Escribo este artículo desde las fronteras del desgano que origina tanto desencuentro, tanta insensatez, tanta falta de sentido común en el territorio opositor. Hace apenas 11 meses, de la noche a la mañana, sin que nadie lo esperara, un pueblo resignado y sin aparente fuerza para luchar, se levantó como el ave Fénix en los brazos de esa joya, tan susceptible, como vulnerable, que solemos llamar esperanza y el país entero pareció tomar el vuelo para llegar a la tan ansiada libertad. Las razones que llevaron a 90% de los venezolanos a ubicarse en el campo abierto de la batalla por el cambio, son por todos conocidas: cambio en la directiva de la AN, designación de Juan Guaidó como su presidente, quien anunció una nueva ruta, exigiendo en primer término el cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres.

No hubo centímetro de tierra en el globo terráqueo que no le prestara atención a lo que estaba sucediendo en Venezuela. Una oposición desarmada estaba poniendo contra la pared a un régimen despótico que se había dedicado durante 20 años a destruir la democracia utilizando los recursos de la democracia, dedicado durante 20 años a burlarse y a engañar a un pueblo mermando su capacidad de protesta con métodos de violencia extrema, que está señalado por cuantiosos expedientes por ser un violador incansable de los derechos humanos, que ha llevado a la ruina al país que en esta América Latina tenía mayores posibilidades de entrar en el primer mundo, un régimen ya sin aliento popular gracias a las perversas decisiones que fue tomando contra la misma ciudadanía, pero armado hasta los dientes y constituido además por las distintas mafias que se fueron formando en los dominios de la más espantosa corrupción que se haya conocido y, como si fuera poco, bajo la dirección del castrocomunismo,  con métodos de violencia extrema. Toda una dantesca  realidad que finalmente constataron los países democráticos del mundo y que dieron pie a que los gobiernos de todos los países democráticos fueran reconociendo como presidente legítimo a Juan Guaidó por ser el presidente del único poder legítimo de Venezuela, título que había logrado con el aplastante triunfo de la oposición en las parlamentarias de 2015.

Internamente la voluntad de cambio aumentó a niveles nunca antes visto, porque se convirtió en el deseo manifiesto de todo un pueblo, logrando con ello la unión perdida entre pueblo y oposición. Sin embargo, toda vez que en el mundo opositor ha primado la insensatez, los intereses grupales hicieron su aparición y la batalla que debía ser exclusivamente entre oposición y régimen usurpador tomó un curso indeseado al dividirse entre los que reclamaban una intervención extranjera con a la cabeza los marines y los que querían agotar las líneas de conducta de la democracia, división que también ocurrió en el mundo externo, cuando aparecieron dos posiciones: las insinuadas por Trump y sus colaboradores más inmediatos, y la contraparte representada por el Grupo de Lima y la Comunidad europea que siempre sustentaron un cambio a través de un proceso electoral verdaderamente libre y confiable.

De allí hasta hoy han transcurrido 11 meses y es mucha el agua que ha corrido debajo de ese puente, tanta y de tan variados niveles de impureza que hoy, faltando un mes para que finalice la era Guaidó, estemos a punto de tragarnos de nuevo la medicina envenenada de un gobierno usurpador con todos los poderes en sus manos, si la oposición sigue en la insensatez de mantenerse dividida cuando se abra la batalla entre elecciones y abstención.

Es de hacer notar que esas elecciones son obligatorias, que una vez celebradas y en el supuesto caso de que ganara el régimen, cosa posible si no hay una efectiva y profunda unidad, el régimen que preside nominalmente Maduro, procedería, a través de la nueva AN, a elegir un nuevo TSJ, a hacer lo mismo con los restantes poderes, a liberar algunos de los presos emblemáticos de la oposición, o bien dándole libertad restringida o facilitando sus respectivos exilios, logrando así dar una apariencia de normalidad con la que pondría en funcionamiento las presiones necesarias para que las sanciones que pesan en su contra, cesen, cuestión que dependerá estrictamente de lo que determine la geopolítica en la que intervendrán como actores Rusia, China, Irán, Turquía, Corea del Norte, la comunidad europea con cambios muy sensibles al tener a Sánchez y a Iglesias conduciendo la política exterior de España y ahora con Borrell en sustitución de la Mogherini, lo cual significa no poca cosa, y por la otra banda Canadá, Estados Unidos, que pasa a ser una incógnita porque dependerá de la reelección o no de Trump y de cuál de los demócratas resultará favorecido, porque sus aspirantes a la Presidencia no son todos iguales, ni piensan de la misma manera, allí hay comunistas, populistas, pseudodemócratas y demócratas. Este es el campo de juego para una oposición que en enero de este año se veía victoriosa y que hoy se debate entre ser o no ser.

Aquellos que estén pensando en que jugando de nuevo a la abstención la correlación de apoyos externos será igual, es mejor que se vayan bajando de esa nube, porque ya desde este mismo momento esa correlación ha ido cambiando de manera significativa gracias a unos todavía inciertos resultados electorales. A los que están pensando que el régimen se sentirá perturbado por el rechazo de algunos países si llegaran a ganar unas elecciones fraudulentas como las está planteando el régimen con la ayuda de tres o cuatro “opositores” que, a no dudarlo, perderían una elecciones en su casa, de no dar la oposición toda y en una sola línea la batalla final por unas elecciones verdaderamente libres, para lo cual hay tiempo, pero no sé si líderes dispuestos a dar esa Gran Batalla hasta llegar a un final victorioso, les recuerdo que si algo no conoce un régimen totalitario y mucho menos uno como esté formado, como lo dije antes, por mafias nacidas de la corrupción, la intervención de grupos terroristas ELN, FARC; Hezbola, y la participación del narcotráfico, son la vergüenza, el pudor y la opinión de sus enemigos. Este es el escenario que nos espera y en el cual el más importante de los protagonistas, es ese pueblo tantas veces cantado por sus aduladores como un bravo pueblo que vive en estado de supervivencia y que solo estaría dispuesto a dar la pelea cuando el liderazgo opositor, le abra los ojos.

Me encantaría pensar y decir que los abstencionistas no van a abstenerse, pero no es así. Hay en ese bando líderes extremistas que no cesarán con sus prédicas, sin darse cuenta que el régimen está contando con ellos para salirse con la suya hecho que los convertiría en los mejores y mayores colaboracionistas que ha tenido a lo largo de estos muy dolorosos veinte años de opresión castro comunista.