Difícil entender el mundo de hoy sin percibir aires de desglobalización, un proceso en el que la economía, pero también la sociedad, la política y la cultura comienzan a inclinarse por ser más regionales. Fenómenos como el Brexit, los nacionalismos, el proteccionismo, la ofensiva contra el multilateralismo se presentan como manifestaciones negativas de esta tendencia. Una mayor conciencia de las propias capacidades y de las oportunidades de la cooperación y el intercambio; sin embargo, alienta la formulación de nuevas o mejoradas estrategias que permitan impulsar el propio desarrollo apoyándose en la inserción en una economía de dimensión regional y global.

Pensado solo desde el plano económico resulta oportuno recordar las advertencias de Ian Goldin, profesor de globalización y desarrollo en la Universidad de Oxford cuando decía: “El nuevo sistema económico mundial brinda enormes beneficios, pero también implica riesgos enormes. Estos riesgos son para él “el lado oculto de la globalización”. La desglobalización, alimentada entre otros factores por el enfrentamiento entre las mayores potencias económicas, se hace visible en la pérdida de control de sectores estratégicos y el retroceso en los flujos internacionales de mercancías, servicios, capitales y personas.

En la acentuación de la tendencia a la desglobalización pesa mucho el enfrentamiento por el liderazgo económico mundial. Los anuncios de Alvin Toffler de que Japón superaría a Estados Unidos no se han cumplido, pero ha crecido la evidencia del avance del liderazgo asiático. Las proyecciones futuras sobre el crecimiento de China e India evidencian que el nuevo orden global tendrá un alto componente multipolar. China juega hoy al comercio con sus propias reglas, incluyendo el desconocimiento de normas básicas como las referidas a la propiedad intelectual. La reacción de Estados Unidos por la vía de los aranceles es parte de una respuesta que no puede sino agravar la competencia.

Entre sus efectos no menos significativos, la aparición del covid-19 ha contribuido a alimentar el sentimiento que alienta, al menos en algunos aspectos, la desglobalización. Sus efectos en la economía y en las relaciones globales han llevado a replantearse los riesgos que supone depender de suministros procedentes de localizaciones geográficas alejadas. Los efectos inmediatos sobre el comercio se han manifestado en flujos internacionales claramente negativos. La acentuación de las tendencias hacia el teletrabajo, la telemedicina, las compras en línea y el consumo de medios digitales hace evidente un aceleramiento de las transformaciones en todos los campos y la búsqueda de nuevas soluciones que afectarán la relación con lo económico, pero también la relación personal y las conductas sociales.

La inclinación desglobalizadora del presente obliga a repensar la economía y muy especialmente la posición de los países de América Latina. Cuando se plantea el porvenir de las inversiones y los modelos de desarrollo se hace evidente pensar en políticas que contemplen el comportamiento de las cadenas de valor y su peso en una economía productiva, sólida, no dependiente, generadora de trabajo y de riqueza. América Latina se presenta como un subcontinente ideal para los esquemas basados en el intercambio, la innovación, la tecnología, el aprovechamiento de las cadenas de valor locales, regionales y globales.

La desglobalización, en este sentido, se presenta como una oportunidad. Es, de hecho, una invitación para sacar a relucir nuestras fortalezas y mirar hacia los mercados, los más cercanos pero también los más prometedores. La conformación de cadenas regionales de valor debería ser un pilar en la integración regional. Permitiría a nuestros países ampliar la diversificación exportadora, incrementar el valor agregado, alcanzar economías de escala, aumentar las capacidades tecnológicas y expandir el acceso a mercados externos.

Las oportunidades van a requerir de economías sanas, bien estructuradas, comprometidas con el derecho y los derechos, respetuosa de los acuerdos internacionales y de las reglas de juego, con una política económica sustentable, estimuladora de inversiones, con acento en la productividad y el valor agregado. Para Venezuela implica dos compromisos inmediatos y de gran envergadura: poner la casa en orden y trazar un plan estratégico con visión amplia de futuro.

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