Más de un año de pandemia. El cansancio ciudadano se ha transformado en lo que se ha denominado fatiga pandémica, consistente en que los comportamientos responsables descansan esencialmente en el uso de mascarillas, normas de profilaxis y aireación, imposibilidad de realización de vida social. Los comportamientos irresponsables se relacionan con el olvido de lo anterior y el deseo de acortar semanas o meses en la vuelta a la normalidad.

Los ciudadanos están respondiendo a veces enfurecidos ante la larga etapa ya recorrida y la incerteza de la que queda por transcurrir. Todo ello lleva a un incremento de la desconfianza en los poderes públicos y a la búsqueda individual de soluciones de defensa ante la enfermedad que recorre el mundo.

Empieza a verse que, a pesar de todo, hay diferencias entre los países más ricos y los más pobres. Entre los primeros, el porcentaje de personas vacunadas es relativamente alto; entre los segundos, ínfimo. Los llamamientos de Naciones Unidas a repartir los cargamentos de vacunas no parecen tener excesivo éxito, aunque hay esfuerzos de reparto, unos teñidos de propaganda política y otros parece que con un contenido más solidario. Es importante tener en cuenta que una de las enseñanzas que debe dejar esta pandemia, que nos prepare para otras calamidades que puedan llegar, es que somos ciudadanos del mundo, que debemos ser cosmopolitas: La persona es ciudadana de su comunidad y en esta pandemia se preocupa por la gente sin hogar de su comunidad y por reconstruir su ciudad. Y a la vez es ciudadano del mundo. (Adela Cortina, 2021)

Sin embargo, tenemos la impresión de que en la pandemia todo impulsa hacia dentro. No salimos de casa, las empresas de delivery nos traen los alimentos a casa o salimos a comprar lo imprescindible, se nos impide salir de nuestra ciudad o incluso del barrio. Los consumos de televisión alcanzan altas cotas desconocidas y las de telefonía e Internet han superado con creces la extensión de su alcance. Estamos solos con nuestra más cercana familia conviviente. A pesar de las pequeñas transgresiones, es evidente que las relaciones sociales han disminuido. Aunque hayan aumentado las conexiones digitales mediante las plataformas de videoconferencias, es evidente que el virus potencia el narcisismo. Durante la pandemia todo el mundo se confronta sobre todo con su propio rostro. Ante la pantalla nos hacemos una especie de selfi permanente. (Byung-Chul Han, 2021).

De todo nos cansamos, decía mi abuela. También de la pandemia, pero nuestro deseo es que sobre todo aprendamos para no volver a equivocarnos y confiar absolutamente en las fuerzas individuales. Lo público tiene un inmenso valor y probablemente ha llegado la hora en esta coyuntura, de fortalecerlo, para que el futuro nos encuentre más preparados.

En numerosos países ha habido un renacer de los populismos, que recuerda, a veces con otros colores, a los años treinta del siglo pasado en Europa. Con palabras se llenan los mítines e incluso las urnas, pero no se solucionan los problemas, a los que hay que enfrentar con políticas públicas realizadas con  inteligencia, planes y recursos .Tienen razón los que señalan que quizá estemos ya demasiado hartos de guerreros y prefiramos a los gestores tranquilos. (Soledad Gallego Díaz, 2021).

El ciudadano conforme (Justo Zambrana), que ya no se preocupaba de la transformación social, ha pasado a ser disconforme y protestón, distante de sus dirigentes y demasiado egocéntrico. Las administraciones deben contribuir a recuperar el ser social de los ciudadanos, que no vivirán todo el tiempo entre cuatro paredes y una pantalla, sino que deben también intervenir en los asuntos públicos y en la vida social.

Preocupa también que en las administraciones y servicios públicos la atención al ciudadano se reduzca solo a la gestión digital. Hay otras muchas actividades que conviene realizar presencialmente y habitualmente son más fructíferas para los ciudadanos, especialmente para aquellos que no gozan de grandes capacidades de interconexión. Ello suele ser, además, patrimonio de los más desfavorecidos y alejados de los centros de decisión.

En la actualidad, el ciudadano no está  satisfecho por la distribución de las vacunas, por la solución dada por los gobiernos a las dificultades de distribución o las tropelías cometidas por los dirigentes al autoasignarse puestos de privilegio en las colas de vacunación. Hora es de hacer que las políticas públicas de salud pública y sanitarias mejoren la convivencia ciudadana y no que contribuyan a distanciar aún más a los ciudadanos de sus gobiernos.


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