Por Benedicte Bull, Andrés Rivarola Puntigliano y Jussi Pakkasvirta 

Durante y después de la Guerra Fría, los países nórdicos asumieron un papel como baluartes de los derechos humanos y la democracia en América Latina. A pesar de haber pertenecido a diferentes constelaciones internacionales (Noruega y Dinamarca como miembros de la OTAN y Suecia, Finlandia y Dinamarca, de la UE), crearon su propia proyección internacional, representando un “modelo nórdico, democrático, inclusivo y solidario».

Ahora que Finlandia ya es miembro de la OTAN y Suecia avanza en su proceso de ingreso, esta proyección internacional se pone a prueba. El mundo cambia hacia nuevas constelaciones geopolíticas, marcadas por la rivalidad entre Estados Unidos y China, y una UE que busca reubicarse por medio de la llamada “autonomía estratégica”. Para los países nórdicos, la solución debe ser trabajar en conjunto para que la democracia, el medio ambiente y los derechos humanos sean tomados en cuenta. En este sentido, se podrían retomar los elementos de proyección del “modelo nórdico” y actualizarlo a lo que llamaríamos “solidaridad estratégica”.

Una prioridad de la “autonomía estratégica” es retomar cuanto antes la reconexión entre Europa y América Latina. Para hacerlo, la UE ha hecho una nueva estrategia para América Latina y recientemente, tanto Josep Borrell como Ursula von der Leyen, han visitado la región, a fin de impulsar esta línea, y en julio habrá una cumbre birregional en Bruselas. No hay duda de que la región es crucial para el equilibrio ecológico del planeta. Con más del 50% de la biodiversidad, representa el 14% de la producción mundial de alimentos, el 45% del comercio internacional neto de productos agrícolas y alimentarios y tiene la mayor proporción de energía renovable del mundo (61% en 2021).

América Latina también tiene recursos claves para la transformación de la UE en su proyección denominada Green New Deal. Por medio de este ambicioso plan, se reducirán las emisiones netas de gases de efecto invernadero en al menos 55% para 2030. La región latinoamericana tiene alrededor de 60% de las reservas mundiales de litio, 70% de las de cobre y reservas de níquel y cobalto. Todo esto es fundamental para el cambio de la matriz energética, donde un punto clave es la producción de baterías para vehículos eléctricos.

En lo más alto de la agenda de la visita de Von der Leyen a América Latina estaba la consolidación de la relación con Chile, con un papel clave en la exportación de litio y cobre, así como la promoción del proceso de ratificación del acuerdo comercial entre la UE y el Mercosur (Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay). Aunque el acuerdo ha estado en negociación desde 2002 y se firmó un acuerdo en 2019, todavía hace falta que sea aprobado en los Parlamentos de países de la UE y del Mercosur. La Comisión Europea ve esto como una prioridad, dada la pérdida de espacio económico y político que ha tenido la UE en América Latina, donde Estados Unidos, China y otros países avanzan rápidamente y adoptan nuevas políticas para vincularse más estrechamente con la región.

Mientras se construyen alianzas más cercanas en torno a las grandes potencias del mundo, los principales políticos de América Latina han defendido, por su lado, lo que se denomina «no alineamiento activo». En realidad, esto no es tan diferente de la “autonomía estratégica” de la UE. Vale decir, un intento de cumplir con los intereses nacionales sin depender de otros Estados ni ser manipulados por ellos.

Entre los problemas que tiene la UE para avanzar en las negociaciones con el Mercosur están las críticas de organizaciones ambientalistas que temen un aumento en la deforestación de la selva amazónica. Lo mismo pasa con respecto a la extracción de minerales y sus consecuencias con relación al medioambiente y los derechos humanos, algo que ya ha creado importantes conflictos en gran parte de América Latina. El término «colonialismo verde» con respecto a las inversiones “renovables” se escucha cada vez más tanto en el extranjero como en la región.

A la vez, hay quienes llaman a los estándares socioambientales de la UE para acceder a su mercado como “proteccionismo encubierto”. Estos resquemores deben ser tomados en cuenta, sin bajar los estándares ambientales. Una manera de hacerlo sería considerando dimensiones “solidarias” que tomen en cuenta la necesidad de los latinoamericanos para asegurar el acceso a tecnología y capital para construir su propia industria e integrarse a cadenas de valor más avanzadas. Las empresas de la UE tienen en Latinoamérica un socio ideal para cumplir los criterios ESG (por sus siglas en inglés, environmental, social and corporate governance), al mismo tiempo que pueden desempeñar un papel clave en el apoyo a América Latina en cuanto al proceso de transformación en productor de materia prima a proveedor de alta tecnología.

Los países nórdicos pueden desempeñar un papel clave en el acercamiento entre Europa y América Latina. El contacto con la región nórdica se remonta a los orígenes de los Estados nacionales latinoamericanos. Los nórdicos no tienen una “carga colonial” directa y el “modelo nórdico” es bien visto por amplios sectores de la sociedad latinoamericana. Aún se mantiene en la región el recuerdo de la solidaridad nórdica durante la Guerra Fría, cuando estos países ejercieron un papel importante como mediadores de la paz y receptores de miles de refugiados políticos latinoamericanos.

América Latina es, para la UE y los nórdicos, una de las regiones más cercanas en términos de valores y sistema político, algo que potencia lo que hoy se denomina friendshoring. Los nórdicos deberían actuar en conjunto, a fin de promocionar a Europa como socio atractivo para América Latina no solo para los inversores, sino también en lo que respecta a temas medioambientales y sociales.

Por ello, proponemos reemplazar la “autonomía estratégica” por el concepto de “solidaridad estratégica”, con el fin de promover la construcción de una política birregional que funcione como plataforma para ambas regiones para lograr una proyección autonómica conjunta en el nuevo contexto geopolítico global.


Benedicte Bull, catedrática, de la Universidad de Oslo

Andrés Rivarola Puntigliano, catedrático, de la Universidad de Estocolmo

Jussi Pakkasvirta, catedrático, de la Universidad de Helsinki

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