La crisis colombiana es colosal. El país vecino no tiene un solo elemento de su dinámica que no deba enfrentar las dificultades que está produciendo la declaratoria de las FARC de estar determinada a volver a las andadas: la macro y la microeconomía, el desenvolvimiento social, la política interna y externa, la promoción de inversiones, la creación de un clima propicio a los negocios industriales, los del campo y los de los servicios, el control del hampa, la seguridad interior, la batalla contra el narcotráfico y la contención del terrorismo, las prioridades educativas, el ordenamiento territorial, la asimilación de las migraciones venezolanas. No existe resquicio que no vaya a ser afectado por esta guerra que ha sido declarada desde su interior por parte un grupo sin moral y en perversa alianza con el gobierno malandro de Nicolás Maduro.

Para cualquier gobierno fuerte, la metástasis que se está reactivando dentro de sus entrañas representa un reto colosal. Para un gobierno débil como el de Iván Duque, esta diana anuncia un total colapso. Y no pareciera que ni del otro lado de la frontera, ni de este, nos estamos tomando la coyuntura suficientemente en serio.

Un agudo analista de los hechos de su país, el periodista colombiano Eduardo Mackenzie, define la situación: “El incendio se extiende pero algunos no ven ni el humo. La situación actual es comparable a la que vivía Colombia en los peores tiempos de Tirofijo. Con un agravante: Tirofijo no tenía un Nicolás Maduro, es decir una dictadura comunista, respaldada por Rusia, China, Irán y Cuba y, sobre todo, con 2 200 kilómetros de frontera con Colombia y dispuesta a ayudarlo con todo. Existía la distante URSS, sí, pero hoy hay más financistas, redes y estructuras de coordinación anticapitalista que antes, que siembran la división. Cuando Caracas y La Habana vieron que el Grupo de Lima y el señor Trudeau se oponían “al uso de la fuerza  para forzar la marcha de Nicolás Maduro”, en febrero pasado, el castrismo recuperó la iniciativa.

Si el efecto de esta nueva declaratoria de guerra es atroz para los neogranadinos, para Venezuela la consecuencia de la penetración de la subversión en nuestro territorio, de su alianza con el ELN y con otras formas de terrorismo es superlativa. La explotación del negocio del narcotráfico unido al soporte a actividades extractivas ilegales en nuestro suelo terminarán de acelerar el caos que se viene gestando desde hace dos décadas con la ayuda de Cuba. Este servirá para atornillar en nuestro interior a este régimen que no cuenta con ningún otro refugio geográfico planetario para sobrevivir o para continuar con sus fechorías, y se convertirá en su asidero económico indispensable, ahora que de la explotación petrolera venezolana no queda sino el bagazo.

El asunto no es para ser visto de manera banal por ninguno de los dos lados de la frontera ni por parte de otros paises. Este eje del mal que acaba de recibir formal bautizo por parte de la insurgencia armada se convertirá en un poderoso contrapeso a todas las iniciativas de salvamento y de paz que sean emprendidas por el gobierno de Colombia, como de los esfuerzos libertarios del diezmado equipo de Juan Guaidó. Ahora sí que nos hemos transformado, Colombia y Venezuela, en un verdadero binomio destructivo que sumará las fortalezas criminales que se han desarrollado de los dos lados del Arauca y las exportará al resto del subcontinente.

Un solo elemento a favor de la independencia de estos dos países de estas fuerzas del mal tiene que ver con el sentido de urgencia que la alianza le imprime a acciones de terceros capaces de revertir el curso de desastre hemisférico que se está fraguando frente a los ojos del mundo.

Ha llegado la hora de la acción y no de las declaratorias. La última palabra la tendrá, por cierto, la América de Donald Trump.