionales y los observadores independientes que serán los imprescindibles veedores. Porque de poco sirve, si efectivamente ese es el propósito, llegar siete días antes.

Dados los antecedentes es harto difícil creerle al matrimonio dictatorial. Para ellos es mucho riesgo. Ponen en juego el poder y además todas las riquezas y patrimonio familiar (del matrimonio e hijos).

Los mandamases de Nicaragua, al igual que algunos colegas y amigos continentales, como Nicolás Maduro, se entretienen en poner por delante la zanahoria de las elecciones y con eso ganan tiempo. Consiguen el favor de “socios” ocultos que están por el “diálogo” (es su decir y el caballito de batalla) y algunos otros contratados. Pero es naif, por no decir estúpido, caminar tras la planta en la punta del palo.

No más cuentos. Si Ortega está dispuesto debería probarlo y , por ejemplo, llamar a la OEA y dejarle que haga sus investigaciones y propuestas para poner las cosas en orden, de manera que efectivamente puedan haber elecciones libres.

No más zanahorias. Elecciones presidenciales el 7 de noviembre de 2021, muy bien, pero la libertad ¿cuándo empieza?


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