I

Vamos con la procesión por dentro. No hay un venezolano que no tenga una retahíla de nudos en la garganta. Yo tengo una ventaja sobre muchos, los puedo contar, y eso ayuda porque es un desahogo. Cambio las lágrimas por el tecleo de las palabras.

Pero no solo por eso he decidido contar. Sacar tanto sufrimiento de mi sistema interno me va a ayudar a sanar; pero como periodista, debo cumplir con recoger lo que he vivido como prueba de que el chavismo es la madre de todas las miserias.

Cuando viajé a La Habana en 1995 tuve la oportunidad de visitar un hospital. Y oportunamente lo hice después de hablar con muchos “voceros” de las comunidades que me contaron maravillas del sistema primario de atención de salud. Aquel mito de un médico en cada cuadra, recuerdo. Aquella vez concluí que el cubano no se enferma, sino que traga muy grueso, sobre todo los que les toca repetir la mentira del régimen.

También bromeaba con la idea de que entre la dieta hipocalórica y correr tras la única guagua, todos eran saludables. Pero no es así, lo sabemos.

II

Entré por una puerta trasera al hospital. Me metió clandestinamente el chofer que habíamos contratado para que nos hiciera el transporte en una ciudad desolada, todo el mundo estaba en su casa sin poder salir. Era época de “elecciones” (sí, pongo las comillas para ironizar).

Mi interés no era del todo inocente. Había pedido que me ayudaran a conseguir placenta de ovejo, que los médicos cubanos supuestamente usaban para tratar enfermedades de la piel. Mi hermano el médico homeópata me pidió que le trajera, y yo de loca hice las diligencias para conseguirla.

Tan desolado como la ciudad estaba el hospital. Inmaculadamente limpio. Sin ruido, sin trajín, sin pacientes. Algunos médicos con sus batas blancas se dejaban ver por los pasillos. Obviamente no tenían trabajo. Lejos de ellos estaba la real epidemia, el hambre. Como no la veían, no trataban de curarla.

Hay algunos registros de casos de ceguera en Cuba. Algunos afirman que el origen real de ese padecimiento es la malnutrición, pero como todo en una dictadura, poco se puede saber y mucho menos confirmar.

Quién sabe cómo los médicos cubanos trataron estos casos, si los hubo. Pero era difícil para mí imaginarme incluso en aquella época del siglo pasado que algún hospital cubano se hubiera convertido en aquel dantesco recinto que describía José Saramago en su Ensayo sobre la ceguera.

III

Se abre la puerta del ascensor que lleva al área de Emergencias. Inmediatamente un olor nauseabundo me golpea la cara y me produce ganas de vomitar. Muy cerca está la morgue y está llena. Camino poco a poco hacia el área de radiología y el paisaje olfativo va cambiando, ahora huele a excrementos y sangre, todo junto.

Hay poco espacio para transitar porque de lado y lado del pasillo los enfermos esperan ser atendidos. Algunos consiguen un lugar en el piso manchado y pegajoso para sentarse. Otros reciben tratamiento de las enfermeras en cualquier rincón.

Paso por delante de la sala de trauma, donde semanas antes me pusieron el tubo que me drena el pulmón. Las camillas están llenas pero ya no está el hombre que sobrevivió a duras penas de un accidente y que con dificultad respiraba. Flaco como un palo seco, con el pecho hundido por el golpe y la cabeza hinchada. Se habrá muerto. Los mismos internos y residentes lidiando con el poco aseo y las ganas de salvar vidas.

Llego al área de radiología. La cola de pacientes es inmensa. Hay muchos niños con brazos y piernitas fracturadas. Desde bebés hasta escolares. Todas las madres coinciden en que se cayeron mientras jugaban. Alguna se atrevió a hablar conmigo: “Esto es producto del hambre, señora. Cuando yo era niña a nadie se le rompía un hueso por caerse. Pero mi niño tiene el brazo fracturado casi de nada. Tiene tiempo que no toma leche, y entonces ¿cómo le llega calcio a los huesos?”.

Ella sabe pero no puede hacer nada. La epidemia del hambre mata. Lo más doloroso es que lo hace lentamente y a veces sin darnos cuenta.

La visión de Saramago está plasmada en esa Emergencia. La visión del infierno de Dante también. Pero este no es el infierno, es el chavismo.