A la memoria de George Floyd, de Domingo Choc Che y de Diego Arellano

…Importante y relevante es nacer inteligente

Por eso mantente de frente, alerta, consciente

Orgulloso de tu continente muévelo para adelante

Y siempre levanta la frente

(“El racismo es una enfermedad”, Desorden Público, 1997)

 

El pasado 25 de mayo, George Floyd fue asesinado por un agente policial de Minneapolis, Estados Unidos de América. La razón fue el abuso de poder del funcionario explicado por el color de piel de Floyd. El reciente 6 de junio, Domingo Choc Che fue brutalmente asesinado por un grupo de personas en Petén, Guatemala. El maestro Choc Che era una referencia internacional del conocimiento del mundo natural y de la sabiduría maya. En mayo de 2017, Diego Arellano fue asesinado en medio de una protesta en mi pueblo, San Antonio de los Altos, Venezuela. Mi amigo Diego fue ultimado por un funcionario de seguridad que abrió fuego irresponsablemente y hasta ahora el crimen se mantiene impune.

El asesinato de George Floyd ha sido repudiado por la sociedad internacional y ha desatado fuertes manifestaciones en Estados Unidos, así como en otras naciones. Tal vez no tan global como la pandemia del covid-19, el asesinato de Floyd ha tenido efectos interesantes. En Bélgica, manifestantes arremetieron contra la estatua de Leopoldo II, quien fue monarca de ese país entre 1865 y 1909, logrando que las autoridades la retiraran. El antiguo rey (1865-1909) es reconocido como autor de los más atroces actos contra los habitantes del Congo, territorio entonces colonizado por el país europeo. En Londres, manifestantes atacaron la estatua de Winston Churchill, quien es reconocido por sostener la supremacía de la raza blanca.

El brutal asesinato de Choc Che, no mediatizado a nivel internacional, tiene un impacto profundo en los derechos de los pueblos originarios de nuestro continente, pero también en el desarrollo mundial de la ciencia. Domingo Choc Che era Ajq’ij (guía espiritual) y Ajilonel (herbalista). Estaba trabajando con otros practicantes de la medicina maya o conocimiento tradicional en los proyectos de la Universidad de Zurich, el University College en Londres y la Universidad del Valle de Guatemala. Estaba compartiendo y divulgando su inmenso conocimiento sobre plantas medicinales. Su maestría en la observación botánica y la biodiversidad era un verdadero tesoro valorado por y a quién sus vecinos acusaron de “brujería”.

El asesinato de mi amigo Diego se produjo en uno de los picos más altos de la agitación social en Venezuela. Cuando se produjo el homicidio, el mismo no pasó inadvertido y no será olvidado, pero por ahora se mantiene impune. El crimen contra Diego no es aislado en un contexto basado en el odio por las diferencias. En cualquiera de los casos arriba señalados, la constante es siempre la misma, la ausencia de un efectivo Estado de Derecho.

En el caso de Venezuela es polémico hablar de racismo. De inmediato, miles de voces se lanzan a decir que el pueblo venezolano no es racista. Muchos tenemos ascendencia africana, europea, asiática, árabe y por supuesto indígena. Es probable que esa mezcla de etnias en cada familia sea la razón de la resistencia al término. Así, diversa y controversial es Venezuela, así como los pueblos del mundo, si hablamos de etnicismo.

Donde no hay discusión, al menos entre demócratas, es en que el régimen liderado por Nicolás Maduro, y antes por Hugo Chávez, ha sido inspirado por el odio. En este sentido, el régimen creó intencionalmente mecanismos para excluir a quienes buscan construir un Estado de Derecho transparente. Así mismo, el régimen crea las estrategias para dividir la ciudadanía y evitar a cualquier precio perder el poder. Las acciones del régimen han demostrado que el mayor interés por generar odio es construir un espacio de impunidad destinado al crimen, el cual rinda beneficios para una élite.

La reciente declaración del exsecretario de Defensa de Estados Unidos James Mattis, acerca del presidente Donald Trump, permite distinguir una semejanza en cuanto a la ciudadanía. Para quien fuera el responsable de la defensa de ese país, el mandatario aviva deliberadamente la división entre los estadounidenses. Su liderazgo es definido por numerosos analistas como populista, tal como fue Chávez y en alguna medida Maduro. Trump ha sabido polarizar la sociedad global a través de un fuerte discurso populista, basado en la supremacía de la raza blanca, la religión cristiana y la predominancia de la cultura occidental, sobre todas las demás.

Una situación similar, al respecto de etnicidad, vive Guatemala. Desde el tiempo de la Colonia los pueblos indígenas de ese país han sido víctimas de la exclusión basada en la raza. Durante el conflicto armado interno que vivió este país, en parte originado por la división racial, los gobiernos de turno trataron intencionalmente de eliminar a los pueblos indígenas. En el caso del asesinato de Chuc Che, falta esperar el resultado de las investigaciones, pero con seguridad sería una muestra de que el odio no solo es el producto de una lucha de clases. También, el odio puede ser resultado de políticas públicas no determinadas para la protección de la cultura, especialmente ancestral.

Según Naciones Unidas (S/2004/61) el Estado de Derecho se refiere a un principio de gobierno según el cual todas las personas, instituciones y entidades, públicas y privadas, incluido el propio Estado, están sometidas a unas leyes que se promulgan públicamente, se hacen cumplir por igual y se aplican con independencia. El Estado de Derecho no es solo el cumplimiento de las leyes y la denuncia de su transgresión. Para que esas leyes tengan observación y cumplimiento deben ser aceptadas por la mayoría democrática, es decir, con respeto a la minoría, porque de eso se trata la democracia. En otras palabras, el Estado de Derecho debe estar basado en la compasión y en la tolerancia, esta última entendida como el reconocimiento y aceptación de las diferencias, de otra forma, el odio seguirá presente en nuestras sociedades.

Los asesinatos de George Floyd, de Domingo Choc Che y de Diego Arellano poseen un denominador común, la debilidad del Estado de Derecho. Solo la activa participación de la ciudadanía será capaz de revertir esta realidad. La ciudadanía está obligada a vencer el conformismo y generar formas eficaces de participación para asegurar la elección de líderes capaces de dirigir los cambios y asegurar la debida protección de todas las personas. No es un proceso inmediato, pero es posible lograrlo si nos mantenemos de frente, alerta, conscientes y orgullosos.

 

 


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