A la luz de los últimos acontecimientos ocurridos en América Latina, donde los estudiantes y las nuevas generaciones parecen ser los protagonistas de los hechos vandálicos que se suceden en las diferentes ciudades, no está demás  que  dirijamos un momento la vista a la escolarización que han podido recibir estos jóvenes pues, independientemente de las organizaciones que seguramente están detrás de estos eventos, es evidente, por las entrevistas que se les ha realizado a sus protagonista en televisión, que la enseñanza impartida a estos adolescentes no los ha convertido precisamente en unos seres muy reflexivos.

La confianza en que la educación puede mejorar sustancialmente al hombre, que este es moldeable y puede romper con el destino que le impone la autoridad y la circunstancias sociales, se debe fundamentalmente a las ideas renacentistas, a aquellos primeros momentos, tan importantes para el futuro de las ciencias, de lo que hemos dado en llamar modernidad, y cuya principal característica fue la apuesta por la razón  ̶ y no ya por la fe ̶   para que el hombre pudiera vivir mejor; pero particularmente a una de sus facetas: el humanismo cristiano profesado por  hombres como Erasmo de Rotterdam.

Después de siglos de escolástica y de la repetición de los textos clásicos, Erasmo defendió el conocimiento como un instrumento no solo para la evolución de los seres humanos sino para la convivencia pacífica de estos.

En ese sentido, otro humanista cristiano, como su amigo Thomas Moro, escribe un texto, Utopía,  en el que trata de describir la forma cómo podría ser el mundo futuro beneficiado por ese tipo de enseñanza; iniciando con ello una especie de género de anticipación en el que posteriormente encontraremos obras como La Nueva Atlántida de Francis Bacon o La ciudad del sol de Tommaso Campanella.

Pero a estas alturas del partido ya no podemos sostener que solo la acumulación de conocimiento es suficiente para obtener el progreso y el desarrollo de la humanidad, como pudieron pensar sus herederos de la ilustración y el enciclopedismo. Si alguien en algún  momento de la historia llegó a imaginarse que la educación consistía en la mera transmisión de conocimiento (la educación bancaria, la llamó el brasileño Paulo Freire por aquello de depositar solamente conocimientos en la mente del alumno), bastaría que echara una mirada a la cantidad de contenidos que existen hoy en la red  ̶ que superan con creces a lo que poseen profesores y bibliotecas ̶   para desechar esta idea. Esto no quiere decir que estemos de acuerdo necesariamente con la pedagogía crítica y la pedagogía del oprimido inaugurada por el mismo Freire, que sostiene que la educación no es más que una parte de los aparatos ideológicos que el Estado opresor utiliza para reproducirse, pues seguramente mucho de lo que estamos viendo hoy en día en Latinoamérica se deba a la forma cómo ha penetrado en nuestros jóvenes esta concepción subversiva de la labor educativa. Tampoco es que sintamos una predilección especial por la tan anunciada educación en valores, que parece tener su antecedente más lejano en la obra Algunos pensamientos sobre la educación, de Locke.

Se dice por allí que este tipo de educación apunta a una enseñanza de tipo moral y cívico, con el objeto de formar ciudadanos responsables. Esta tesis, a nuestro parecer, descuida la relación que existe entre educación e ideología. Olvida que son los valores e interpretaciones de lo que consideramos un hecho lo que constituye la ideología, y que hay una muy estrecha relación entre hechos y valores (Cfr. El desplome de la dicotomía hecho-valor, de Hilary Putnam).

Podemos estar de acuerdo, por ejemplo, en cómo se realiza el aborto o cómo se fabrican las drogas y hasta en que los españoles llegaron un día a América, pero la valoración que hagamos de cada uno de estos hechos (si lo de América fue conquista o encuentro, o lo del aborto atenta o no contra una vida humana, etc.) dependerá del grupo social al que pertenezcamos y la ideología que profesemos. Podría decirse que de esto no escapa ni la enseñanza misma de las Ciencias Naturales, pues incluso sus teorías son aceptadas, no porque obedezcan a la consecución de un método científico específico, sino a si se saben insertar o no en la axiología de la comunidad de pensamiento correspondiente, como llamó Fleck a los investigadores que comparten objetivos y disciplinas científicas.

En cuanto a la tolerancia, la responsabilidad, la justicia, la igualdad, la libertad, son conceptos que están profundamente repletos de valores y dependen de la concepción del mundo que profesemos. El mismo Rawls para llegar a un concepto digamos “aséptico” de justicia, se vio obligado a postular categorías como “doctrinas comprensivas razonables”, “posición original” o “velo de la ignorancia”.

En fin, la única enseñanza que parece garantizar la formación de hombres libres e iguales en nuestra sociedad sería aquella que echara mano a las originarias fuentes socráticas de este tema, tratando de prescindir de sesgos ideológicos y haciendo énfasis en la constante reflexión sobre los conceptos y valores adquiridos. Todo con el fin de no continuar produciendo este tipo de ciudadanos que está destruyendo nuestro entorno y cuyos lemas hablan explícitamente de preferir la barbarie a lo que tenemos actualmente, algo que apunta no tanto a una primavera latinoamericana sino a un  prolongado otoño en nuestra región.

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