Emmanuel Macron, presidente de Francia / Foto AFP

Emmanuel Macron es hoy la imagen perfecta de la impotencia mientras arde Francia, como preludio a otros previsibles incendios por otros muchos rincones de Europa.

Es la impotencia bien merecida de los políticos europeos del consenso socialdemócrata de la mentira, de la irresponsabilidad y la temeridad criminal que supone toda la política de inmigración de las pasadas décadas y que tuvo su catastrófico cenit en aquel llamamiento de fronteras abiertas que hizo Merkel en 2015.

El sociólogo socialista Giovanni Sartori avisó hace ya 25 años de que Europa iba a la catástrofe porque la inmigración inasimilable le estallaría en el corazón. Pudo haberse evitado.

Cerrando las fronteras exteriores, con el aviso a todos los países de origen de que nadie llegado ilegalmente podría jamás regularizar su situación y con deportaciones masivas, contundentes y eficaces. Suecia está ahora preparando medidas tras hundirse en los terribles efectos de los errores del pasado con ciudades tomadas por bandas de forajidos del Cuerno de África.

El sentido común ha sido derrotado una y otra vez. Ha podido más la agenda ideológica de las fuerzas del consenso socialdemócrata que ven en la inmigración una de las formas de disolver las naciones europeas y sus identidades para crear un superespacio multicultural.

Pues ahí lo tienen, el espacio multicultural del terror y de la impotencia de los gobernantes. Incapaz de proteger la vida, la seguridad y la propiedad de los franceses, el lastimoso presidente Macron suplica a los peores bárbaros que tengan a bien no quemar toda Francia. Mientras en Bruselas, Macron, Scholz, Sánchez, Von der Leyen y toda la tropa de culpables de estas socavaciones intentan forzar a otros a caer en la misma trampa y traicionar a sus naciones.

Polonia y Hungría

Pero lo van a tener difícil. Viktor Orban y Tadeusz Morawiecki anunciaban a sus colegas en la Unión Europea que se niegan y negarán en rotundo a aceptar repartos obligatorios de inmigrantes para crear así las condiciones en Polonia y Hungría para que se repitan allí las escenas de coches, tiendas y edificios oficiales ardiendo.

Ellos no van a compartir suerte con los políticos occidentales que con su ceguera han llevado a sus países al borde de la guerra civil cultural. Esa que ya está llegando por Francia a la vista de la agresión permanente de una inmigración no integrable que jamás se identifica con el país de acogida, intensamente delictiva, siempre quinta columna de una religión hostil, con una radical voluntad parasitaria e invasora y cada vez mayor disposición a la violencia.

Mientras París arde, las ciudades de Varsovia y Budapest gozan de una vida en absoluta calma con máxima seguridad, tienen mínima delincuencia, mucha prosperidad y cohesión social, mucha confianza social y nula inmigración africana y musulmana. Así quieren seguir.

Su propuesta, como la de todas las fuerzas nacionales dentro del Parlamento Europeo en el grupo de Conservadores y Reformistas ECR es el cierre de las fronteras exteriores de la Unión Europea y la expulsión de todos los inmigrantes ilegales que no puedan justificar un derecho de permanencia. Las expulsiones tienen que ser efectivas y rápidas con claras reglas a los países de origen que deben aceptar a todos sus compatriotas a deportar si quieren seguir recibiendo ayuda europea.

Arde Francia

Arden las ciudades francesas por la explosión de violencia en reacción a la muerte de un delincuente por disparos de un policía. Jóvenes de origen inmigrante africano subsahariano, pero también los integrantes de las comunidades magrebíes se han lanzado a la destrucción, al saqueo y al incendio por toda la geografía francesa. Y a Macron solo se le ocurra culpar a las redes sociales de tener la culpa de que decenas de millones de franceses vean interrumpida su vida cotidiana y amenazada su integridad personal y patrimonial por un brutal despliegue de violencia.

Macron, que acusó en su día a Marine Le Pen de querer provocar una guerra civil por pretender imponer la ley y el orden en las ciudades francesas, se encuentra con que tiene la guerra civil montada. Y tiene que comprobar que las autoridades francesas han perdido el control real, no solo permanentemente sobre muchos barrios en cada vez más urbes, sino sobre ciudades enteras en cuanto lo quieran las bandas criminales inmigrantes. Y lo único que se le ocurre es mandar detener al policía que hizo los disparos para dar así la razón a los manifestantes.

La policía está harta

La policía está harta, no solo en Francia, de ser cabeza de turco de unos políticos incapaces de garantizar ya la seguridad y la vida de los ciudadanos europeos ante unas hordas de jovenes inmigrantes de primera, segunda o tercera generación, da igual, todos con el mismo grado de disposición a la violencia y al odio a todo lo que simbolice el país que los acogió y los mantiene. Pongamos pie en pared antes de que la distopía de la guerra racial sin cuartel se haga realidad por Europa.

Artículo publicado en el diario El Debate de España


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