La dictadura se encuentra viviendo uno de sus peores momentos. Su tozudo empeño en mantenerse copando los espacios del poder la ha llevado a una situación de aislamiento severo. Ya ni sus tradicionales socios le ofrecen apoyo político amplio y suficiente, ni mucho menos le otorgan auxilios económicos, vía créditos o transferencias financieras.

La semana pasada fue especialmente adversa para la cúpula usurpadora. En dos de los centros más destacados del poder político del mundo, el régimen socialista recibió  contundentes mensajes negativos.

En Moscú, adonde Maduro fue a refugiarse como alternativa a la imposibilidad política de participar en las sesiones de la Asamblea General de la ONU, recibió un frío recibimiento y un discurso que le movió su propio piso. Putin expresó en el encuentro lo siguiente: “Rusia apoya todas las instituciones legítimas del gobierno en Venezuela, incluida la Presidencia y el Parlamento, y sin duda apoyamos el diálogo… consideramos que cualquier rechazo al diálogo es irracional y perjudicial para su país y solo amenaza el bienestar de la población”.

Maduro fue a buscar dinero y apoyo político incondicional a Moscú y recibió un tobo de agua fría. No esperaba que su anfitrión le reclamara elegantemente su falta de seriedad en la negociación promovida por Noruega.

En el otro centro del poder político, en Washington, el presidente Trump se reunió con once mandatarios latinoamericanos, y con nuestros representantes democráticos: Julio Borges y Carlos Vechio. Allí se ratificó el mensaje al mundo: “América unida continuará trabajando para el rescate de la democracia. El continente rechaza la dictadura”.

La dictadura está en la más peligrosa encrucijada. Sin casi ningún respaldo internacional, con un cerco cada día mayor, sin recursos financieros para sostener medianamente una gestión, y con una destrucción interna sin precedentes, lo cual  hace inviable su presencia en el poder.

La posición de Putin al solicitar a Maduro buscar la solución negociada con la sociedad democrática, con la mediación de Noruega, es una clara advertencia de no continuar tensando la cuerda con la comunidad internacional, y en consecuencia la conveniencia de buscar en la negociación la solución a la crisis política. La misma advertencia le llegó desde este lado del mundo. O busca la solución negociada o las sanciones van a incrementarse.

Maduro trató de esconder lo esencial de la nueva postura rusa. La del reconocimiento a la Asamblea Nacional, y la solicitud de buscar el acuerdo político con la oposición democrática.

Aun así, llegó a Caracas a mostrar su rostro guerrerista:

“Él (Putin) ratificó todo el apoyo de Rusia, nuevamente todo el apoyo de Rusia para que Venezuela siga fortaleciendo su capacidad técnico militar de defensa, su sistema de armas para la defensa de la soberbia y de la paz”. Esas fueron sus palabras al bajarse del avión. De nuevo a amenazarnos con las armas rusas. De nuevo a mostrar el tramojo de la guerra. De lo esencial, de lo que el gobierno ruso hizo público, no habló.

El viaje de Maduro era para buscar apoyo político. Él solo buscaba la foto.  Desalentar  la lucha y meterle miedo a la nación venezolana y a nuestros aliados. Como Putin no habló en los términos que ellos esperaban, entonces hace su propio discurso, el guerrerista.

Con él busca que renunciemos a la lucha y aceptemos para siempre, al mejor estilo cubano, su régimen de opresión y pobreza.

Maduro está subestimando nuestra capacidad de lucha. Esta subestimando la decisión de Occidente de no tolerar su régimen criminal. Cree que con el coco del armamento ruso va a poder frenar la firme disposición que tenemos de rescatar la democracia.

Más allá de esas amenazas, no tendrá otro camino que aceptar una solución política negociada y esa es la que se ha manejado con la mediación de Noruega. La maniobra de la mesa paralela no le será de mucha utilidad, pues hasta Putin le advirtió que el interlocutor es la legítima Asamblea Nacional.

No obstante, en la sociedad democrática no podemos bajar la guardia. La lucha contra la barbarie roja debemos incrementarla, tanto en el tablero internacional, como en el interno.

En el contexto internacional es fundamental elevar la presión para su enjuiciamiento en la Corte Penal Internacional, además de insistir en las sanciones de Europa contra los “revolucionarios” que viven allí.

A nivel interno se impone incrementar la protesta popular. Promover el reclamo de los diversos sectores sociales, hoy más agobiados que nunca, con el desastre generado por el régimen.

Quienes estamos haciendo resistencia pacífica y democrática a la dictadura no podemos paralizarnos. No podemos esperar una solución mágica. Nuestra lucha coloca más en la encrucijada a la dictadura y permite a la comunidad internacional seguir haciendo la presión suficiente para que la cúpula roja, finalmente, acepte un proceso electoral transparente que nos permita a los venezolanos decidir nuestro destino.