El chavismo, como bien sabemos, es una dependencia política e intelectual de la dictadura cubana. Han asumido del castrocomunismo toda su cultura política, su doctrina, sus métodos de control social, su estrategia de acción política, sus prácticas represivas y su empobrecedor modelo económico.

La importación doctrinaria no ha prescindido, ni siquiera, de los slogans o consignas, diseñadas  para vocear en plena vigencia de la ya casi olvidada guerra fría. A lo sumo, para conectar con nuestra historia, el discurso chavista recurre al pensamiento o a las figuras de Bolívar, Simón Rodríguez y Ezequiel Zamora, y así  barnizar de venezolanidad su  obsoleto discurso.

Uno de los elementos del discurso chavista, subyacentes en la cultura hispanoamericana, ampliamente cultivada y promocionada por el comunismo latinoamericano, y especialmente por el castrismo, es el complejo, más que centenario, según el cual todas nuestras desgracias, nuestra pobreza y desventura tiene su origen en la presencia, en nuestro propio continente, de una nación imperial como lo es Estados Unidos de América.

Justificar nuestras miserias, taras institucionales, desastres políticos y económicos, con la existencia de la gran nación anglosajona, ha sido poco menos,  que una ideología ampliamente cultivada y asumida en toda la América hispana a lo largo de casi dos siglos.

Hemos sido incapaces, como civilización, de asumir nuestras propias falencias. Nuestra indisciplina, voracidad de poder, riqueza fácil, ausencia de compromiso societario, han sido una constante histórica y sociológica, que han determinado nuestra incapacidad para alcanzar los niveles de desarrollo humano logrado, tanto por el coloso del norte, como por Europa y los gigantes asiáticos.

No podía hacer algo diferente un personaje, como Hugo Chávez, que consumió integralmente la cosmovisión fidelista. Acompañado por los restos de la tradicional izquierda venezolana, y por la legión de oportunistas, aprovechadores de la tradicional riqueza del Estado venezolano, se lanzaron desde el mismo comienzo de su ascenso al poder en 1999 a cultivar con furor el discurso antinorteamericano.

La fortaleza económica surgida con el boom petrolero de comienzos de siglo, y la histórica conseja del “antiimperialismo”, permitieron al teniente coronel presidente impulsar y financiar, en nuestro continente, toda la historiografía de mitos y complejos de una región “víctima” de las expoliaciones imperiales de Europa en el pasado y de Estados Unidos de América en los tiempos más recientes.

Chávez puso más empeño en alimentar esta línea de pensamiento, como base para impulsar una hegemonía política en la América española y en el Caribe, que en superar las graves dificultades de nuestra Venezuela. Su profundo resentimiento y ambición lo llevó a plantearse la idea de que podía disputar a Estados Unidos su influencia en el mundo contemporáneo.

Su primera apuesta fue la de convertir a Venezuela en una potencia militar continental, capaz de liderar una alianza que hiciera contrapeso a la potencia del norte. Para ello buscó y concretó un acuerdo con Rusia. Influido aún por los residuos de la guerra fría, Chávez vio en Rusia y China, las  potencias  con las cuales podía contrarrestar la influencia norteamericana. Sin medir y sopesar nuestra realidad de modesto país, con necesidades importantes, se lanzó a la tarea de eliminar el odiado “imperio del norte”.

Por ese camino derrochó más de un tercio de la bonanza petrolera que en suerte le tocó administrar. Miles de millones de dólares gastados en chatarra militar rusa, otro tanto en productos chinos, adquiridos con el fin de impedir el comercio tradicional, que por razones geográficas habíamos desarrollado a lo largo de nuestra historia, con Europa y Estados Unidos.

Todo ese discurso, convertido en un intenso activismo, y en la ejecución de políticas concretas de confrontación, se convirtieron en la prioridad de la política exterior del chavismo.  Para nada importó la realidad geopolítica en la que está inserto nuestro país. Tampoco la histórica relación económica y tecnológica forjada con el desarrollado vecino.

En Chávez y su entorno pesó más su obsesivo complejo antinorteamericano, que nuestra seguridad económica y estabilidad social. Sin considerar la realidad de nuestras relaciones  económicas y culturales, la circunstancia de contar con una infraestructura tecnológica, industrial y de servicios forjada con las naciones de Occidente; el chavismo declaró, desde su arribo al poder, su repudio a esas naciones, y lanzó por la ruta del conflicto, relaciones históricamente útiles a nuestro bienestar y desarrollo.

En paralelo se dedicaron  a forjar alianzas con países abiertamente enemistados con Occidente, muy alejados de nuestra realidad y geografía, algunos de ellos promotores del terrorismo internacional.

Esa agenda internacional fue y es contraria a nuestro interés como nación, cultural, política y geográficamente ubicada en el hemisferio occidental. Europa y Estados Unidos fueron durante largos años en exceso tolerantes frente a la frenética actividad hostil que el chavismo impulsó tanto a lo interno, como en el contexto regional y global. De los discursos vulgares, agresivos e irrespetuosos hacia los países y sus gobiernos, pasaron a la concreción de acciones políticas, diplomáticas y económicas.

En paralelo,  Chávez primero, y luego la camarilla sucesora, fueron estableciendo la dictadura que hoy padecemos. Ante ese tránsito al autoritarismo, frente a la constante agresión política y diplomática, frente a tanto desplante, el chavismo pretende que el mundo se quede de brazos cruzados. Occidente ha respondido en el plano político, diplomático y económico a la arrogancia, intemperancia y desparpajo de la camarilla roja. Mucho tiempo aguantó tamaña insolencia.

Ahora la secta gobernante quiere mostrarse como víctima del imperio y de todo Occidente. Quiere justificar su oprobiosa actuación, en las sanciones que se buscó innecesariamente. Sigue  la línea tradicional de la cultura populista y comunista, de asignar la responsabilidad de su fracaso a Estados Unidos, y no a su inmoralidad e incapacidad para la gestión pública.

Buscan distraer al país y al mundo con sus hazañas de heroicidad patriotera. Solo que la historieta de sus victorias contra el imperio, resultan cada vez más dignas de un libreto para películas de mala factura, que una política seria y responsable.

En efecto, todo el montaje y relato de la llamada Operación Gedeón evidencian una trama truculenta, con la cual distraer a un pueblo afectado por el hambre y la precariedad, antes que una acción digna de merecer los espacios y tiempos dedicados a su promoción.

Lo mismo ocurre con la operación de compra y transporte de unos cuantos millones de litros de gasolina a Irán. Antes que avergonzarse de ser el primer gobierno, en nuestra historia, que se ve forzado a importar gasolina; antes que dimitir ante el estruendoso fracaso de haber destruido nuestra principal industria, se plantan a mostrar como una victoria la llegada de cinco barcos con combustible.

La derrota del imperio que ahora proclama Maduro y su camarilla solo existe en su infantil, pueril  y absurda épica socialista. La única derrota real, palpable, tangible es la de nuestro proyecto de nación. Duro es admitirlo, pero es menester hacerlo. Es esta triste realidad la que nos debe convocar a trabajar, para derrotar al  usurpador y su camarilla. Solo así será posible reconstruir nuestra Venezuela.

 


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