El 14 de septiembre, los ataques aéreos con 18 drones y 7 misiles a las refinerías de Abqaiq y Khuraris interrumpieron temporalmente más de la mitad de la producción de crudo de Arabia Saudita (5,7 millones de barriles día) y redujeron momentáneamente la capacidad sobrante de petróleo a nivel mundial. Las investigaciones conducidas por expertos sauditas y estadounidenses determinaron con alta probabilidad que el ataque fue lanzado desde una base iraní cerca de la frontera de Irán-Irak.

El régimen de los ayatolás negó inmediatamente su responsabilidad en el ataque. Mientras los rebeldes hutíes en Yemen, en una guerra fratricida contra los sauditas, se hicieron responsables del acto. Sin embargo, el ataque a las instalaciones petroleras de Saudi Aramco calza dentro de las acciones tácticas que Irán ha venido desarrollando desde mayo en la región del golfo, cuando Donald Trump puso fin a todas las exenciones para la compra de petróleo iraní.

Escalar la crisis en el golfo Pérsico es una estrategia arriesgada para el régimen islámico de Irán. Sin embargo, es la respuesta a la de Washington de “presión máxima”.

Las sanciones impuestas por el gobierno de Trump han hecho que la economía iraní reciba un gran golpe. El FMI estima que el PIB se reducirá 6% en 2019 y las exportaciones petroleras han caído de 1,9 millones de barriles/día en marzo a 578.000 barriles/día el 14 de este mes, según los datos de TankerTrackers.

La estrategia inicial del régimen de los ayatolás fue resistir la “presión máxima” ejercida por la Casa Blanca, obviando las sanciones impuestas por el gobierno de Trump. Pensaron [los ayatolás] que cumplir con el acuerdo nuclear de 2015 le serviría de aval para mantener las relaciones comerciales con Europa. No lo lograron. El sistema financiero internacional basado en el dólar hizo que las grandes empresas europeas se abstuvieran de seguir intercambiando bienes y servicios con el régimen iraní.

En consecuencia, los líderes de Irán pasaron a la ofensiva el pasado mes de mayo para contrarrestar la “presión máxima” estadounidense. La nueva estrategia busca elevar el costo-beneficio para Washington y el mundo. Irán calculó que agrediría a Estados Unidos al atacar a sus aliados e intereses.

Al principio fueron ataques contra petroleros sauditas y emiratíes, y navíos comerciales en la zona del golfo Pérsico, generando una amenaza a 20% del suministro de crudo a nivel mundial que navega por el estrecho de Ormuz. Hasta derribó un dron militar de Estados Unidos. Sin embargo, estas acciones, que llamaron la atención del mundo y parecían diseñadas para evitar las muertes de civiles o provocar una respuesta militar estadounidense, no lograron su objetivo, sostener un incremento del precio del petróleo. Porque en el mercado petrolero hay abundancia y exceso de oferta de crudo en relación con la demanda mundial.

Por lo que Irán buscó escalar el conflicto con el ataque a las refinerías de Saudi Aramco, cortando 6% de la producción mundial. En ese momento, las consecuencias eran a nivel de la economía global. Además de complicar las perspectivas de reelección de Trump, que se basan en gran medida en la fortaleza de la economía estadounidense.

Con el escalamiento del conflicto, Irán apuesta a una estrategia geopolítica, enviando un mensaje al mundo: la hostilidad contra el país islámico se esparcirá por todo el Medio Oriente e interrumpirá el suministro global de petróleo.

Una situación que deja a Trump y al mundo con un conjunto de opciones riesgosas, desde la retaliación militar de Estados Unidos –con consecuencias mayores, una guerra en el golfo Pérsico– hasta la no intervención americana que intensificaría la guerra fría entre Arabia Saudita e Irán y amenazaría los mayores flujos comerciales de petróleo desde el Medio Oriente hacia Europa, Asia-Pacífico y Estados Unidos.

A la estrategia de “presión máxima” de Trump, los ayatolás responden encendiendo las fuerzas del caos y el conflicto en la región. Ante este escenario, Trump busca un acercamiento con Rouhani para negociar un acuerdo de mayor alcance sobre temas nucleares y de seguridad. En esta ocasión, Irán pone como condición el levantamiento de las sanciones estadounidenses.

Por ahora, parece que con el escalamiento del conflicto, Irán marca el tempo.