La ira es un vicio, una desviación de la virtud de la templanza para el ejercicio del poder. Ese vicio ha acompañado al chavismo desde sus primeros espasmos como movimiento político: desde ofrecer freír cabezas de la dirigencia bipartidista de ese fatídico 1998, hasta concretar su talante cruel, colectivo y de linchamiento en gavilla con los hechos del 11 de abril de 2002.

La irascibilidad del caudillo era ratificada y legitimada por un pueblo absolutamente falente de pulso democrático, en quien se comenzaba a desarrollar el germen del daño social y antropológico. La cultura de la fuerza, la visceralidad y el cesarismo como atavismo histórico en nuestro desarrollo social, encontró en el discurso desde la ira una vía para lograr engranar en la gnosis de la sociedad venezolana. La frenética ira era reafirmada con un demencial acto de entrega de voluntades y libertades individuales; aquel “así es que se gobierna” ratificó e hizo nimias todas las tropelías cometidas en nombre de un proyecto que de bolivariano mutó a comunismo troglodita y de ese aspecto se precipitó hasta trocarse en este quebrantamiento de las formas republicanas, que embrida la posibilidad cierta y tangible de arrasar lo que queda de república, y que es en esencia contrario a los ideales de igualdad, justicia y primacía de los pobres.

Justamente la ira fue la égida que camufló todos los demás vicios. Bajo el amparo de la ira se conformaron los grupos de choque primero, los círculos bolivarianos y ahora los colectivos, este ejército paralelo que amedrenta, siembra el terror, invade, agrede y atropella, bajo el amparo del Estado total, y mutado en conductas que van desde la kakocracia, hacia el gansterato, constituye el triunfo de la iracundia y con ella la anestesia de la razón, la hipnosis frente al copamiento de las libertades y el tránsito hacia la servidumbre.

Por medio de la ira, la lengua se hizo rígida, dura, arcaica y cuartelaría. Toda acción quedaba justificada bajo la rabia, incluso la ira hace imposible que las fuerzas democráticas encuentren un camino razonable para vencer este escollo histórico que es el chavismo. La ira se hace inocua en la boca del caudillo, además se hereda y muta en iracundia de los cuarteles, ira tributaria para perseguir a adversarios, ira delincuencial e ira instrumentalizada desde este estado absolutamente distópico y orweliano, quien se maneja desde la ira pero proscribe al odio, en lenguaje lógico el odio es el resultado y la consecuencia de la irascibilidad, por ende es un contrasentido proscribir al odio y fomentar la ira.

La ira irracional queda entonces trocada en praxiología hueca, pues en lugar de promover acciones para salir de este estado de sospecha, bajo este enfoque metodológico de la acción humana, la ira demuele la acción para alcanzar sus fines mudables, la iracundia destruye el incentivo que empuja a actuar frente al malestar que produce este hegemonía gansteril enquistada en el poder, la demolición de este acto de búsqueda del bienestar lo consigue la ira de manera  biunívoca,  desde el miedo que impone al demostrar la capacidad abierta por aplastar la disidencia y por ende el escaso o nulo coste político que se incurre al reprimir.

Perseguir, torturar y sembrar horror, y a través de medios sutiles y no por ello menos perversos vaciando de contenido la vida del individuo, produciendo parálisis y una suerte de catatonia de la eudaimonía, de las virtudes y de la voluntad, logrando este trofeo logran escindir al hombre del impulso natural por ser libre y por ende se transfiera a la sociedad.

La ira, además, permea a todas las capas, la autoridad no es ejercida bajo los preceptos de sindéresis, prudencia, templanza y racionalidad kantiana, es decir, una acción desde el pensamiento para que la ciudadanía se implique. La ira impone el abuso contra el débil, autoriza la tropelía y se impone la estética del atropello a la dignidad. Quien manda está ungido para el grito y la ofensa y como no hay consecuencia, comienza a operar lo que Becker definiría como la instrumentalización de la transgresión sin consecuencias, la nula probabilidad de obtener una sanción permite y fomenta un acto casi que automático por generar mutaciones en los vicios, obviamente mutaciones regresivas; de la ira se pasa a la calumnia, a la injuria al daño moral y todo queda justificado desde la praxiologia deconstruida de la acción humana.

La práctica de enlodar el honor, de macular las trayectorias o de exponer al escarnio es una consecuencia lógica y hasta excusable de la ira como vicio, en la conducción del Estado los vaivenes del discurso permiten transitar desde un virulento verbo, inclusive cargado de coprolalias e infundios, absolutamente tolerados y potabilizados por una heredad de anencefálicos ministros y asesores, que sirven como aduladores de esta conducta y que en lo absoluto son incapaces de establecer un freno o reprimenda a estos desvíos conductuales, hasta que el mensaje es percibido por una muchedumbre que en franco resultado de una conducta de oclocracia inconsciente ratifican estos vicios, imponiéndose así, pues el desorden como política plausible a la entropía se llega a través de la ira, pues la rabia desenfrenada es incapaz de establecer la estabilidad y la belleza del orden cívico y social introyectado como valor superior.

Una sociedad expuesta a la ira fácilmente será pasto del germen delincuencial, si este está en tanto más validado por el Estado, que de total muta a coalición gansteril, también se emplea la ira entre iguales, se esfuma la idea del primero entre las partes, no hay justicia sino fuerza y violencia, el miedo impide construir cadenas de causabilidad concretas, firmes y poderosas de la razón, y la relatividad reina, al justificar cualquier tropelía desde la excusa de que quien ejerce el control y el poder “es así”, se comporta así y debe ser tolerado el infeliz, todos sabemos quién difama, calumnia, miente y ofende y por ende no vale la pena ser enfrentado, nos somete a la acción total del poderoso, logra incluso torcer la calidad de la razón en la opinión pública y termina por generar una verdad alterna, deforme e incluso vil.

Si bien es cierto que como investigador he mantenido una postura cercana a las propuestas de John Stuart Mill con relación a la nimiedad de la calumnia, pues la misma es absolutamente invalidada por la razón humana, he de reconocer que el daño infringido por largos veintitrés años de control autocrático y totalitario sobre el país trocan en minusvalía racional a una sociedad que se ha manejado desde la ira y los vicios devenidos de este vicio hecho potable y tolerable.

Así como he reconocido, en otros artículos la necesidad de establecer una cruzada para desintoxicar el lenguaje de la acción autocrática y para la dominación, es menester iniciar al unísono una campaña que imponga a la templanza como virtudes para el gobernante, entonces así como la toma de la palabra debe exigir un talante democrático, el ejercicio del poder debe y tiene que exigir un talante y propensión absolutamente prudente, templada y cívica a los fines de implicar desde la razón y no desde el miedo que supone la ira, la irascibilidad debe ser enfrentada con fortaleza y valentía imponerle a este vicio el concurso de la voluntad virtuosa, luego las calumnias e injurias esgrimidas desde la ira tienen que ser más que rechazadas por la colectividad o por la solidaridad, con acciones concretas que supongan una consecuencia real, de lo contrario la probabilidad a la pena se hace incorpórea y se vuelve a hacer tolerable la ira.

Como sociedad jamás debimos legitimar a la rabia sorda, las tropelías no son actos de gobierno. El infame y emético “así es que se gobierna” permitió expropiaciones, expolios, la purga masiva con un silbato en la bota de los gerentes y la gente del petróleo, los vítores y loas a los actos de confiscación de negocios en el centro de Caracas, la toma de fincas, el cierre de Radio Caracas Televisión, la autorización para echar gas del bueno, fue convalidado con un mudo “así es que se gobierna”; en tal sentido, cual princesa troyana, una sociedad le entregaba la libertad y la dignidad a un caudillo megalómano, a ese caudillo que nos salió como los golondrinos bajo las axilas, como una alerta de una infección severa.

Con estas líneas quiero fustigarme y fustigar la memoria del lector, el falso, inválido y absurdo asumir que hubo un Chávez mejor y un Maduro incapaz y violador de los derechos humanos, es el mismo síntoma laxo de los soviéticos, una laguna del inconsciente, que llevó a esa sociedad dominada por más de setenta años de comunismo, a indicar que Lenin fue superior a Stalin, en escala ética y humana, dos  realidades de una misma fealdad.

Con Chávez la ira se hizo total, nunca se disfrazó de cordero para ocultar su ferocidad de lobo, siempre fue un lobo y la sociedad voto por un lobo, por sus torvas formas fue conocida su virulenta campaña de 1998, se hizo cada vez más cruel, más impúdica frente a las formas civiles. La ira de Chávez se transmitió a su sucesor no por la ingeniería genética o molecular, sino por la falencia absoluta de institucionalidad, su heredero cual texto de Mendel no solo recibió esta herencia de repudio por la libertad, el progreso y la dignidad, sino que sufrió una suerte de mutación regresiva, que le hace cada vez más cercano a una realidad gansteril y delincuencial.

Se siente ira por el adversario, contra la libertad y hacia los vecinos quienes nos tienden una mano, en medio del desplazamiento cruel de los venezolanos de a pie, que cruzan la frontera para no morir de hambre y peste en la frenética, cruel y hamponil Venezuela de Maduro. La ira incluso ha llevado a los generales del régimen al extremo de amenazar a la hermana y solidaria Colombia, con agredirla bélicamente bajo el supuesto de tener “ploteado”  todo el norte de Santander, además de ocupar San Andrés y tomar Bogotá. La iracundia del mayor general Ovidio de Jesús Delgado, jefe de la Región de Defensa Interna (REDI) los Andes, es una cacofonía que suele ocurrir en las tiranías.

Se desprende y se justifica la ira de un subalterno desde su ámbito de acción, una suerte de instrumentalización tributaria de la iracundia y el odio. Si el líder se enfurece, entonces queda permitida la furia, la explosión visceral, el desprecio y la conjura como mecanismo de interlocución, de convalidación y de proxemia con el poder. Si el líder ordena limpiar cañones y fusiles para atacar a la solidaria Colombia, quien atiende sin desprecio alguno la tragedia andante de los desplazados venezolanos, la consecuencia inmediata para estas lealtades de utilería es ofender, calumniar, vejar y ser más agresivo y belicoso que la mano que mueve los hilos del poder.

También la ira es un mecanismo apropiado para distraer, ocultar y morigerar el tránsito de un drama humanitario generado desde la poltrona en la cual se convirtió la revolución que reivindicaría las injusticias heredadas de la tan envilecida cuarta república. Quien se atreve a denunciar o cuestionar de más es sublimemente reprendido por la irascibilidad del Estado. No siempre la ira es corpórea, la hay también tácita y omnisciente; quien cuestiona es llamado hasta con gentil ademán a la reflexión, a la sindéresis y a la calma, que redunda en control social, en entrega de derechos y principios, en abandono de posturas, en no desear nada, no aspirar a nada, para evitar ser objeto de la ira que quita la caja con la frugal e indigna dádiva para escapar del holodomor. La ira que arrebata el bono que no supera cinco dólares, pero vacía absolutamente el deseo de progresividad social, es un mecanismo praxeológico de inmovilidad, se le hace creer a las personas que es normal y natural este estado de miseria y al normalizar la infelicidad se logra la catatonía de la eudaimonía, se subyuga la voluntad y se deconstruye la virtud; no es menester tener templanza, no es necesario acudir a la calma y a la sindéresis, la procacidad  es permitida y tributada, siendo y demostrando que se puede ser más procaz y cruel que el líder negativo, es así como el desorden, la entropía y el horror suprimen las buenas praxis, las virtudes, y se pierde la república.

Como corolario final, la ira es una deformación indecible en la praxiologia de la conducción de la política, pues pivotada en el temor y el miedo la ira paraliza, inmoviliza, vacía y deja sin significación la idea de progresividad, el malestar se hace nimio, laxo, leve, insoportable, y la sociedad es controlada; insisto la valentía y la fortaleza, se deben de imponer a la iracundia, a la rabia y al resentimiento, la verdad imponerse al error repetido de manera patológica por un cacicazgo que salido de las denuncias de Joaquín Costa Martínez, se ha quebrantado hasta el punto de propender una mudanza desde el autoritarismo hacia el poder gansteril.

Es tan pueril y superflua la irascibilidad que lo que hasta hace nada era una conjura contra el bolívar promovida desde una página criminal, es ahora una válvula de escape de la economía, el Banco Central de hecho fija  por encima del promedio extraoficial los marcadores de una política monetaria abandonada, sin sentido, ausente e iracundamente dirigida a destruir la estabilidad de los precios y por ende el bienestar de la  ciudadanía, si este bienestar se quebranta, la sociedad no es capaz de sentir el grado de dolor, pues lo normaliza, lo incorpora como locus de abordaje de  lo cotidiano y sencillamente pierde su voluntad.

Debemos entonces asumir la tarea de demandar colectivamente niveles mayores y mejores de liderazgo desde la templanza, y cada extravío hacia la ira debe ser reprendido; educar en las virtudes, con las virtudes y para las virtudes, esto como germen original para generar estabilidad económica, política y social. Este naufragio colectivo no es el resultado casual de una combinación estocástica de desgracias, es la consecuencia de haber escindido el ejercicio del poder de la virtud.

El daño comenzó minando un discurso para la ira, una lengua para el control y luego dejando inerte a la sociedad en medio de la anomia, la nada y el anatema, para conseguir este vaho de derrota y conformismo contra el cual debemos y tenemos que luchar, a mayor nivel de ira oficial, más razonamiento y capacidad de articular y construir un discurso que produzca mayores niveles de asistencia de razonamientos lógicos y por ende válidos desde la confianza absolutamente extraviada. Aún estamos a tiempo de revertir la ira, la superficialidad del pensamiento y el reduccionismo; la ira prolongada engendra odio y este país requiere justicia no revanchas vacuas, es hora de actuar en consecuencia.

“La cólera no nos permite saber lo que hacemos y menos aun lo que decimos”.

Arthur Schopenhauer

 


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