El ascenso de Skywalker es el de la descendencia de los Jedis en oposición a la primera orden de los Sith.

Rey protagoniza la acción dramática, guiada por el espíritu de master Luke y la princesa Leia (en su trance de alcanzar el destino de la actriz Carrie Fisher).

El filme recibe críticas a diestra y siniestra de los fanáticos de la saga original.

Los puristas exigen una originalidad narrativa que nunca fue prioridad del creador George Lucas, al revisar conscientemente el legado argumental de sus ancestros.

Por tanto, desde la primera hasta la novena, estaba claro que se contaría una nueva versión del monomito del viaje de un intruso benefactor, de un mesías de la galaxia que enfrentaría al poder único de un determinado contexto, que primero fue condicionado por la guerra fría y el desplome de la era Nixon, que luego interpretó la caída de ciertas libertades republicanas en la era de Bush, y que finalmente expresa el devenir de la decadencia de las hegemonías populistas contemporáneas.

El fantasma de Palpite, un anciano déspota y autoritario, recorre el mundo en la actualidad del impeachment de Trump, de la impostura conservadora de Bolsonaro, del fiasco histórico de los proyectos de izquierda en el eje de Latinoamérica.

El villano también porta mil máscaras, como diría Joseph Campbell, intercambiando su rostro por el de los Maduros que desean reinar por siempre, a fuerza de golpes y conspiraciones de círculos del terror.

El giro singular de la última cinta de la tercera trilogía reside en proponer una idea inquietante que se resuelve en una duración de tres horas que pasa con la velocidad de arrastre de un Halcón Milenario en turbo, amén del genio de un clásico por derecho llamado J. J. Abrahams, quien nos hace copartícipes de su gozo estelar por los colosos que lo precedieron, en un tributo a la rebelión de los setenta que corrige los problemas y los defectos digitales de los fallidos episodios.

En efecto, el espectador no tendrá que preocuparse por la presencia incómoda de un secundario como Jar Jar Binks, el engendro de CGI, el backlash informático que despertó la ira de las audiencias, al punto de reclamar su pobre cabeza en un plato.

De los fracasos se aprende y por eso Disney ha metabolizado los errores de la franquicia a su favor, entendiendo que debe volver a sus orígenes, a sus cauces naturales y tecnológicos, pero adaptándolos a los gustos de las sensibilidades y tendencias que revientan la taquilla, dentro del algoritmo de éxitos como Black Panther, Avengers, Capitana Marvel y Frozen 2, lo cual explica el reforzamiento femenino, que no feminazi, de los capítulos recientes, jugando en dos bandas, pues el streaming ofrece el modelo tradicional del hombre redentor en Mandalorian, mientras que el Theatrical apuesta por el reconocimiento y la expansión del fenómeno del empoderamiento de la mujer en los relatos que antes dominaban los Neos, los vengadores y los Harry Potters.

El asunto levanta una polvareda en red que la compañía aprovecha en su beneficio y rendimiento financiero, sabiendo que el tema moviliza, polariza y abre debates sobre cuestiones como la igualdad de género en la industria, la inclusión, la proporcionalidad y el propio uso del lenguaje.

Por supuesto, la corrección e incorrección política de ocasión utilizará el estreno del cierre de 2019, para impulsar sus agendas binarias y restrictivas, a la sazón de sus dilemas y espectros de diseño.

Las lecturas flojas, melodramáticas y exageradas abundan por doquier en la red de la posverdad, advirtiéndonos de los influjos negativos del marxismo, del liberalismo, del machismo, del hembrismo, del imperialismo, del colectivismo, del violador eres tú y pare usted de enumerar eslóganes trillados.

Despojándome por completo de prejuicios e impresiones propagandísticas, he disfrutado del evento de El ascenso de Skywalker como una digna clausura de una idea modesta y pequeña que creció en la mente brillante de un tal George Lucas, para erigirse en un ejemplo y modelo de emprendimiento global que camina por su cuenta, reconciliando al planeta en la ilusión del entretenimiento más puro y aventurero que el dinero de un ticket puede comprar.

Es un detalle, que conversaremos por años, la definición magistral del conflicto de Rey, como un campo de atracción del lado oscuro y de la fuerza, de lo bueno y de lo malo, de lo apolíneo y lo monstruoso, de lo anticuado y posmoderno, de los chicos y las chicas, de lo viejuno y lo fresco, de los artificios y las diversidades humanas que componen la Capilla Sixtina de la Guerra de las Galaxias.

Es una belleza que la conclusión admita que sin sombra no hay luz, que sin pasado no hay presente, que la entropía del infierno precede a la victoria de la resistencia.

Me quedaré con la esperanza que depara El ascenso de Skywalker para el futuro de 2020, donde necesitamos dejar las diferencias a un lado en aras de salvar lo que nos resta de vida, de país y de mundo.